Yo presidente/a

Lecciones de liderazgo de cinco gobernantes (Catalonia-PeriodismoUDP, 2014)

Paula Escobar Chavarría

«Cuando se dice que Chile es uno de los países más presidencialistas del mundo se suele omitir el hecho, no puramente psicológico, de que quienes acceden a ese cargo sienten sobre sí la responsabilidad de la República. La investidura es lo que une a un providencialista como Patricio Aylwin con un republicano como Ricardo Lagos, a un católico como Sebastián Piñera con una laica como Michelle Bachelet. Eduardo Frei Ruiz-Tagle es quizás el caso donde estas dimensiones son más agudas, porque vivió su juventud como hijo de uno de los presidentes más solemnes de la historia, Eduardo Frei Montalva.

De eso trata este libro.

Su propósito declarado es explorar en las distintas formas de liderazgo que estos cinco presidentes representan, aunque lo que muestra es la manera fascinante en que esos estilos, sustentados en experiencias y convicciones personales, debieron adaptarse a las condiciones históricas. Si hay una tesis implícita, es que el liderazgo no existe fuera de la historia, la principal de las fuerzas que lo modelan y determinan. Lo que Paula Escobar ha logrado en este libro es poner en evidencia que, si es cierto que la vocación de liderazgo resulta esencial para llegar al poder en Chile, tanto o más cierto es que la institución de la Presidencia determina por sí misma varios de los rasgos esenciales que tendrá ese liderazgo. Sus entrevistas, frescas y vivaces, tienen la excelencia del mejor periodismo, de aquel que muestra lo implícito con el mismo vigor de lo explícito.»

Ascanio Cavallo

(Para leer la entrevista a Patricio Aylwin del libro, elige la pestaña “Extracto”.)

 

Paula Escobar Chavarría
Periodista de la Universidad Católica. Editora de Revistas de El Mercurio hace trece años y autora de Los secretos de Totó (2002), 24/24. Un día en la vida de 24 mujeres chilenas (2005, en coautoría con Pilar Segovia y Karim Gálvez), Retratos de innovadores (2009) y Una historia de las revistas chilenas (2012, en coautoría con Cecilia García-Huidobro McA). Consejera de Comunidad Mujer, fue directora de la Corporación Participa y miembro de la Comisión Bicentenario. Ha sido elegida dentro de las 100 mujeres líderes por Mujeres Empresarias. También ha sido galardonada por el Foro Económico Mundial de Davos, que la nombró Young Global Leader en 2006, y por la Universidad de Yale, que la eligió Yale World Fellow en 2012. Enseña periodismo desde hace más de diecinueve años y actualmente es profesora del Taller de Revistas en el Máster de Periodismo de El Mercurio y la Universidad Católica. Escribe también en The Huffington Post.

III

Ricardo Lagos Escobar:

«Gobernar es decidir»

Quizás uno de los más significativos símbolos de su gobierno fue la reapertura de la puerta de Morandé 80 del palacio presidencial de La Moneda, clausurada tras el Golpe militar. En un acto solemne y republicano, Ricardo Lagos Escobar cruzó ese umbral con calma y sintiendo el peso de la historia en sus hombros. Y es una buena metáfora de su gobierno: el primero del siglo veintiuno (2000 a 2006) y el del primer socialista después de Salvador Allende, quien se suicidó trágicamente en el mismo lugar durante el bombardeo del 11 de septiembre.

Demostrar en sus actos y dichos que el socialismo había evolucionado, como él, fue una de sus grandes misiones históricas. De hecho, antes de la Presidencia de Chile, Lagos fue un actor muy relevante en la renovación socialista y en la agrupación de la oposición en torno a la opción de derrotar a Pinochet en las urnas.

Es uno de los que más se nota a sus anchas en el particular —y no tan fácil— rol de ex Presidente. Lejanos están los años en que el fenómeno del «jarrón chino» (todos los valoran, pero nadie sabe dónde ponerlo) lo complicaba y lo hacía omitir sus opiniones. Hoy está presente de los debates políticos, ambientales y sociales.

En la Fundación Democracia y Desarrollo tiene su oficina y su refugio, rodeado de objetos significativos para él. Desde cuadros de José Balmes hasta la bandera de Chile, pasando por sus cientos de libros, copias de conferencias, recuerdos.

Ganó en enero de 2000 en una sufrida segunda vuelta a su rival, Joaquín Lavín, por un 51.3% de los votos. «Crecer con igualdad» se llamó su programa de gobierno, y planteaba reorientar el quehacer del Estado para lograr una sociedad con mayores oportunidades y derechos para todos. Desde crecimiento económico con más y mejores empleos para tener trabajadores de clase mundial, hasta una reforma educacional que hiciera de Chile el primer país de América Latina. También se proponía una reforma integral a la salud (lo que después se conoció como el plan AUGE) y poner la cultura al alcance todos, entre varios ejes que buscaban modernizar el país en el primer gobierno del siglo veintiuno. Y, por cierto, eliminar los resquemores hacia un Presidente socialista por parte de los empresarios e inversionistas. Y así fue: los acuerdos comerciales (con la UE, China, Corea del Sur y, el más relevante, Estados Unidos) y su manejo económico le valieron el respeto de los empresarios. Quizás más: tal como consignó la prensa, uno de los principales dirigentes empresariales dijo en una entrevista que «los empresarios aman a Lagos».

Lagos fue un Presidente que terminó su gobierno con alta popularidad. Para algunos, el suyo era un liderazgo paternal. Famosas eran sus declaraciones diarias en televisión y sus entrevistas en radios a lo largo del país. Claro que para otros su autoridad tan marcada lo hacía parecer arrogante, tratando como niños a los ciudadanos y «retándolos»… Él lo atribuye a su pasión y vehemencia, aunque reconoce que su mujer, Luisa Durán, le pedía cada mañana: «Por favor no retes a nadie hoy».

Uno de sus grandes momentos históricos fue haber dicho que no a George Bush en la antesala de la invasión a Irak (Chile era miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, y como tal, fue consultado), tomando esta decisión, además, en la víspera de que ese país ratificara el TLC con Chile.

Las grandes críticas a su gestión vinieron por las acusaciones de corrupción, especialmente por el Caso MOP-Gate. Sobre ello se explaya en esta entrevista, asegurando que lo que realmente buscaban era «botar a Lagos» y no lo lograron.

Con agua mineral y café, comienza a recordar su historia y, como siempre, usa la voz, las manos, los silencios y las miradas para enfatizar sus conceptos.

Entre sus clases en el extranjero, sus viajes para la ONU y el Club de Madrid (que agrupa a destacados ex presidentes de todo el mundo), las conferencias y los grupos de reflexión nacional e internacional en que participa, su agenda está llena. No para. Y cuando lo hace, siempre está escribiendo o corrigiendo un nuevo libro.

Cierra la puerta de su luminosa oficina, se sienta en su sillón y responde cada pregunta, sin esquivar ninguna. La Presidencia la vivió a fondo y también, se nota, la ha reflexionado con igual pasión.

—¿Es verdad que su mamá, la señora Emma Escobar, le decía desde niño que tenía pasta para Presidente?

—No, es un mito. Lo que mi mamá quería, en el fondo, es que fuera rector de la Universidad de Chile. Eso es lo que ella quería. Porque sostenía que su hermano Ernesto, que era una lumbrera, debía haber sido rector. Pero este niño no se aprovechó, decía. Efectivamente, mi tío Ernesto estudió, simultáneamente, Derecho y Profesor de Estado de Historia y Geografía. Se recibió e hizo clases como profesor, pero no de abogado, pues —y eso me lo confirmó mi tío Ernesto— hizo dos memorias para recibirse, pero consideró que ninguna estaba a la altura de su inteligencia. Entonces se las regaló a otros compañeros de escuela, y ellos son abogados ¡y él no! Eso es típico de los muy inteligentes, a lo largo de la vida he conocido a muchos que son incapaces de escribir, porque lo que está ahí no está a la altura de sus expectativas.

—¿Su tío Ernesto fue un mentor para usted?

—Sí, claro.

—¿En qué lo modeló?

—Mi tío fue un político muy joven. Le hizo una campaña al «León», Arturo Alessandri, el año 20, para la lucha interna, como se decía, dentro de la Alianza Liberal, que era la coalición más progresista. El «León» esto lo disputó con Eliodoro Yáñez, quien era el director de La Nación, y le ganó. Luego, fue candidato y entró a la disputa presidencial: mi tío estuvo muy cerca y luego fue elegido parlamentario, el año 21. Fue integrante de algunas comisiones, pero él tuvo un desengaño muy fuerte. Nunca me contó entero por qué… pero lo concreto es que lo hicieron ser generalísimo de un señor que se perdió porque «los que decían apoyarlo» querían que se perdiera. Esta deslealtad que se da a ratos en esta actividad hizo que él se cerrara y, a su vez, eso le cerró la puerta a la política a él. Pero siguió muy interesado hasta el final de sus días, como un observador. Y mantuvo sí la amistad con el «León», siempre. Contaba infinidades de cuentos, y se me fueron quedando.

Para graficarlo, Lagos recuerda un ejemplo:

Arturo Alessandri, segunda presidencia. Le dice a Fulano: «Te he llamado porque quiero que colabores en mi gobierno». «Por supuesto, pondré lo mejor de mí», dice Fulano. «Pero si no sabes para qué», dice Alessandri. «No importa, pero daré lo mejor de mí». «No, Fulano, te llamé porque eres un poco flojo. Y quiero que sigas igual». «¿Perdón?», dice. «Sí, quiero que sigas igual. Llegaron los socialistas e inventaron esta estupidez del comisariato de Subsistencia y Precios… Si derogo eso, me hago un pleito con todo el mundo. Entonces, he decidido nombrarte Comisario de Subsistencia y Precios para que practiques tu flojera cotidiana», se ríe.

«A veces he pensado que alguien ha nombrado un nuevo comisario de Precios y Subsistencia en algunas áreas», dice irónico.

—Volvamos a su tío y mentor, ¿cómo era su carácter?

—Era un hombre genial, muy inteligente, con mucha perspicacia política. «El horno no está para bollos», decía, y significaba que «no más». Además, era un ser desprendido con el dinero, pero así también le fue en la vida. Tuve que ayudarlo en los últimos años… pero así era él. Era un romántico. Siempre decía: «No te olvides nunca, la derecha los conquista a todos o por la plata o por sus niñas».

—¿Qué era importante para él?

—Ser independiente en política. «Si quieres dedicarte a la política, ¡primero hazte rico! Sé independiente, vive de tu profesión, no le mires la cara a nadie. Antes de eso, no te metas en política», decía. Esto era una obsesión. Entonces, claro, uno se va aproximando a eso.

—Su mamá también era una mujer de gran carácter.

—Demasiado.

—Sin papá, ¿cómo lo moldeó? ¿Qué partes de su carácter, buenas y malas, vienen de ahí?

—Podríamos decir que me marcó en el sentido del deber, del deber con uno mismo. Lo marca mucho a usted que desde niño le digan: «Mijito, usted tiene casa, comida y ropa limpia». Eso equivalía a decir «tiene lo más importante y por eso tiene que ser generoso con aquellos que no han tenido la misma suerte». Junto con eso mi madre me influyó mucho en el sentido de tener que ser responsable con uno mismo, para llegar a ser alguien. Estaba a la mano el ejemplo del tío Ernesto, que no sacó su cartón de abogado.

—¿Y qué otros mentores políticos o influencias tuvo?

—Quien fue muy influyente en mí fue Alberto Baltra, profesor de Economía, ministro de Gabriel González Videla. Y, después, pienso que uno de los factores que a uno lo marcan es dónde estudió, y yo lo hice en el Instituto Nacional. Había un Pizarro, que era hijo de un Diputado y vivía en Las Condes, y también estaba el «turco» Hasbún, que era hijo de un textilero; otros compañeros que tenían sus dos apellidos iguales, y después aprendí que eso quería decir normalmente que era hijo de padre desconocido. Como siempre digo: tenía compañeros de los cuatro puntos cardinales de Santiago. Y eso, aunque usted no lo crea, moldea. Más adelante, reconozco que el paso a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile implicaba, en esos años, entrar a un mundo donde las figuras públicas estaban al alcance de la mano.

—Eran profesores o alumnos…

—¡Claro! Empiezas a ver un mundo de figuras públicas, que son profesores muy destacados. Unos ganan dinero, otros no, pero todos tienen espíritu de servicio y eso a usted lo forma en un cierto modo de pensar, independiente del color político de los señores en cuestión.

—¿Siempre fue buen orador como ahora?

—Yo no me daba cuenta de eso, lo hice después. La verdad es que no me ponía nervioso de hablar en público, para nada. ¡Me ponía más nervioso de jugar fútbol, que me pasaran la pelota y no saber qué hacer! Es raro, esta pregunta nunca me la había hecho. Una vez me llamó la atención, en los años 68 o 69, en que hubo un incidente y el rector, Eugenio González, me nombró fiscal para investigar. Me llevaron a un programa de televisión en el canal de la U. de Chile en ese tiempo, que se llamaba Negro en el Blanco. A usted lo sentaban en un pisito, y una voz en off le empezaba a preguntar, era una voz dura, inquisitiva. Yo empecé a responder sobre este tema, y recuerdo que después del programa me llamaron los dos periodistas —El Negro (Carlos) Jorquera, y el que hacía la voz en off, que era El Perro (Augusto) Olivares— y ambos me dijeron que había sido para ellos la mejor entrevista que habían tenido en ese programa, porque era el más claro para responder, además de otros atributos. Le reconozco que eso me llamó la atención.

«LA DECISIÓN MÁS DIFÍCIL FUE SEPARARME DE MI MUJER»

—Antes de ser Presidente, ¿cuáles fueron las situaciones más difíciles que le tocó enfrentar y cómo evalúa esas decisiones?

—Bueno, la decisión más difícil fue separarme de mi mujer (su primera esposa, Carmen Weber) y, por tanto, separarme de mis hijos. Pero eso le ha pasado a muchos, ¿no? —Reflexiona y se queda unos momentos en silencio—. Aquello fue muy difícil, cuando me di cuenta que tenía que dejar a mis hijos con ella. Pero tampoco podía vivir con Carmen, porque llegaba a la casa y de repente… podía tomar una pistola y podía matar. Pobrecita, no está…, y no era culpa de ella….

—¿Y en términos políticos?

—Bueno, los acontecimientos se fueron dando de una manera tal (en los años 80), que el tema clave consistía en qué hacemos con la violencia y si el PC se incorporaría o no a esta estrategia. Yo fui un gran abogado porque se incorporara, pero para eso, ellos tenían que hacer una declaración de que renunciaban a la violencia. «Esto va ser una línea divisoria», les dije. Y lo fue. Yo siempre he creído que el atentado a Pinochet, por el cual a mí me llevaron preso, fue un plan mal ejecutado, que lo hicieron los partidarios de la violencia una vez que descubrieron Carrizal (2), para decir: vamos a mostrar que esta es la forma de hacerlo. Porque lo de Carrizal fue un golpe muy grande. Lo que había ahí era una operación muy bien montada y armada, con barcos pesqueros que eran como barcos pesqueros, con una empresa detrás, con gerentes, con todos los elementos. Habían hasta inventado empresas para que en altamar pudieran recibir los botes. Pero, a partir de ese momento, yo dije «esto no puede ser», y ahí empezó un viraje del PC, porque fracasó la vía violenta. Recuerdo que a ratos Gabriel Valdés quería ser muy duro, y entonces entendí que mi rol era ser puente entre Valdés, la DC, y el PC.

En cambio, le voy a decir una cosa: la decisión de no ser candidato el 89 a Presidente de Chile, no me costó ni un minuto…

—¿De verdad?

—¡Ni siquiera lo pensé!

—¿Era muy prematuro?

—Tenía que ser alguien distinto de mí. Mucha gente me ha preguntado: ¿pero esa decisión fue muy difícil? No, si no fue tema, aunque no me crean. Raquel Correa no me creyó, y cuando se iba yendo después de entrevistarme en esa época, me dijo: «Ricardo, cuando sea candidato me avisa y yo le hago la primera entrevista». «Pero si le dije que no iba ser candidato», le repliqué. «Es que no le creo», me contestó.

—¿Fue una decisión?

—No fue una decisión, fue natural. Armando Jaramillo, que era vicepresidente del PPD, me insistía: «Esto pasa una vez en la vida… ¡tu puerta a la Presidencia pasa una vez en la vida y esta es tu vez!». Le conteste: «Es que si es así, quiere decir que no voy a ser Presidente». «¡Cómo puedes decir esa estupidez!», me dijo —se ríe.

—¿Por qué optó por promover la renovación socialista? ¿Cuándo tomó esas opciones y lideró su sector hacia ese tipo de socialismo?

—Hay un antecedente interesante, pues escribí un artículo para Andrés Bianchi —que en ese tiempo era director de «Panorama Económico»— e invitó a Gonzalo Martner y a mí, a Pablo Baraona y Jorge Cauas, para analizar el primer año de Allende. Y yo escribí en aquel texto: «El primer año de Allende, brillante. Crecimos 8%. El desempleo bajó de 8% a 5%, etcétera. Pero —dije— esto se hizo, primero porque teníamos muchas reservas internacionales y ya se nos agotaron. Segundo, porque teníamos mucha capacidad ociosa, y también se agotó. Y tercero, porque teníamos mucha masa desempleada, que también se agotó. Entonces, no podemos en el segundo año repetir la fórmula y seguir el mismo ritmo que el primero. Porque esto termina en inflación». Le digo esto porque yo percibía que lo que estaba sucediendo se nos estaba escapando de las manos. No necesito decir que no fue muy bien recibido mi artículo en los círculos gubernamentales… Entonces, una vez producido el Golpe…

—¿El Golpe es lo más fuerte que le ha pasado?

—Sí. Y es lo más fuerte que le ha ocurrido a Chile en su historia. La brutalidad.

—¿En toda su historia?

—Sí. Es un corte brutal. Porque en 1891 hubo una guerra civil, hubo diez mil muertos, que es una enormidad para un país de un millón, pero todos murieron en el campo de batalla. Sabíamos dónde habían muerto y dónde estaban enterrados. Y, como era una guerra entre dos facciones equivalentes, dictaron varias leyes de amnistía y tres años después de la guerra civil estaban de nuevo todos en el gobierno. Al final del gobierno de Jorge Montt ya había algunos ministros balmacedistas, ¿se da cuenta? Pero esto no. Esto no. Esa brutalidad… Nosotros, ¿qué hicimos? (en la UP): quisimos cambiar el país y no teníamos una mayoría social ni polí- tica. Lo quisimos hacer con el veto aditivo, que es como lo hacían todos los gobiernos. ¡Con un tercio le bastaba!

—¿El Presidente Allende, a su juicio, en qué se equivocó?

—Tú no puedes hacer una transformación de la magnitud que se hizo, sin esa mayoría social y política. Adicionalmente, Allende tuvo mala suerte.

—¿En qué sentido?

—El tiempo en política es importante. Después de González Videla, dos presidentes tuvieron elecciones parlamentarias a los cuatro o seis meses: Frei e Ibáñez Y dos no lo tuvieron: Alessandri y Allende. Allende tuvo (elecciones) municipales, pero aquello no es equivalente a sacar mayoría en el Parlamento.

Continúa su reflexión sobre la renovación socialista que lideró: Usted empieza a pensar por qué perdió y qué está pasando en el mundo. Claramente, el mundo comunista no era un mundo que nos entusiasmaba. Y entonces ocurre un proceso de repensar el socialismo. Me acuerdo perfectamente cuando digo, el año 78 y 79: «¿Es necesario nacionalizar de nuevo todos los bancos?». Y Juan Eduardo Herrera se atrevió a decir: «Yo tengo las mismas dudas tuyas». Y afortunadamente se fueron todos contra Herrera y no contra mí —se ríe.

Y estos tabús que usted empezaba a romper se dan de la mano de la primavera mediterránea: Mitterrand gana el 81 en Francia, ocurre la Revolución de los Claveles Rojos en Portugal, (Felipe) González emerge como figura importante en el socialismo español, los socialistas griegos… Entonces usted tiene todo el Mediterráneo y pasan a ser contrapartes naturales. Además, el exilio es importante. No se ha escrito la historia de la cultura política chilena del siglo veinte, pero cuando se escriba, lo más importante va a ser el exilio. —

¿La apertura a otras ideas?

—Claro. Ver el mundo desde otra perspectiva. Pensemos: ¿qué era Suecia para nosotros? ¿Finlandia? A Suecia llegaron treinta mil chilenos. ¿Se da cuenta?

—¿Qué otras definiciones difíciles hubo?

—Entrar al gobierno todos los partidos de la Concertación juntos. De pronto, yo era reticente a esa idea…

—¿Por qué?

—Nos vamos a pelear dentro del gobierno, decía yo. Recuerdo un debate cuando Gabriel (Valdés) ya era Presidente de la DC y estábamos discutiendo los socialistas renovados con la DC. En medio de esa discusión llega de improviso Frei padre. Quedamos todos para adentro, como se dice. «Permiso», dijo. Se sentó, y se quedó en silencio. Cuando terminó la conversación, dijo: «Yo no quiero hablar. Yo no soy economista, no puedo participar en el debate de ustedes». Según Enzo Faletto, lo que quiso decir era: «Yo no soy un economista, soy solo un estadista» —se ríe, recordando «la ironía habitual de Enzo».

Nos sentábamos ahí a discutir y debatir, eran los años 86 y 87. Ya percibíamos que se vislumbraba algo hacia adelante, las protestas ya habían ocurrido, en fin. Entonces Gabriel Valdés, al terminar la reunión, me dice: «Te tengo una pregunta, Ricardo. Tú sigues mucho lo de Felipe González». «Sí», le dije yo. «No te hagas ilusiones», me dijo. «Yo no voy a ser Suárez. Aquí se va Pinochet y juntitos de la mano los dos ponemos la cara». «No, cómo se te ocurre. Esto es para echar a Pinochet, no más», dije yo. «No, no, yo no voy ser Suárez», me dijo. Y se produjo como una discusión entre nosotros. Yo nunca había pensado eso. ¡Si el objetivo era echar a Pinochet! Pero una vez que ganó el No, era obvio que íbamos a gobernar juntos. No podías decirle otra cosa al país. Ahora, ¿por qué estuvimos todos de acuerdo en bajar el período presidencial de ocho a cuatro años, si la Presidencia estaba en nuestras manos? Porque con cuatro era suficiente para estar juntos, y después cada uno seguiría su camino. Esa era la idea, ni siquiera se debatió, no fue una gran decisión. Pero lo que sucedió después de los cuatro años de gobierno es que nunca ningún partido planteó si seguía por su cuenta. Nadie dijo: «Era por cuatro años».

EL MAYOR RIESGO DE QUIEBRE DE LA CONCERTACIÓN

—¿Cuándo se pudo haber quebrado la transición?

—Le reconozco que hubo un momento en que se pudo haber quebrado, y fue por la reforma del binominal. Porque (después del plebiscito) se hicieron las negociaciones con el gobierno (militar), tras las cuales se logró eliminar el artículo 8º (de la Constitución) que prohibía al Partido Socialista y Comunista. Pero no se lograron cambiar ni las leyes de quórum ni el peculiar sistema electoral binominal. Asimismo, no se logró modificar otras leyes importantes, como el Consejo de Seguridad Nacional y la inamovilidad de los comandantes en jefe. Yo sostenía que lo que habíamos obtenido de los militares era insuficiente, y planteé una alternativa. Sucedía lo siguiente: el artículo que hablaba «De la reforma de la Constitución» no estaba dentro de los que requerían quórum altos. Por tanto usted, teniendo mayoría absoluta en las dos Cámaras, podía modificar ese título de la Constitución. Claramente fue un error de ellos. Pero uno que nos permitía que, si no llegábamos a acuerdo, podíamos manifestar que teníamos este recurso bajo la manga. Entre paréntesis, esa fue la razón por la cual el primer cambio que pusieron los militares sobre la mesa fue ese título, que subía el quórum. ¡Obvio! Se dieron cuenta, por supuesto, que era la amenaza que nosotros podíamos hacer. Para mí el asunto era: o logramos lo que queremos o amenazamos con esto otro. Pero era reírse de ellos, ¿se da cuenta? Porque, en definitiva, implicaba primero cambiar la Constitución para bajar los quórums, para luego hacer lo que queríamos… Y, por lo tanto, nos iban a decir que era un subterfugio y quién sabe dónde terminábamos…

Entonces Aylwin dijo: «El binominal se acaba en la primera legislatura, tenemos acuerdo con Sergio Onofre Jarpa de terminarlo». Y me doy cuenta que aquí estamos frente a un dilema, pues esa no es la negociación correcta. Entonces, hago una intervención dura por la vía de las preguntas: «¿Qué garantías nos da RN? ¿Qué garantías de que vamos a cambiar el binominal después? ¿Dónde hay algo firmado aquí?». Comencé a hacer preguntas y preguntas… A Aylwin, ¡nunca lo había visto así! El, como primus inter pares, habló golpeado y duro: «Yo no acepto que se ponga en duda la palabra empeñada…». Empiezo a mirar los rostros de todos. Pensé: nos entregamos como mansos corderos…. El discurso lo tenía aquí. Y miro a tantos rostros que hoy sigo mirando, que bajaban la vista. No se atrevían. Pero yo me daba cuenta que tenía una tremenda fuerza, pasado el plebiscito… Aylwin finalizó: «El compromiso es mañana, en una comida donde Ricardo Rivadeneira, y ahí estamos todos de acuerdo…». Ese era el compromiso, una cena donde Ricardo Rivadeneira. En aquel momento, todas las miradas se dirigieron a mí. Y yo le digo: «Oiga Patricio, ¿me puede decir por qué se indignó tanto, si yo estaba preguntando no más?», y se produjo una carcajada y se acabó la discusión.

—¿Se dio cuenta de que el riesgo era muy alto?

—Sí, el riesgo en aquel momento era la ruptura de la Concertación, y ante la ruptura… Teníamos una gran fuerza cuando estábamos todos juntos. Ahora, yo no soy ingenuo. ¿No se ha preguntado nunca por qué no hubo discurso para celebrar el triunfo del No? Porque la gente, el pueblo, iba a pedir que hablara yo. ¿Quién hizo el último discurso? ¿Quién fue a TV? Aylwin.

—¿Y usted cómo vivió eso?

—Yo me daba cuenta del problema. Más aun, me di cuenta del entendimiento Almeyda-Aylwin ¡Ingenuo no soy! Lo que le quiero decir es que esa fue una decisión difícil. Pero cuando miro para atrás pienso, claro, un enfrentamiento de otro tipo, era meterse en terra incognita.

—¿Cómo fue usted como ministro (Educación con Aylwin; Obras Públicas con Frei), de cara a la autoridad presidencial?

—Respetuoso: nunca más un tuteo, ni con Aylwin ni con Frei. Ayer vi a (Sebastián) Piñera, estábamos los dos solos, y lo traté de usted. Una vez se me salió un tuteo. Pero eso no corresponde a un Presidente de Chile. Él no, él tutea, pero son estilos distintos.

—Pero usted, ¿cómo se ha relacionado históricamente con la autoridad? ¿Contradice? Usted no es de carácter dócil…

—A ver, veamos ejemplos. Momentos difíciles: soy ministro de Educación, a causa del Estatuto Docente están en contra mío seis ministros, entre ellos los ministros de Hacienda (Alejandro Foxley); del Trabajo, (René) Cortázar; de la Presidencia (Edgardo) Boeninger; de Planificación, (Sergio) Molina; el de Gobierno, (Enrique Correa). Eran seis ministros en contra. Entonces, se acuerda una reunión de los ministros con el Presidente para resolver el tema. Es día domingo, estoy trabajando intensamente para esa presentación, recuerdo que llamé a Cerro Castillo para hablar con el Presidente y me dicen que está en el sauna. Ahí aprendí que había sauna en Cerro Castillo, con lo cual me pareció más interesante la Presidencia, porque me gusta el sauna —se ríe—. Pedí que me llamara cuando pudiera el Presidente. Dicho sea de paso, yo después pedí una extensión telefónica al sauna y grandes conversaciones telefónicas con (Tony) Blair las tuve ahí. Me llama Aylwin:

—Ministro, usted me llamó.

—Sí. Tenemos esta reunión la próxima semana.

—Sí. ¿Está bien preparado, ministro?

—Sí, estoy trabajando para estar preparado. Y he estado pensando, Presidente, que esta es una tarea imposible. Porque yo sé que usted es Presidente y usted manda. Pero si tiene seis ministros contra uno, ¿usted cree que puede tomar una decisión ecuánime? «Déjeme pensarlo», me dijo. Me llamó como tres o cuatro horas después: «Lo pensé y no sé si le parece, pero ya resolví. Llamé a Boeninger y le dije: la reunión va ser con usted y con el ministro de Educación, y usted lleva la voz de los otros ministros. Espero que le parezca bien mi decisión». «Me parece muy bien», le dije. «Le agradezco mucho». Nos juntamos los tres. Después de una hora y media de discusión yo veía que Aylwin, claramente, miraba con simpatía mis puntos de vista. Y Boeninger se dio cuenta y cambió de opinión…

—¿Cambió de discurso?

—Sí, y al final se hizo lo que yo dije.

—¿Y Boeninger estuvo de acuerdo?

—Sí… porque él se dio cuenta de lo que quería el Presidente.

—Y si no, ¿qué habría hecho usted?

—Mire, hay que aceptar que en un régimen presidencial la voz final la tiene el Presidente. Dicho esto, si ocurre que hay una decisión que afecta sus principios, como fue lo de la cárcel de Punta Peuco, usted renuncia. Y yo le renuncié al Presidente. Otra decisión difícil.

—Se debe haber enojado mucho el Presidente Frei…

—Yo supongo.

—¿Y usted fue categórico en decir: «No firmo y hasta aquí llegué»?

—No, las cosas no se hacen así. Los ministros de Obras Públicas estamos para ejecutar aquellas obras públicas que ordena el Presidente. Aquel que sirve esa cartera puede tener brillantes ideas, pero usted no discute una obra pública. Yo no discuto hacer un hospital o una escuela, pero sí el puente, porque está en mi dominio. Hacer una cárcel, no discuto, la hago. Usted dirá, ¿cuál fue el problema entonces? Que lo que se me pedía era que, dada la urgencia de construir la cárcel, yo tenía que firmar un decreto —que es exclusivo del ministro de Obras Públicas— se- ñalando que, ante la urgencia de construir la cárcel, se exime del trámite de licitación y se trata como obra pública urgente. Y eso quiere decir que no se llama a licitación. Por ejemplo: se cayó un puente y el que está más cerca lo hace, porque no puedes estar veinticuatro horas paralizado, por ello ese tipo de decisiones depende solo del ministro de Obras Públicas. Entonces, el punto es: ¿quién califica la urgencia? Ese tema la opinión pública nunca lo entendió. Pero cuando a mí me dice el ministro Carlos Figueroa: «Como ministro de Interior le ordeno el decreto de urgencia porque esto hay que empezar a construirlo mañana». Yo le retruco: «Perdón ministro, yo considero que no hay urgencia». «Pero le estoy dando una orden», me dice. «Usted no puede darme una orden a mí, porque yo califico la urgencia», le contesto.

Empecé a subir la voz. Eran las nueve y media de la noche. «Perdóneme ministro», me dice —ya no estábamos hablando de Carlos ni de Ricardo, sino de usted—, me acaba de llamar el ministro de Defensa (Edmundo Pérez Yoma) y me dice que lo de la cárcel es sí o sí y que el decreto tiene que salir esta noche. La situación está al límite y no hay cómo sacar a (Manuel) Contreras del regimiento Sangra de Osorno. «¿Quién lo dice?», pregunté. «El ministro de Defensa. Contreras no se entrega mientras no esté el decreto». «Excúseme», le dije yo, «el ministro de Defensa no me puede dar instrucciones a mí. Y yo le quiero decir que, si es por eso, aquí lo que falta son pantalones». «No le acepto que me diga esto. ¿Quiere que se lo transmita al Presidente?», dice Figueroa. «Transmítale al Presidente. Que si quiere me nombra ministro de Defensa y yo sabré cómo lo hago», le dije. «Cómo se le ocurre que le voy a transmitir esa insolencia», me dice. «Entonces dígale al Presidente de la República que yo lo voy a llamar por teléfono».

Y le corté. Tomé de inmediato el citófono presidencial y pedí hablar con el Presidente. Me citó para el día siguiente, a las ocho y media de la mañana, en su casa. Yo, ingenuo, no pensé jamás que iba a estar con más ministros. Pero, claro, uno algo sabe… y a las once de la noche anterior redacté mi carta de renuncia al ministerio de Obras Públicas y la tenía en el bolsillo. Decía algo muy duro: «Su padre renunció al ministerio de Obras Públicas por un hecho de sangre ocurrido en la Plaza Bulnes. Y obviamente no tenía ninguna responsabilidad, pero no quería que lo vincularan a eso. Por mucho menos renunció al ministerio de Obras Públicas. Y aquí se me está obligando a firmar un decreto…».

Llegué allá. Y estaban los ministros Carlos Figueroa, ( José Joaquín) Brunner, no sé si Genaro (Arriagada). El que no estaba era Pérez Yoma porque tenía que estar en un acto naval en Valparaíso. Entonces se inicia la reunión y hace el mismo alegato Figueroa. Lo empujó un poquito Brunner. Terminaron de hablar los dos y pedí la palabra. Saqué la carta y se la pasé al Presidente Frei. «Le escucho», me dice. «No, quiero que lea lo que escribí ahí», le dije.

—¿Usted tomó en ese momento la decisión de renunciar?

—Sí. Le dije: «Perdóneme Presidente, pero yo quiero hablar sabiendo que usted ha leído la carta». Estaba molesto, pero hice mi alegato. «Ahora, si es tan urgente hacer la cárcel, que la haga el SERVIU. ¿Por qué la cárcel la tiene que hacer el ministerio de Obras Públicas? Pero no me pida que firme un decreto de urgencia cuando no la hay». Entonces, ahí, después de que terminé de hablar, Frei miró para el techo y botó humo del cigarro, en unas redondelitas perfectas. «Bueno», dijo, «pónganse de acuerdo y resuélvanme esto, yo tengo que irme a Valparaíso a la ceremonia naval. Y ustedes conversan ahora y ahí termina todo». Y se fue. Yo me voy a mi ministerio y Figueroa al suyo. Y él entra a La Moneda y todo el mundo sabe que viene de la casa de Frei y que hay un conflicto. Por lo tanto, cuando yo llego me veo rodeado de prensa… van y vienen recados. Hasta que me dicen si yo estaría de acuerdo con enviar un proyecto de ley. «Claro, que lo apruebe el Parlamento. Si ellos creen que es tan urgente hacer una cárcel para los militares, y la van a aprobar en veinticuatro horas…». A las once de la noche firmé el proyecto de ley.

«SI HUBIERA SIDO SENADOR, NO HABRÍA SIDO PRESIDENTE»

—Cuando a usted lo eligieron, ¿qué lo sorprendió al empezar su mandato?

—Fíjese que me he hecho un par de veces esa pregunta y he dado una respuesta tan suficiente: no me cambió nada. Era tal como lo imaginaba. Es decir, debuté mucho más preocupado cuando fui ministro de Educación, y no sabía dónde estaban los citófonos y no había ni un papel en el escritorio. En cambio, cuando llegué a sentarme en La Moneda, lo hice con absoluta naturalidad. Es que esos diez años anteriores, mi derrota senatorial, son invaluables desde el punto de vista de la experiencia.

—¿Por qué?

—Mire, si hubiera sido senador no habría sido ministro y no habría sido Presidente.

—¿Así de tajante?

—Sí. Porque habría sido un senador peleador.

—¿Por qué?

—Porque todos habrían querido darse un gusto con Lagos, el que le apuntó con el dedo a Pinochet, entonces…

—¿Habría quedado encajonado con ese rol?

—Claro.

—¿Cuánto le dolió su derrota senatorial de 1989?

—Fue tremendo… De las cosas más duras que me tocó. Sentí que tal vez me había equivocado, que tal vez había supeditado el interés colectivo… Ahora, yo tenía claro que me estaba jugando la senaturía cuando llegó el momento de hablar de dinero. Con el que había —que me lo habían dado a mí, que era el líder—, yo había comprometido con todos los candidatos del PPD de Arica a Magallanes cuántos recursos les iba a dar. Pero me di cuenta de que no me habían cumplido con los dineros que íbamos a recaudar y, por lo tanto, tenía que optar: o terminar para siempre mi campaña radial o no cumplirle a los compañeros. Y decidí suspender mi campaña radial. Después, es muy complicado, porque te los vas encontrando por la vida, y te quieren negar el voto que tienen en la Cámara de Diputados o en el Senado y tú eres Presidente de Chile… Cuando perdí la primaria con Frei, hubo un señor que fue candidato a diputado por primera vez, y le cortaron el teléfono de su casa. Me llamó afligido. Yo no era ministro, ni candidato, ni nada… y le mandé plata mía. Y una vez me dijo: «Voy a decir que usted me llamó para cambiar mi voto». «Dilo», le dije, «y yo voy a decir que te llamé porque pensé que valía algo la cuenta telefónica que te pagué cuando quisiste ser candidato por primera vez»… Ese es el lado oscuro de la luna.

—¿Cual es su reacción general frente a la derrota?

—No muy buena, pero es que aquello me dolió mucho. ¿Sabe por qué? Sentí que le había fallado a la gente, que había depositado tanta esperanza… Al día siguiente de la derrota hubo una gran fiesta por el triunfo de Aylwin y yo fui al Estadio Nacional a festejar. Y cuando salí del estadio, multitudes se me acercaron: la cantidad de gente que me fue a pedir perdón porque habían votado por Zaldívar no se la cuento. Y ahí confirmé lo que yo ya sabía: que Zaldívar hizo una campaña territorial diciendo que Lagos estaba seguro y que tenían que votar por él para salir los dos. Yo ya lo había visto en los puerta a puerta. ¿Se da cuenta?

—¿Se lo dijo alguna vez a Zaldívar?

—No, nunca se lo dije —dice, y pone cara como diciendo que no importa ya.

—¿Qué otro momento difícil recuerda?

—Bueno, cuando me doy cuenta de que la elección (presidencial de 1999) será muy reñida y habrá segunda vuelta probablemente. Eso es muy difícil. Hay que tomar medidas.

—Cambio de equipo.

—Nunca me había planteado el tema de la segunda vuelta, no porque no pudiera producirse, sino porque sigues adelante… Y de pronto me doy cuenta que implica que tengo que tener pensada la campaña televisiva para la segunda vuelta, ¿y cómo hago para grabarla si no hay tiempo?

—Y, además, tiene que ser distinta…

—Claro. Entonces, en la práctica, usted debe hacer algo muy complejo, armar un equipo de segunda vuelta, esperando que no se use el equipo, en primer lugar, pero teniendo listo el plan.

—Quedaron muchos heridos en el camino.

—Claro, eso es. Yo supongo que ahora un candidato tendrá que decirle a su equipo: excúseme pero de antemano le debo decir que tengo que tener un equipo B, porque ellos están cien por ciento ocupados, hasta el último día, de que el candidato gane en la primera vuelta. Pero la segunda a lo mejor es distinta y hay que poner otros énfasis… Por ejemplo, que alguien diga por qué no llamamos a Soledad Alvear, claro, pero tengo que darle un cargo relevante, que sea generalísima, y ¿qué hago con Genaro?

—¿Cómo se deciden esas cosas? Porque quedaron heridos, como Carlos Ominami…

—Bueno, también depende del criterio de cada persona. La mía es la única de las cinco campañas de la Concertación en donde no ha habido simultáneamente una elección parlamentaria y, por lo tanto, todo tiene que salir de un comando central. ¡Lo otro es tan distinto! Si usted quiere que su foto como candidato esté en Curepto, va a estar en Curepto, porque el candidato a parlamentario de Curepto la va a poner, pues. En cambio aquí hay que hacerlo todo a pulso. Y el diputado por Curepto no sabes con cuántas ganas va a trabajar por ti, ojalá… Entonces, no tienes otra opción en caso de segunda vuelta, se debe trabajar en paralelo. Es un tema difícil, pero me sorprende que gente madura no entienda esto. Quizás yo me pude haber equivocado y, como dice alguna gente, con los votos comunistas era obvio que iba a ganar, pero yo no llamé a ningún comunista ni nada…

DOS EQUIPOS TRABAJANDO EN PARALELO

—Ya como Presidente, ¿cómo describiría su estilo de liderazgo?

—Yo tenía un equipo estratégico de largo plazo, que es el famoso Segundo Piso. Pero había dos Segundos Pisos: en un lado, Ernesto Ottone y compañía, y en otro, Eugenio Lahera y compañía. Es cierto que a lo mejor es porque estas dos personas no se llevaban entre sí…

—¿Eran rivales o complementarios?

—Eran absolutamente complementarios y con compartimentos absolutamente distintos. El tema de Eugenio son las políticas públicas, libros, manuales, llevaba muchos años trabajando eso con Aylwin y Frei Si hay alguien que conocía el aparato del Estado por dentro, ese era Lahera.

—¿Y Ernesto Ottone?

—Ottone se dedica a la estrategia de largo plazo. Las encuestas, los análisis, adónde queremos llegar, que no nos desviemos… El cuento, el relato.

—El famoso relato.

—Sí. A ver, los textos diarios de discurso: Lahera. Mensaje Presidencial del 21 de Mayo: Ottone. Ese era el único discurso que no hacía Lahera. Y esto pasó casi por casualidad. Resulta que para la primera Cuenta Pública llegaron dos borradores, uno de cada uno de los equipos.

—¿Y no se molestaban de que se los pidiera a los dos?

—No, yo no les había pedido, a ellos se les ocurrió. Yo le dije a Eugenio: «Olvídate de este, porque yo tengo que seguir haciendo discursos todos los días después del 21 de mayo». Y a Ottone le expliqué: «Lo que trajiste no sirve, porque yo quiero que hagas el borrador del último discurso presidencial de Lagos, ahora. El que voy a decir el día que me vaya. Esa es la carta de navegación y sobre eso vamos a construir el primer mensaje presidencial». Así se fue haciendo.

—¿Qué es importante para trabajar bien con usted siendo su ministro? ¿La inteligencia, la capacidad técnica, la velocidad de la toma de decisiones, la lealtad?

—Bueno, primero, cuando fui ministro nunca tuve problemas con ningún subsecretario. Les dije: «Haga lo que quiera, hable las veces que quiera; mientras más se luzca usted, la gente va a pensar “qué inteligente es Lagos, qué bien eligió”. Pero el día que cometa un error grave, se va. O sea, no diga o haga tonteras». Y, en el caso de los ministros, qué les pides: ser capaz de cumplir y ejecutar, que el ministerio funcione.

—¿Cómo se sabe si alguien va a cumplir efectivamente?

—No se huele eso, se ve en el trabajo mismo…

—Y a los que no cumplían su expectativa, ¿cómo los enfrentaba?

—Bueno, si hace un racconto verá que en mi primer año hay una sola persona que salió del gabinete (Claudio Orrego, ministro de Vivienda). Yo lo quise nombrar ministro porque me pareció brillante, joven, tenía todas las cualidades requeridas. ¡Pero era tan brillante que se llevaba haciendo planes! Yo le decía: «Ministro, tiene que hacer casas…». Y, al final, lo tienes que cambiar, eso es muy doloroso, pero no queda otra opción. A lo mejor por eso, tras esa experiencia, fue un gran ejecutor y un magnífico alcalde.

—¿La inteligencia le importa mucho para elegir a sus colaboradores?

—Claro que es muy importante. Pero para este trabajo de ministro, la verdad es que no es tan importante. Le doy un ejemplo: hay un ministro que a mi juicio, fue un gran colaborador, y que a lo mejor su inteligencia es su capacidad de relación con la gente: Jaime Campos, querido por los campesinos, por la SNA, todos felices con el ministro de Agricultura. Hizo todo lo que tenía que hacer, todo su programa, y perfecto. Al final, uno necesita una mezcla de todas esas capacidades.

—¿Y cómo usted, con mucho carácter, le dejó espacio a otras figuras? En su gabinete tenía a Alvear, Insulza, Bachelet, Eyzaguirre

—Porque yo los empoderaba a ellos y ellos se empoderaban a sí mismos. Pero usted es el director de orquesta. Entonces, que tenga a los mejores violinistas o clarinetes, bueno, habla bien de la orquesta.

—Pero usted fue un director de orquesta bastante hiperactivo, ¿no?

—Fíjese que yo establecí un ritmo de trabajo muy intenso y de mucha exposición pública, y a los seis meses llegó un grupo de sabios a decirme que no podía seguir así, que yo no resistiría los seis años a ese ritmo.

—¿Qué les dijo?

—Que no, pues. Yo les dije: «Miren amigos, yo no tengo prensa, yo tengo que estar todos los días en las radios y en la televisión». Y por eso hice la costumbre de dar entrevistas exclusivas a los distintos canales. ¡Yo tenía que estar presente! Era clave tener un diálogo directo con la gente y que escucharan lo que yo tenía que decir, sin tergiversaciones.

—¿Recuerda algún momento especialmente duro?

—¿Momento difícil? Cuando estábamos con el lío del jarrón, el día que se descubrió el problema de la CORFO. Llegó mi yerno, Gonzalo (Rivas) con mi hija Ximenita a mi casa. Apareció Máximo Pacheco, que decía que era muy grave la corrida bancaria que se podía producir. Esto fue el día en que tuve que decirle que no a Bush por la invasión a Irak.

—Un día intenso…

—Llego a la casa y empiezan los telefonazos. Te llama el primer ministro Blair… ¡a las dos de la mañana suyas! Y después no sé quién. Fue una cosa insólita realmente, en que pasabas de Irak al lío de la CORFO. Bueno, son días especiales.

—¿Cuánto se demoró en tomar la decisión de decirle que no a Bush por la invasión a Irak?

—Nunca tuve dudas de que dentro del Consejo de Seguridad había que discutir la resolución. Fuera del Consejo, nada. Chile no iba a aceptar nada fuera de allí.

—¿Nadie le fue a decir que iba a perjudicar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos?

—A los presidentes no les dicen esas cosas. Yo me daba cuenta de que había gente, incluso en la Cancillería, amigos míos de toda una vida, que pensaban eso, pero nunca nadie llegó a decírmelo. Pero yo, por mi parte, lo tenía claro. El Acuerdo de Libre Comercio es eso, comercio, no significa entendimiento político.

—En su gobierno las críticas más fuertes —y probablemente los momentos más complicados— tuvieron que ver con casos de corrupción notorios como CORFO-Inverlink, EFE y MOP-Gate. ¿Qué reflexión y autocrítica hace?

—¡Corfo-Inverlink no fue un caso de corrupción! Fue una estafa, o mejor un robo que hizo una persona a bienes de la CORFO.

Hay que combatir los temas de la corrupción. Pero, tal como dije, en ningún gobierno de estos veinte años un individuo, porque era fiscal de la empresa, salió siendo dueño de la empresa. ¿No es así? ¿Qué era el MOP-Gate? Unos sobresueldos para mejorar los sueldos de los ingenieros, que se hacía antes y que la Contraloría dijo que no se podía hacer. ¿De qué volúmenes estamos hablando, por persona? Pongamos las cosas en un contexto. Sí, hubo gente que robó y que está condenada, en Ferrocarriles, por ejemplo. O señores que arreglaron una oficina y se quedaron con un sobreprecio, pero cuando estamos hablando de una industria de diez mil millones de dólares, como la de las concesiones en Chile, ¿me va a decir usted que el dueño, el ministro, el todopoderoso, el segundo, el tercero o el cuarto se iban a ensuciar por ocho o diez millones de pesos, si son corruptos?

Eso es lo que más me ha dolido, claro. Que te digan corrupto… Pero entiendo cómo es la política y cuál fue la finalidad (de esas acusaciones). Y el índice de transparencia en mi gobierno mejoró.

—Pero estará de acuerdo que los sobresueldos no era un sistema adecuado.

—Es decir, yo no tuve conocimiento de eso, pero al margen de aquello, quiero decir que se ha hablado mucho de lo que fueron las leyes que aprobamos (a partir de eso). Lo más importante de ellas para algunos, que las aprobaron entusiastamente, era que se decía que las campañas parlamentarias y presidenciales no se debían investigar para atrás, a partir de ese momento. No lo digo por mi campaña, porque la mía hubo una jueza que la investigó completa.

—¿Qué le parece que ella, Gloria Ana Chevesich, integre ahora la Corte Suprema?

—Sin comentarios —dice con molestia.

—¿Algún día de su mandato no durmió?

—No, solo un día me quedé con rabia. Porque prendías la televisión a las doce de la noche, y creo que se llamaba Última Mirada el programa donde mostraban las portadas de los diarios del día siguiente. Y estoy viendo como si fuera hoy el título en un periódico (La Tercera): «En calidad de imputado declara mañana el cuñado de Lagos». Una falsedad absoluta. Falso de falsedad absoluta. ¿Qué le dijo la señora Chevesich a mi cuñado? «Usted está aquí porque usted quiere declarar. Yo no tengo ninguna razón para interrogarlo a usted, y supongo que usted lo sabe, porque por algo quiso venir a declarar, porque yo no lo habría citado». Él le dijo: «Han basureado con mi nombre, estoy en boca de todos». Ese día vi eso y dije «cuando se sepa la verdad, va a aparecer así (muy chico)». Me equivoqué, no apareció nunca. Reflexiona un rato y agrega: «Muchos pensaron que me iban a botar como Presidente de Chile».

—Hubo una famosa columna sobre eso.

—No sé…

—¿No le molestó?

—¡Es que no lo supe! Tenía una confianza tan grande en lo que estaba haciendo…

«LO PASÉ BIEN»

—¿La Moneda, es la casa donde tanto se sufre?

—No, yo lo pasé bien. Pero mi familia a veces lo pasó mal, porque fue vilipendiada. Cuando fui a La Moneda (a visitar a Piñera) me recibió la hija de Herman Chadwick. ¿Usted cree que alguien le ha cuestionado al Presidente Piñera que tenga una sobrina ahí? ¿O que su primo hermano sea ministro? ¿Y su hija, jefa de gabinete? Si yo hubiera puesto un cuñado mío de ministro, ¿qué se habría dicho? Para qué hablar de los conflictos de interés. Hay un doble estándar… Ahora, si usted me pregunta, yo lo pasé bien. Disfrutar, tanto como disfrutar, no. Dicho de una manera muy simple: era gratificante. Ahora, que todos los días te vas a tu casa con la sensación de que no hiciste todo el trabajo y que te quedó mucho para el día siguiente, es cierto. Es lógico, es parte de la adrenalina del cargo.

—¿Qué es lo más difícil de ser Presidente?

—A lo mejor, soportar la zalamería.

—¿La gente se pone muy zalamera?

—Demasiado. Como Luisa me decía: «Cada vez que voy a un cóctel estoy más delgada…».

—¿Es verdad que nadie dice que no?

—Algo así… son pocos.

—¿Y quién sabía usted que le iba a decir que estaba equivocado?

—Bueno, la familia, que con un gran respeto por la autoridad presidencial, me columpiaba todo el fin de semana —se ríe.

—Y aparte de la familia, ¿cómo lograba que le dijeran cuando pensaban que usted estaba a punto de cometer un error?

—A ver, con Eugenio Lahera hablábamos con mucha franqueza de políticas que estaban bien o mal, que funcionaban o no funcionaban. Él tuvo una gran característica: fue muy reservado. Y Ottone también, pero, en general, con él eran cosas de más largo plazo. Los informes mensuales que hacían eran muy divertidos. Doce informes por año; en seis años, setenta y dos informes. Nunca se me había ocurrido pedir una recopilación de los títulos. Y encontré algunos como estos: «Si con agüita va sanando, agüita sigámosle dando», eso era el tipo de títulos. Una vez al año nos encerrábamos en Cerro Castillo y analizaban la imagen, que si es padre, que si no es padre, que si es enojón, que si no es enojón… El cuento del enojo, que reta a todo Chile, que hasta cuándo los reta.

—¿Usted se daba cuenta de que retaba?

—No, yo no retaba a la gente, yo hablaba con énfasis, nada más. Entonces, claro, la gente que me conoce bien dice: «No es tan enojón este caballero, además de que se le olvidan los enojos».

—¿Y usted coincidía con la idea de que era una figura de «líder padre»?

—Me contaron eso una vez, que después del líder padre viene una líder madre…. yo no sé, no creo. Quizás es cierto que la gente busca eso.

—Usted es visto como un líder intimidante.

—Yo creo que no, pero mis hijos me dicen hoy: «Usted no sabe con qué cara nos miraba cuando nos decía: “vaya al escritorio”. El peor castigo era el «vaya al escritorio»… ¡lo que pasaba dentro era nada comparado con lo otro! Entonces, si me lo dicen mis hijos, ¡será verdad!

—¿A lo mejor a los ministros les daba el mismo terror cuando los mandaba a llamar?

—No sé. No creo… es que es tan distinto.

—¿Usted es tan exigente como parece?

—Claro, ¡eres exigente porque las cosas tienen que hacerse! Y estar un poco encima. Aunque ese era el trabajo de Lahera y su equipo, en el que había muchos doctores (PhD). Cuando terminaba una reunión, y se iba el ministro, alguien de su equipo me preguntaba: «Presidente, ¿llama usted o yo?». «¡Llama tú!», porque yo había dicho en la reunión que llamaría a (Mario) Marcel (director de Presupuesto), por ejemplo. Esa persona llamaba a nombre mío, por cierto, y si no le iba bien, me lo reportaba y llamaba yo. Pero también hacía el seguimiento. Decía: «Yo ya hablé con Marcel, él habló con tal persona, y el problema sigue sin resolverse». Entonces, yo sabía que el problema no era Marcel, sino el ministro. Tienes que tener alguien que te haga seguimientos, eso es básico. Y ese equipo era de lujo.

—¿Cómo definiría usted su estilo de liderazgo?

—¿El mío? ¡Ni idea!

—A usted se le reconoce que tiene mucho don de mando, ¿qué feedback recibe de su estilo?

—Hay dos cosas que son importantes (para liderar). Una es la capacidad de absorción y de lectura, me parece muy importante. Y lo segundo es que, a partir de esa capacidad de absorción y de lectura, y de escuchar, viene la toma de decisiones. Porque, en el fondo, ¡gobernar es decidir! Todos los días se toman decisiones, desde las cosas más nimias hasta las más importantes. Y entonces usted debe ver cuánto va a delegar y cuánto va a decidir usted… Ahora, un Presidente que se involucra debe saber cómo hacerlo sin impedir el desarrollo de las actividades de los otros.

—Usted se involucraba mucho, dicen…

—Yo me considero alguien que estuvo encima, que miraba todo, pero creo que, por lo menos, traté de que otros pudieran expresarse. No solamente áreas en que yo no estaba tan involucrado, sino también en las áreas en que yo lo estaba más, para poder escuchar la opinión de ellos.

—Usted decía que gobernar es decidir. ¿Cómo un Presidente evita caer en la parálisis de la indefinición o en dilatar la toma de decisiones? ¿O caer en la arrogancia y la autocomplacencia?

—Primero es importante pensar: ¿cómo hace usted para tener todos los días un cable a tierra? Y yo creo que la única forma es saliendo de Palacio, juntándose con gente y saliéndose de libreto.

—¿Cómo?

—La salida de libreto es cuando a usted le dicen que lo van a llevar a la casa de la familia no sé cuánto, pero usted, en el camino, para en otra casa. Una vez, cuando yo era ministro de Educación, alguien me dijo: «Cuando vaya a ver una escuela, métanse a un baño, para ver la realidad de esa escuela». Nunca se me olvidó. Porque a usted le tienen todo preparado, pero se mete al baño y ahí ve la realidad, que no funciona el agua o que no está tan limpio, en fin. Un Presidente tiene que salirse del libreto, o si no nadie te va a contar la firme, como decimos en buen chileno. Es fácil decirlo, pero mucho más difícil hacerlo.

Segundo, dentro del staff tiene que haber alguien que le cuente la verdad. Le debe dar ese rol a alguien. Si a un Presidente su jefe de gabinete no es capaz de decirle la verdad, está mal. O tu mujer. O tu hijo en el asado en Caleu. Pero esa es la única forma.

—A usted le han dicho arrogante.

—Claro. Y yo siempre digo: «¡Es que este trabajo es así!». ¡Tienes que tener seguridad de lo que vas a hacer, pues! Ahora, yo creo que es mejor que te digan arrogante a que te digan que no sabes mandar… Porque para eso te eligieron. Pero a lo mejor a veces digo las cosas con mucha fuerza.

—¿Ha hecho una evolución en su liderazgo o es igual desde siempre?

—A veces me enojo, claro. Cuando las cosas no salen bien o no salen como uno quiere. Pero también creo que los que trabajan con uno se dan cuenta de que ese enojo se me pasa rápido. Y no guardo rencores. Eso me lo han echado en cara muchas veces, pero quizás es bueno en la actividad pública olvidar luego. Si te pones a guardar rencores…

—¿Qué es lo mejor del cargo?

—A lo mejor, el contacto con la gente, a mí es lo que más me gustaba. Esa es la razón por la cual, cuando las encuestas van para abajo y los presidentes están complicados, recorren el país. ¡Nada te sube más el ánimo que llegar a un lugar donde todos te aplauden! Entonces, el contacto con la gente es lo más estimulante que hay. Es la estamina. Te estimula ver que has hecho algo concreto que mejora la vida de la gente…

—¿Y lo más duro?

—En mi caso lo menos bonito fue que trataron de pintar mi gobierno como un gobierno corrupto y que por esa vía me iban a botar del gobierno. O sea, cuando lo miro para atrás me parece insólito, pero algunos se pasaron esa película. Lo dijeron y se ufanaban. ¿Por qué es lo más duro? Porque tú sabes que ellos saben que es mentira. Y ver a mi familia ofendida, sufriendo, por culpa mía… Una cosa es que esté yo en la pelea y me disparen, pero ¿a los míos? Querían destruir a Lagos y no lo lograron.

«NO HAY QUE ENAMORARSE DE LAS NEGOCIACIONES»

«El líder tiene que ser capaz de ponerse en los zapatos del otro. Tienes que saber que la política, la mayor parte de las veces, es negociación. Y, por lo tanto, lo importante es conocer las líneas rojas del otro. Y que el otro conozca las tuyas y, a partir de estas líneas, ver dónde está la zona de acuerdo».

—¿Cómo es su estilo de negociación?

—Depende de quién tienes al frente. ¿Al frente tienes a un señor que sabe mucho o poco del tema? ¿Sabe más que tú o menos que tú? Si lo que tienes al frente es un señor famoso por lo duro, a lo mejor le puedes explicar cuál sería el éxito de la negociación… Lo que sí me queda claro es que tiene que haber una gran claridad, para ambos lados, de cuáles son las consecuencias del fracaso de la negociación. Porque a ratos, tratando de hacer ganar el punto de uno, se llega a un instante en que uno se obsesiona y quiere sacar el mayor provecho… Ahora, el otro temor en una negociación es el síndrome del que se enamora de la negociación y la quiere sacar a toda costa, a como dé lugar. Porque si tú fracasas en una negociación, automáticamente las dos partes van a volver a su rincón del ring y van a tener de nuevo más fuerza los sectores más contrarios a la negociación. Por tanto, tú aquí tienes dos extremos: tener claridad de que el fracaso de una negociación va a fortalecer a los extremos de los dos sectores, y tener claro que si tú te enamoras y quieres sacar la negociación a como dé lugar, aquello es igualmente peligroso para los intereses que estás representando.

—¿Qué es lo más complejo de la Presidencia de la República chilena?

—Que como Presidente o Presidenta de Chile, uno tiene cuatro roles. Primero, encarna la jefatura del Estado: eres el Rey Juan Carlos. Y a usted le tocan no sé cuántos pitazos cuando se sube a la Esmeralda porque es jefe de Estado y tiene detrás suyo un edecán, que es su vínculo directo con las instituciones armadas. Pero cuando tienes que salir a pedir votos para tus parlamentarios, te arremangas y te conviertes en un modesto jefe de gobierno. Como tal, tienes todo el derecho a pedir votos para tu coalición. Además, el Presidente de Chile es jefe de su coalición. Y, por último, y más importante que todas las anteriores, el o la Presidenta es el principal comunicador del país, nadie capta las cámaras como él o ella. Entonces, el liderazgo de un país consiste en entender cómo usted mezcla estos cuatro roles.

—¿Qué le faltó hacer en su gobierno? ¿Qué habría hecho diferente?

—En términos políticos, faltó la configuración de un gran partido socialdemócrata. En términos de gobierno, yo diría, el que ciertas cosas no quedaron lo suficientemente consolidadas como para que no hubiera una marcha atrás.

—Por ejemplo…

—Canal de Chacao. Terrible. Pero, al mismo tiempo, uno tiene que decir: «¿Y para qué me embarqué si no iba a poder terminarlo?». Pero resulta que tienes que tomar iniciativas de largo plazo, como Presidente tienes que atreverte. El Transantiago es un ejemplo típico.

—Usted pidió excusas por el Transantiago. ¿Qué le faltó hacer? ¿Qué haría distinto? Aunque usted dijo que había hecho todo lo que tenía que hacer y no aceptó que se calificara de negligencia…

—Sí, pero fíjese, creo que es demasiado obvia y evidente la explicación de que eso no se debía haber implementado porque no estaba listo el soporte tecnológico. Y que un ministro diga que hay que pagar veinte millones en multas, por favor, de qué multas habla, si el administrador financiero no era capaz de tener un soporte tecnológico. ¡Pero eso lo digo yo ahora desde fuera! Yo no estaba tomando la decisión en ese momento. El que lo implementaba era otro. Y los presidentes asumen los gobiernos con el haber y el debe, con todo.

—¿Qué más le faltó hacer?

—A lo mejor fue un error ponerle la firma mía a la Constitución. Pero hay que decir que porque le puse la firma mía a la Constitución es que ahora podemos discutir de otras cosas y no acerca de los enclaves autoritarios. Tal vez lo que faltó fue una mayor definición de las tareas políticas por delante, plantear lo que seguía, y no la mera continuidad de un gobierno del mismo signo. Si usted me dice: «¿Qué es lo más exitoso?». Eso. Cuando lo dije, todo se rieron, porque estábamos en «la ceremonia del adiós». Pero me parece que ese es el test final de un gobierno exitoso.

—¿Pasarle la banda a alguien de la misma coalición?

—Lógico.

—¿Y en Educación?

—Yo tengo muy claro lo que hicimos. ¿Qué faltó? No haber abordado con mayor fuerza el tema de la educación pública. Y como Presidente haberme atrevido a decir: «Se acabó el financiamiento compartido». Lo planteé cuando no era nadie en Chile, pero podía haberlo planteado con fuerza como Presidente. Pero como estás en un gran pleito para sacar la reforma de la salud, estás en otro pleito para sacar el divorcio… empiezas a ver los pleitos que tienes y dices: «¿Me meto en esto?». Y, por cierto, lo de las sociedades espejo, que es un escándalo.

—¿Lamenta no haberse comprado ese pleito?

—Sí. ¡Porque ese pleito lo tenía tan claro! Que no lo tuve así de claro cuando fui ministro de Educación. No tenía claro lo de las sociedades espejo y otros trucos para lucrar. Es que también digamos que las martingalas comenzaron en su gran amplitud después. Cuando descubrieron que tenían que hacer marketing… ¡marketing!

—¿No podría haber fiscalizado más el lucro en las universidades?

—¿Cuáles eran los instrumentos para fiscalizar? Ninguno, pues.

—¿Y el Crédito con Aval del Estado con una tasa del 6%?

—¿Y qué puedo hacer ahí? Se licitó, se lo llevó el que tenía la mejor propuesta. Lo claro era que más barato no se consiguió. ¡Es lo que había! O sea, el Crédito con Aval del Estado del 6% es lo que podía Chile el 2005. Distinto a lo que fue el 2012. Entonces, las cosas hay que medirlas en función de la realidad. Ahora, usted tiene que gobernar. Y para eso, debe elegir las peleas que va a dar. Yo dije la otra vez una frase que pensé que era tan inocente. Me preguntaron por el matrimonio homosexual y dije que la sociedad ya estaba más madura para discutir estos temas. Y me criticaron ácidamente en Twitter: que qué me creía yo para decidir cuándo Chile estaba maduro para discutir ciertas cosas y que por qué no lo había hecho cuando había sido Presidente. Entonces les dije que no había podido porque estaba muy ocupado… ¡tratando de sacar adelante la ley de divorcio! Primero, la ley de divorcio, para que cuando haya matrimonio homosexual se puedan divorciar.

—¿Qué opina de las críticas del movimiento estudiantil de que en los gobiernos de la Concertación no se cambió el modelo, sino que solo se conformaron con reformas graduales? ¿Leyó el libro El otro modelo y las críticas que allí se vierten en ese sentido?

—Tengo que decir que buena parte de lo que está en El otro modelo está en el libro El Chile que se viene (editado por él). Hablo que se puede hacer una nueva Constitución, precisamente porque ya no hay enclaves autoritarios, hablo por qué cuando un país llega a un cierto nivel de ingreso, pasa a ser más importante que el crecimiento la distribución de ese ingreso, y hablo de por qué la agenda cambió de derrotar la pobreza, hacia las demandas de los sectores medios. Por lo tanto, terminó un ciclo y empieza otro.

Pasado este aviso comercial —se ríe— respondo su pregunta. Yo planteé que nombráramos una comisión bicameral para hacer una nueva Constitución, lo dije tres semanas después de llegar a La Moneda. Y propuse que encabezara esto Andrés Zaldívar como presidente del Senado y se constituyera con diez diputados y diez senadores. Bueno, el «no» fue demasiado fuerte y estentóreo. Usted tiene que gobernar y no va a perder el tiempo en algo que sabe que no va a ninguna parte. Por lo tanto, yo encuentro que uno podría decir que tal vez la culpa era de los estudiantes, que si hubieran desfilado antes se habría podido hacer antes esta discusión. Pero no era el tema…

Se publicó hace poco un libro, El pacto, de Claudio Fuentes. En la portada hay una foto mía firmando la nueva Constitución. Me pidió que comentara el libro en la presentación y fui a la Universidad Diego Portales. Cuando me tocó hablar, les digo: «Perdónenme, pero se me olvidó el nombre del comandante en jefe de la Fuerza Aérea, ¿me pueden dar una mano?». Y silencio total. Dije: «Veo que nadie sabe». Y ahí empezaron a darse cuenta de que les estaba tomando el pelo. «Ven ustedes cómo ha cambiado la situación. Antes, diez años atrás solamente, ¡se sabían hasta la quinta antigüedad!». Entonces, las cosas cambiaron y hoy día usted puede hacer cambios que antes no podían hacerse, mire qué simple. Teóricamente, usted siempre puede hacer cambios, pero pone en tensión la institucionalidad y echa abajo el país en mil pedazos. Entonces, lo que le dije a Fuentes es que el libro es espléndido, explica exactamente las negociaciones, que uno quería esto, el otro otra cosa, cómo se gestó, etcétera. Lo único que no explica en el libro es el contexto. Yo lo único que le digo a los jóvenes es que el contexto era otro. Los dirigentes estudiantiles de hoy nacieron todos el año 90 o después, ¿qué les vas a hablar de los militares? Para ellos los militares son unos señores que están en los cuarteles, y que vale poco lo que ellos piensen en política, con toda razón.

—Se critica que no se cambió el modelo económico del régimen militar, sino que solo se lo reformó.

—Bueno, hay dos cosas. Primero se cayó una estantería marxista que fue el Muro de Berlín, el 89. Pero hay otra estantería que se cae, que es la neoliberal, pero esa se cae el 2007, 2008, por la crisis, y no antes. Ahora, yo sostenía que teníamos fuerza para darle un espolonazo al modelo, que era revisar las privatizaciones. Pero también, digámoslo, no había esa decisión en muchos de los nuestros…

—¿Por qué? ¿Estaban cómodos con el sistema?

—No, yo creo que pensaban que esas cosas no eran relevantes y se podía continuar hacia adelante. Diez años después, ya las privatizaciones estaban consumadas. ¿Qué es lo que yo quisiera decir? No teníamos mayoría y si no podíamos ni subir los impuestos, usted me viene a decir ¿por qué no cambió el modelo? Durante dieciséis de los veinte años, la derecha tuvo mayoría cómoda en el Senado. Entonces todo lo teníamos que negociar. Y, además, sin chiquillos en la calle: todos estaban felices de la vida. Esa es la verdad. Yo digo: «A lo mejor lo hicimos muy mal y se podía haber hecho mucho más, pero había que estar ahí».

(2) En 1986, los servicios de inteligencia del régimen descubrieron una operación clandestina de internación de armas a gran escala al país en la localidad de Carrizal Bajo, zona costera del Norte. La operación fue realizada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, con el objeto de desestabilizar al régimen de Augusto Pinochet en el denominado «año decisivo», que pretendía derrocar la dictadura mediante una insurrección armada. Las armas eran transportadas por barcos desde Cuba.

 

Peso y estatura de la presidencia

prólogo de Ascanio Cavallo

 

En el momento de completarse este libro, conviven en Chile cinco ex presidentes de la República. Ninguno de ellos está bajo persecución por alguno de los otros, ninguno enfrenta una amenaza por la condición que tuvo y no hay entre ellos ninguna otra discrepancia que no sea estrictamente política. Esta situación difiere de la que hubo mientras estuvo vivo el antecesor de todos ellos, el general Augusto Pinochet, y es por seguro un panorama excepcional en la historia del Chile moderno, por no hablar de América Latina.

Esta excepción habla, quizás, de la calidad de la reconstrucción democrática iniciada en 1990, o acaso de la madurez de la sociedad chilena, o tal vez de la vitalidad de unas instituciones capaces de adaptarse al cambio. Pero antes que todo eso habla de la singular eminencia que tiene en este país la Presidencia

. Cuando se dice que Chile es uno de los países más presidencialistas del mundo se suele omitir el hecho, no puramente psicológico, de que quienes acceden a ese cargo sienten sobre sí la responsabilidad de la República. La investidura es lo que une a un providencialista como Patricio Aylwin con un republicano como Ricardo Lagos, a un católico como Sebastián Piñera con una laica como Michelle Bachelet. Eduardo Frei Ruiz-Tagle es quizás el caso donde estas dimensiones son más agudas, porque vivió su juventud como hijo de uno de los presidentes más solemnes de la historia, Eduardo Frei Montalva.

De eso trata este libro.

Su propósito declarado es explorar en las distintas formas de liderazgo que estos cinco presidentes representan, aunque lo que muestra es la manera fascinante en que esos estilos, sustentados en experiencias y convicciones personales, debieron adaptarse a las condiciones históricas. Si hay una tesis implícita, es que el liderazgo no existe fuera de la historia, la principal de las fuerzas que lo modelan y determinan.

Aun así, llama la atención la repetición de ciertos valores (¿o sería mejor decir «intuiciones»?) que aparecen en todas las entrevistas. La primera es la noción de responsabilidad, según la cual, asumida la investidura, es preciso ejercerla con cuidado por toda la sociedad, y no solo por el partido, la coalición o el programa con que ella fue conseguida.

Esta es, probablemente, una lección aprendida de la segunda mitad del siglo XX, cuando Chile fue herido —social y políticamente— por gobiernos y gobernantes que se sintieron obligados a cumplir con las convicciones de sus partidarios, aceptando como mal menor el daño que podrían inferir a sus contradictores. Las limitaciones que reconocen todos los entrevistados, desde Aylwin a Bachelet, no derivan solo de las amenazas—más visibles en el caso de Aylwin—, sino de que el juego entre mayorías y minorías no podría librarse a costa de estresar a la sociedad.

Desde Aylwin, la responsabilidad ha sido entendida no solo como un compromiso con la estabilidad institucional, sino sobre todo como un esfuerzo inclusivo apuntado a reforzar la unidad republicana. Cuánto logró cada uno en ese propósito es materia polémica. Pero se necesitaría una mala fe personal, más que ideológica, para desconocer esas intenciones.

El segundo rasgo común es la moderación, una palabra dudosa que suele aparecer asociada a los disvalores político-estéticos de la tibieza o la concesión. Ninguno de estos entrevistados cree haber tropezado en esas trampas, aunque todos reconocen que sus deseos debieron ajustarse a las condiciones presentes. El juicio desde el futuro requiere, como dice Lagos, de una mínima conciencia del contexto.

Si la política contemporánea se sigue dividiendo entre jacobinos y girondinos, en el Chile post 90 han prevalecido los girondinos, y en nombre de esa intuición temprana Aylwin recuerda que en la Revolución Francesa se definían así quienes justamente querían república, Derechos Humanos y progreso. Para estos presidentes, la moderación no ha sido renuncia, sino gradualidad, construcción de acuerdos, consensos sociales. «Las cosas en que nos ha ido bien como país son aquellas donde avanzamos gradualmente», dice Michelle Bachelet, como corolario de esa noción de que la impaciencia no se lleva bien con la convivencia.

Hay un tercer rasgo en común, derivado del anterior: el espíritu de negociación sin el cual la política en general y la Presidencia en particular se convierten en actos de puro testimonio, que a menudo es impotencia. Tal espíritu, dice Aylwin, reúne la «generosidad» con «alguna habilidad intelectual», una manera muy delicada de entender la inteligencia política.

Lagos, que no tuvo un gobierno fácil y fue el único en verse sacudido por amenazas judiciales contra su eminencia, define con claridad los límites del espíritu de negociación: ni obsesionarse con ganar, por un lado, porque ello conduce a la polarización y la inmovilidad, ni enamorarse del acto mismo de negociar, que lleva a un intercambio tan interminable como ineficaz.

La negociación ha sido vilipendiada, descalificada y desautorizada en nombre de diversos integrismos, a pesar de que en política no sea sino un camino indispensable en la construcción de acuerdos. En Chile se ha puesto de moda la pregunta acerca de si por estos días se ha terminado la «política de los consensos». Nadie proclamó tal política en los cinco gobiernos pasados; nunca fue una definición oficial; solo fue un acto creativo de la coalición de derecha en el gobierno de Aylwin. Pero hay muchos que siguen acudiendo a esa frase como una de las condenas de la transición chilena; y sin embargo, consenso no es lo mismo que negociación, aunque se parezcan.

Los presidentes de la transición defienden su decisión de negociar no solo como una expresión de conciencia frente a la correlación de fuerzas en que cada uno debió desempeñarse, sino sobre todo como la manera adecuada de conseguir un avance sostenido en la construcción de la democracia. Lo que dicen, con distintas palabras, es que todo se puede hacer más rápido y con otros instrumentos, pero entonces es la idea de la democracia la que entra en peligro.

Llama la atención que todos ellos muestren cierto dolor (¿habría que llamarlo nostalgia?) por lo que no pudieron hacer o por aquello que, visto en retrospectiva, se muestra como un error, pero que al mismo tiempo esta nostalgia no entrañe arrepentimiento ni culpa, sino solo una certeza de que lo que no se hizo en un momento histórico se hará en otro más propicio. Esto es lo que, más allá de la posición ideológica de cada uno, cabe llamar en propiedad progresismo: confianza en el progreso. Desde 1990 en adelante, no ha habido ningún mandatario que escape de este espíritu.

La necesidad de la decisión cierra el círculo de las similitudes. No hay responsabilidad sin decisiones. No hay moderación ni espíritu de negociación que puedan ser eficaces sin que, al final, se tomen las decisiones, más buenas o más malas. Frei prefiere equivocarse a paralizarse, igual que Piñera. Pero Piñera, que derrotó a Frei, prefiere compararse con Lagos, con su sentido francés del Estado. Y las ideas de Bachelet sobre la contención podrían estar en boca de Aylwin, que de tanto insistir en dar confianza a sus ministros, solo removió a uno durante todo su mandato.

Desde acatar un fallo limítrofe adverso (Aylwin, Piñera) hasta aceptar un fracaso administrativo (el Transantiago de Bachelet, el Censo de Piñera) o afrontar crisis institucionales (Punta Peuco con Frei, el Caso MOP-Gate con Lagos), todos estos presidentes pasaron momentos difíciles en los que tuvieron que tomar decisiones a solas. La eminencia del Presidente expresa aquí su último sentido de la responsabilidad. Se puede discutir, dudar, negociar, temer, vacilar, pero hay que decidir. Ese momento divide las aguas y produce las condenas y los elogios que en el futuro marcarán la gestión de un gobierno. Y quien sentencia ese momento es, en la singular cultura política de Chile, el Presidente.

Esta hiperconcentración del poder decisorio produce sus propios valores y sus propios claroscuros. Los presidentes se ven rodeados de halagos y de zalamería (la que se puede extender a su esposa, como recuerda Lagos sobre una divertida Luisa Durán). El jefe del Estado deja de ser «tú» y se convierte en «usted», el título de «Presidente» llega mucho más allá del período, acaso hasta la muerte, y su ubicación en el espacio simbólico está por sobre toda la clase política. Siempre se puede ser insolente y despreciar estos protocolos, pero ese tipo de insolencia es más aburrida que innovadora, más ordinaria que ácrata, más ensuciadora que sincera. Después de Aylwin, todos se llevaron insultos, pero entre las grandes mayorías humildes y orgullosas recogieron más besos que escupitajos.

Ninguno de estos presidentes se arrepiente, ninguno lo pasó mal. Todos volverían al cargo. Aylwin fue tentado a quedarse, Frei repostuló diez años después de dejarlo, Lagos puso condiciones para intentarlo y al fin Bachelet logró su reelección, primera en la historia del Chile democrático. No hay forma de sostener que La Moneda es «la casa donde tanto se sufre», como dijo Arturo Alessandri Palma, que también quiso volver a ella no una, sino varias veces.

Lo que Paula Escobar ha logrado en este libro es poner en evidencia que, si es cierto que la vocación de liderazgo resulta esencial para llegar al poder en Chile, tanto o más cierto es que la institución de la Presidencia determina por sí misma varios de los rasgos esenciales que tendrá ese liderazgo. Sus entrevistas, frescas y vivaces, tienen la excelencia del mejor periodismo, de aquel que muestra lo implícito con el mismo vigor de lo explícito. No hay que perderse una línea.

Yo Presidente/a. Lecciones de liderazgo de cinco gobernantes. versión impresa.

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