Solos en la noche: Zamudio y sus asesinos

(Catalonia-PeriodismoUDP, 2014)

Rodrigo Fluxá

La noche del 2 de marzo de 2012, Daniel Zamudio dormía en un céntrico parque de Santiago cuando otros cuatro jóvenes lo encontraron. El grupo lo sometió durante horas a golpes y torturas que semanas después le costaron la vida. La noticia, caratulada por los medios como el ataque de una banda neonazi contra un gay, remeció a la opinión pública. En las calles de la capital miles de personas despidieron su féretro; las autoridades lograron aprobar en tiempo récord una ley antidiscriminación que se conoce como «ley Zamudio». Solos en la noche reconstruye el salvaje ataque, así como las historias vitales de la víctima y de sus homicidas, antes de su trágico encuentro en el parque.

«La tragedia de Daniel Zamudio cobra en la investigación de Rodrigo Fluxá un sentido que se dispara más allá de la crónica policial. Hay algo hondamente triste, incluso aterrador, no tan solo en el hecho mismo del crimen sino en las biografías de todos los involucrados. Esas vidas, por momentos, parecen ser ya por sí mismas una condena. Fluxá se sumerge en las raíces de una derrota que parece contagiosa, inevitable, y que, como el mismo Daniel Zamudio solía decir, va empujando los hechos como en un efecto dominó en el que nadie sale bien parado. Solos en la noche es la historia de un fracaso demasiado cercano para considerarlo como algo ajeno.»

Óscar Contardo

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Rodrigo Fluxá Nebot
Periodista de la Universidad de Chile. Trabajó seis años en Deportes de El Mercurio y hoy se desempeña como redactor en la revista Sábado de ese mismo medio. Ha publicado dos libros, El lado B del deporte chileno (2010) y Leones (2012). Fue ganador del premio Pobre el que no Cambia de Mirada (2011) y del Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado (2012).

El imperio de la derrota

prólogo de Óscar Contardo

La historia de la vida y muerte de Daniel Zamudio, aquel joven asesinado a golpes en marzo de 2012, cobra en Solos en la noche un sentido nuevo, más ancho y áspero que los resúmenes que la prensa hizo, aquellos artículos profusamente difundidos durante su agonía. El autor, Rodrigo Fluxá, alumbra los muros de un sótano olvidado por la urgencia, despeja las grietas que no querríamos que existieran, indica el molesto ruido de las filtraciones royendo los pilares de una habitación menesterosa y desamparada. Una celda en la que se apiñan víctima y victimarios como si fueran parte de una misma casta unida por el parentesco de una violencia sorda que se impregna en los cuerpos como los malos olores.

Este libro podría ser descrito como una historia policial o una historia de terror, como un relato detallado de la violencia con mayúscula, como un cuento pormenorizado sobre la manera en que el destino puede llegar a ensañarse con una biografía o con una familia. La idea de libertad parece aquí una fantasía rota desde un principio, y la esperanza, una caricatura que nadie se podría tomar en serio.

El asesinato de Daniel Zamudio cambió nuestro país. Un cambio que comenzó en las palabras. Por primera vez la golpiza a una persona homosexual se consideró casi sin excepción un asunto repudiable que debía ser condenado públicamente. La palabra «discriminación» cobró un sentido crudo y brutal que exigía repudio. Así lo hicieron agrupaciones sociales, partidos políticos, autoridades de gobierno e incluso el mismo Presidente de la República. Nunca antes en Chile había ocurrido tal cosa. Lo habitual era que los crímenes como el de Zamudio apenas ocuparan a la policía y quizás despertaran algún interés burlón en la crónica roja. Para varias generaciones de personas gay, incluyendo la mía, el menosprecio frente a una persona homosexual víctima de una injusticia era lo habitual. Los «asesinatos de hombres solos» eran algo similar a un género del periodismo policial y tenían un rango paralelo al de las prostitutas asesinadas por sus clientes o las mujeres muertas a golpes por su pareja: la policía apenas indagaba en esos casos y las investigaciones solían apuntar a que la víctima había sido, de una extraña manera, responsable de su propio muerte. Era, por así decirlo, una cultura en la que existían ciertos ciudadanos con reparos. Ejemplos hay muchos, desde el asesinato del pintor Jorge Madge en 1947 al llamado crimen «del anestesista» en 1975, pasando por la muerte de «la loca de hot-pants», baleado por un policía sin mediar más agresión que un reclamo por maltrato y descrito con sorna por los diarios en 1971. La prensa se hacía eco entonces de un esquema conocido hasta el aburrimiento. Con Zamudio mucho de eso cambió. La manera en que la prensa informó sobre los acontecimientos que terminaron con él en coma en la Posta Central fue la evidencia de esa transformación: hubo vigilias, visitas de autoridades, expectación pública y abatimiento general cuando finalmente murió.

Una de las desventajas del periodismo es la premura de los tiempos. Las historias se vuelven esquemáticas, esbozos de una realidad que exige simplificación en una colección de arquetipos que puede terminar aplanando la historia, exponiéndola a los focos que inevitablemente funden los detalles, el fondo y los pequeños relatos que sostienen la tragedia. El crimen de Daniel Zamudio rápidamente se transformó en el de un joven homosexual atacado por neonazis. Dos carátulas contrapuestas sin nada en medio: homosexual y neonazis. Su vida y la de sus victimarios parecían pender de un par de etiquetas que resumían los acontecimientos y masticaban sus biografías hasta hacerlas digeribles con tan solo un vistazo. Bastaba leer «neonazi» para que todo cobrara un orden: la violencia, aquellos que llamamos el mal, lo que acabó con la vida de Daniel Zamudio, habitaba en un lugar delimitado ajeno al de los lectores, un sitio con fronteras claras distinto al nuestro, el de los ciudadanos decentes. Los victimarios tenían creencias torcidas y abrazaban una ideología absurda, eran monstruos fácilmente reconocibles. Las etiquetas sintetizan y tranquilizan.

El primer artículo que escribió Rodrigo Fluxá sobre el crimen de Zamudio en la revista «Sábado» de El Mercurio puso en duda esas etiquetas. En aquella nota daba cuenta de cómo dos hermanas decidieron denunciar a los asesinos de Zamudio. Ellas conocían a los atacantes y los habían escuchado jactarse de la golpiza que le habían dado a un desconocido. Luego vieron las noticias sobre el joven encontrado agónico en el parque, ataron cabos, reunieron pruebas y, con el apoyo de sus padres, fueron a prestar declaración. La nota de Fluxá ponía en evidencia al menos dos cosas: que la policía no tenía ninguna pista hasta el momento en que las muchachas acudieron a la PDI a dar su testimonio, y que los responsables del delito —uno de ellos pololo de una de las denunciantes— no eran parte de un grupo neonazi articulado y militante. Incluso más, uno de los denunciados tenía entre sus amistades a personas gay. Aquel artículo de Fluxá y otro que publicó semanas más tarde sobre el mismo caso eran el umbral de una puerta que se abría hacia un terreno pantanoso, sin las fronteras bien delimitadas de las etiquetas. Un territorio que por lo trivial se hacía más siniestro. Era el imperio de los hechos.

En este libro hay un eco de Jean Genet, otro poco de El río de Alfredo Gómez Morel y algo de Ser niño huacho en la historia de Chile, aquel pequeño relato del historiador Gabriel Salazar. La amoralidad transformada en una estética vagabunda del Diario del ladrón de Genet, la violencia callejera santiaguina cargada de una sexualidad siniestra recreada por Gómez Morel y las raíces amputadas de la familia popular descrita por Salazar. Un paisaje que en ocasiones puede rimar con Los olvidados de Buñuel o en otras con la esperpéntica La mujer del puerto, de Arturo Ripstein. Fluxá es pulcro en las descripciones, apegado a los hechos, disciplinado en el oficio y talentoso en los detalles. Captura las voces de los personajes en pequeñas frases como quien gira con elegancia una llave para abrir un cofre imaginario del que saldrá apenas un trozo de la melodía completa. Con eso aliña, apuntala y recrea. El autor construye en este libro una sólida columna con los despojos del caos.

En Solos en la noche está siempre presente la cultura del abandono del padre y el hábitat de la violencia doméstica. La rabia que se traspasa por generaciones y que va tiñendo la forma de ver el mundo, de tratar a los más cercanos, de responder frente a la necesidad de afecto. Aquel monstruo de la brutalidad atávica que alguna vez se encarnó en El chacal de Nahueltoro reaparece en este libro de otra manera, en un país distinto. Ya no son las chozas miserables del campo chileno empobrecido de los años sesenta, sino los suburbios de Santiago, las calles del centro, los boliches de diversión y los tránsitos entre una ciudad próspera y otra que vive mirando el despeñadero de un miseria diferente: aquí no hay hambre, no hay niños descalzos, ni pandilleros fríos en su furia. Aquí hay una pobreza que carcome desprevenidamente, como el óxido royendo el metal, a veces apenas perceptible. Es la sombra del Chacal que se pasea por una generación nueva, alfabetizada y en apariencia educada para la modernidad, pero llena de fracturas y enfrentada a las contradicciones que surgen cuando se vive tan cerca de la pobreza y con la frustración constante como un hecho de la causa.

La tragedia de Daniel Zamudio cobra en la investigación de Rodrigo Fluxá un sentido que se dispara más allá de la crónica policial. Hay algo hondamente triste, incluso aterrador, no tan solo en el hecho mismo del crimen sino en las biografías de todos los involucrados. Esas vidas, por momentos, parecen ser ya por sí mismas una condena. Fluxá se sumerge en las raíces de una derrota que parece contagiosa, inevitable, y que, como el mismo Daniel Zamudio solía decir, va empujando los hechos como en un efecto dominó en el que nadie sale bien parado. Solos en la noche es la historia de un fracaso demasiado cercano para considerarlo como algo ajeno, tenue y feroz como la mirada del ladrón al acecho, melancólicamente doloroso como un amor no correspondido, crudamente real como una nota en la crónica roja.

Capítulo 1

I

A las nueve y media de la noche del 2 de marzo de 2012, Daniel Zamudio dormía en una jardinera de cemento. Es ese azar el que horroriza. No hubo un plan maestro, ni una sucesión lógica de hechos desencadenantes. Si se hubiese borrado unas horas antes, unas cuadras más allá, si no hubiese preferido estar en cualquier lugar del mundo que no fuera su casa, su barrio, Daniel Zamudio habría vivido. Es el desorden, lo aleatorio, lo que no deja dormir por las noches, lo que hace ver bandas organizadas, ideologizadas, con un propósito, por esa tendencia humana a intentar racionalizar la barbarie para esquivar el terror al caos. Cualquiera pudo estar en esa jardinera y ver de frente lo que él vio esa noche: el mal sin agenda. El mal por el mal.

A las nueve y media de la noche del 2 de marzo de 2012, Daniel Zamudio dormía en una jardinera de cemento en una plazoleta a las afueras del Parque San Borja, en la calle Carabineros de Chile, cerca de Alameda con Portugal, cuando un grupo de ocho jóvenes lo distinguió a veinte metros de distancia. Aunque había sido un día caluroso de un verano caluroso, y a excepción de unos calcetines a rayas, vestía enteramente de negro. Lo acompañaban dos mujeres que luego nadie pudo identificar. Ellas, al verlo así, imposible de tratar, hicieron lo que muchos amigos habían hecho antes en situaciones similares: lo dejaron solo.

El grupo se acercó entre risas. No era poco común esa imagen un viernes: al San Borja, rodeado de universidades, repleto de escolares, se iba a tomar. Lo conocían de vista, era un habitual del lugar. Patricio Ahumada Garay, que iba en el grupo, le pegó dos cachetadas para que despertara. Le dijo que mejor se fuera, que no lo quería ver desparramado ahí, en lo que consideraba su territorio, porque lo podían asaltar. No había por qué sospechar que esas palabras, a esa hora, no eran sinceras.

Le preguntaron dónde vivía (1). Daniel, sin pensar, casi por reflejo, balbuceó lo que nunca querría haber dicho:

—En San Bernardo.

Casi enseguida se corrigió, moviendo la cabeza. Dijo que no sabía bien dónde vivía. Lo levantaron y le mostraron la ruta hacia la Alameda. Daniel se paró y caminó en equilibrio precario hacia la calle Portugal. Se tropezó tres veces en la primera cuadra. El grupo volvió al lugar donde se había producido el encuentro. Cynthia Anchil, la única mujer, se fue pasadas las diez. Trabajaba temprano al día siguiente. Le insistió a Fabián Mora Mora que la acompañara, pero este se negó. Otros tres jóvenes se retiraron después de ella, sin saber que las fiestas, reuniones o compromisos que tenían más tarde esa noche terminarían por salvarlos, judicial y psicológicamente. Quedaron cuatro: Ahumada Garay, Mora Mora, Alejandro Angulo Tapia y Raúl López Fuentes.

López Fuentes fue a comprar más cerveza a la botillería que está a un costado del supermercado Unimarc de la calle Portugal. Llevaban ya dos horas tomando. Mientras volvía, tropezó con Daniel: dormía nuevamente, pero en la calle, en el paso de cebra de Portugal. López Fuentes lo levantó; temió que lo fuesen a atropellar. Lo llevó de vuelta a la plazoleta y se lo presentó a sus amigos como un chiste, como quien encuentra unas llaves que daba por perdidas. Lo sentaron en un banco a pocos metros. Ahí, minutos más tarde, dos extraños le trataron de robar. Entre los cuatro espantaron a los ladrones, y luego depositaron a Zamudio aun más cerca de donde estaban.

López Fuentes y Mora Mora fueron a comprar una promoción de ron Mitjans y Coca-Cola, la segunda de la jornada. Cuando regresaron, Daniel había reaccionado. Estaba contando que quería estudiar teatro. Que tenía veinticuatro años. Angulo Tapia, que estaba muy animado, le respondió:

—Yo también soy un artista. Estudié ballet.

Hablaron un rato de música. Ahumada Garay se aburría. Llamó a su amiga Gema Lizana catorce veces entre las 22:09 y las 22:38 (2). Justo después marcó el número de Tamara Stoll, a quien llamaba «prima» pese a no tener parentesco familiar, y le preguntó si podía ir con tres amigos a su casa en Quilicura. Ella le dijo que no, que por ningún motivo: sabía cómo podían llegar a ser sus amigos, lo conocía desde hacía siete años. A las 22:40 llamó a Katherine Perroni, una conquista reciente, sin éxito. Se sentía atrapado ahí.

Daniel volvió a tomar, medio litro de cerveza. Era una antigua compulsión: no podía rechazar un trago; no soportaba que quedara un concho en la botella. Se le cerraban los ojos entre sorbo y sorbo. Ahumada Garay lo despertó otra vez con golpes en la cara, ya más violentos, otra antigua compulsión. Daniel pareció asustado; se puso a llorar. López Fuentes le preguntó si acaso era gay. Daniel respondió que sí y que tenía miedo porque sabía que unos nazis lo andaban buscando. No era así: ningún nazi lo buscaba realmente. López Fuentes lo calmó, le dijo que eso era puro hueveo, que no le iba a pasar nada mientras estuviera con ellos. Le revisaron los bolsillos, le sacaron la plata y fueron a comprar otra botella de ron. Se podría decir que lo asaltaron. A su regreso, Ahumada Garay y Angulo Tapia decidieron que era mejor seguir tomando dentro del parque para evitar los controles de los empleados motorizados de Seguridad Ciudadana. Entraron por un costado de la reja principal —llevando consigo a Daniel— y avanzaron por el interior hasta llegar a un rincón en desnivel, que da a la calle. Mora Mora abrazó a Daniel en la bajada para que no se cayera. Tras el llanto, intentaba tranquilizarlo.

Se sentaron en la tierra, los cinco. Era un lugar oscuro, rodeado por tres árboles, con un mural a uno de los costados: un grafiti de una pareja de niños parecía supervisar la escena. Daniel bebió ron. Mora Mora puso música en su teléfono, con los audífonos abiertos. Daniel empezó a bailar. Pese al miedo que aparentemente había sentido apenas minutos atrás, coqueteaba con ellos; otra antigua compulsión. Le tocó el hombro a Angulo Tapia, quien respondió airadamente. Media hora después ya se había desmayado de nuevo. Ahumada Garay dijo:

—Despertémoslo.

Le pegó una patada en la sien y otra en la nuca con el taco de sus zapatillas. Angulo Tapia se rió. Los dos mandaron a López Fuentes a comprar más ron. Era bueno obedeciendo. Cuando ya no estaba, Angulo Tapia miró a Mora Mora y le dijo:

—Tranquilo, te voy a mostrar cosas que nadie sabe de mí. Cosas que hago con el Pato.

Y entre ambos —Ahumada Garay y Angulo Tapia— descargaron una lluvia de patadas en el cuerpo de Daniel: estómago, testículos, espalda, cabeza. A unos metros de distancia, solo se veían las sombras y se escuchaba el sonido seco de los golpes.

Se detuvieron, permanecieron de pie unos instantes y luego se sentaron, para seguir tomando.

Daniel sangraba por la nariz.

No se movía.

Ahumada Garay se paró otra vez. Se acercó y le puso la mano en el cuello, buscándole la aorta. En tono sarcástico exclamó:

—¡Está respirando, tiene pulso!

Entre los tres se terminaron el ron y la Coca-Cola, mezclados en una botella vacía de pisco sour Campanario. Ahumada Garay la levantó y se la rompió en la cabeza a Zamudio. Eufórico, Angulo Tapia recogió el gollete y le dibujó una esvástica sobre la tetilla derecha. Con el mismo vidrio le asestó dos puñaladas superficiales en el costado izquierdo. Se bajó el cierre del pantalón y lo orinó en el pecho y la boca. Después gritó:

—¡Gay lacra, ensucias mi patria!

Le pegó otra patada en la cabeza. Ahumada Garay, a su lado, le tomó nuevamente el pulso: se aseguraba de que no estuviese muerto. Había estado preso, conocía la diferencia entre un delito de lesiones graves y un homicidio calificado. Daniel respiraba. Ahumada le arrojó un cigarro encendido en la cara. Angulo Tapia llevó la idea más allá: lo quemó varias veces en el hombro izquierdo, sin seguir ningún patrón.

Entre tanto se preguntaban por qué López Fuentes se demoraba tanto. Enderezaron el cuerpo, lo dejaron semisentado y salieron a buscarlo. Mora Mora se quedó solo, a cargo del herido y de un bolso con un Nintendo Wii adentro.

Era la última oportunidad para Daniel Zamudio.

En el camino a la botillería, López Fuentes se había encontrado con un amigo. Fumó marihuana con él, pero no le contó nada de lo que ocurría en el parque. De vuelta se topó con Ahumada Garay y Angulo Tapia.

Mora Mora estaba desde hacía rato incómodo con la golpiza, pero no había dicho nada. Nunca decía nada. En los tres minutos en que estuvo a solas con Daniel pudo intentar cargarlo y llevárselo de ahí. Pudo salir corriendo y avisarle a alguien, pedir ayuda. Pudo sacar su teléfono y marcar tres números: los de Emergencias o Carabineros. Pero no lo hizo. Quizás lo paralizó el miedo, quizás finalmente se sentía parte de algo.

Intentó despertar a Daniel y este, orinado, torturado y acuchillado, solo atinó a darle un manotazo, a defenderse de lo que suponía era el ataque final. En el forcejeo impulsado por su instinto de supervivencia le botó un anillo a su custodio. Mora Mora no lo pudo encontrar. Siguió tratando de hacerlo reaccionar, pero cuando llegaron los otros tres, tal vez para disimular, tal vez molesto por el anillo que acababa de perder, le dio varias patadas en el piso. Ahumada Garay y Angulo Tapia lo vieron con dudas. Entendiendo que ya no había vuelta atrás, le pegaron a Mora Mora un puñetazo en el ojo y otro en el estómago, a modo de amenaza.

López Fuentes los separó. Después miró a Daniel en el piso y, sorprendido, dijo:

—La volá, cabros. ¿Puedo hacerle algo?

Sin esperar a que le contestaran se sentó en el pecho de Zamudio, le tomó la cabeza por las orejas y comenzó a azotarlo contra el piso. Varios minutos. La aceleración y desaceleración del cerebro dentro del cráneo sería fatal para Daniel. López Fuentes se detuvo y lo pateó en la cabeza. Angulo Tapia lo orinó de nuevo. Al terminar dijo:

—Tengo ganas de cagarlo encima.

No lo hizo. Ahumada Garay dio vuelta el cuerpo y le reventó otra botella en la cabeza. Le levantó la polera y le dibujó dos esvásticas más en la espalda, mucho más profundas y más amplias que las que tenía en el pecho. Miró a Angulo Tapia y le dijo:

—Mira, así se hacen estos cortes.

Angulo recibió el gollete y practicó en el cuello de Daniel Zamudio. Se felicitó a sí mismo, en voz alta, al terminar. Después se paró y saltó sobre la cabeza. López Fuentes recogió un trozo de concreto que estaba en el lugar y se lo arrojó en la pierna y luego en el estómago. Angulo Tapia lo imitó: tomó el cascote y simuló que se le resbalaba justo encima, como una broma. Luego dijo:

—Ya, quebrémosle la pierna.

Entre él, López Fuentes y Ahumada Garay le arrojaron el trozo de concreto al menos cinco veces más. No se rompía. Empezaron a hacerle palanca, hasta que el hueso cedió y dejó ver su blancura en medio de la noche. Angulo Tapia movió varias veces el pantalón para asegurarse de que el daño estaba hecho. Entonces los tres celebraron. Dijeron que el sonido se parecía a cuando se rompe un hueso de pollo. Habían comido pollo asado ese día. Angulo Tapia los corrigió:

—Más bien como un champañazo.

Ahumada Garay arrastró a Daniel Zamudio hasta unos matorrales. Antes de irse le tomó una foto con el teléfono a López Fuentes, quien posó junto a la pierna quebrada. Era la una de la mañana. Los cuatro dejaron el parque y caminaron hacia la Alameda con la calle Bandera. Ahí se separaron.

Después de la masacre, de haber visto la aniquilación de un joven como ellos, a López Fuentes y a Mora Mora les dieron ganas de ir a bailar. Partieron rumbo a la discoteque Blondie, conocida por haber sido uno de los primeros lugares en Santiago que se abrió a la diversidad sexual. Esa noche, en el local cerca del metro Unión Latinoamericana tocaban rock de garage, con especiales de The Strokes y Yeah Yeah Yeahs, nada cercano a sus gustos musicales. No los dejaron entrar, por lo ebrios que se veían. López Fuentes saludó a unos conocidos en la galería que une la puerta de la disco con la calle. Les contó que le había sacado la cresta a un cabro.

Mora Mora prefirió irse a su casa. Estuvo ahí encerrado por días. En su perfil de Facebook escribió, el domingo: «Ya no voy a salir más, es una lata, mejor quedarme en soledad a disfrutar de mi tristeza. Era mejor ocultarme; no sé si estoy solo o con alguien; no sé si estoy feliz o triste; solo sé que no estoy en mí, estoy en otro».

Ahumada Garay y Angulo Tapia tomaron micro: el recorrido 407 rumbo a Maipú. Se sentaron en el último asiento, a la derecha. La pareja era inolvidable: el primero bajo y muy ancho, con el pelo corto; el segundo alto y estilizado, de pelo largo. Las manos de ambos, sucias de sangre seca y tierra. Iban tomando: una botella con combinado. Le ofrecieron al resto de los pasajeros, pero nadie aceptó. Hablaban en voz alta, decían que le habían pegado «a un pobre pollo». Ahumada Garay hizo una pregunta retórica a su audiencia, no más de diez personas:

—¿Han escuchado alguna vez cómo suena cuando se quiebra una

pierna?

Siempre le gustó sentirse temido.

—Es el mismo sonido que cuando se rompe una tabla (3).

Se bajaron cerca de Pajaritos. Caminaron por Maipú hacia el sur. A las 2:59 llegaron a la casa de las hermanas Perroni. Angulo Tapia, en la puerta, se puso a gritar «¡Melanie, Melanie!». Era su polola. Salió la hermana, Katherine, que estaba en el computador a esa hora. Ahumada Garay aseguró quererla mucho y le pidió que no se fuera a vivir a Copiapó, como ella tenía planeado. Katherine miró de reojo a Angulo Tapia, que tenía cruzado un bolso negro con tiras azules que era de ella. Se lo pidió a gritos. Ellos primero se negaron a entregarlo pero después de un rato se lo pasaron. Angulo Tapia le dijo:

—Ten cuidado, que tiene sangre.

—¿Por qué?

—Es que le pegamos a un hueón, le quebramos las piernas (4).

Katherine Perroni tomó el bolso, enfurecida. Les pidió que se fueran. Antes de hacerlo Ahumada Garay le explicó su situación: cumplía condena por deformarle la cara a un travesti, lo que era mentira, y estaba con beneficios por buena conducta, lo que era verdad. El tono del comentario cruzaba la delgada línea que separa la amenaza del favor. Entró en la casa. El bolso tenía coágulos adheridos. Katherine lo escobilló en el baño.

Después fueron a la casa de la abuela de las Perroni, donde alojaba Melanie. Ella los escuchó desde adentro. Angulo Tapia estaba borrachísimo, se apoyaba en la pared para no caer. Melanie le advirtió que no podían entrar, que solo iba a escucharlo diez minutos en la calle. Él le dijo que la echaba de menos y le mostró sus nudillos con heridas.

Al día siguiente Angulo Tapia fue al Eurocentro, la galería comercial que era como el segundo hogar de su grupo y centro neurálgico de todas las tribus urbanas de Santiago. Ahí, sentado en el Paseo Ahumada, contó lo ocurrido la noche anterior como si fuera una gracia. No obvió detalles; habló de las esvásticas y de los cigarros. Adjudicó la mayoría de los golpes a Ahumada Garay y a sí mismo. Los oyentes pensaron que era otra de sus exageraciones: muchos lo consideraban un mitómano.

Cerca de las cinco de la tarde Ahumada Garay y él se juntaron con Lisette Arenas, una amiga. Volvieron a relatar paso a paso la golpiza. La llevaron al Parque San Borja, a mostrarle el sitio del suceso.

Cuando llegaron, no encontraron las botellas ni el cascote; ya los habían levantado como pruebas, aunque es probable que en ese minuto ellos pensaran que sencillamente los habría recogido el personal de aseo municipal. Angulo Tapia sacó de su mochila un pantalón claro manchado con sangre, para darle credibilidad a lo que decía. Era el que había usado la noche anterior.

 

 

Angulo Tapia coordinó el pacto de silencio; nadie podía contactar a Carabineros. Ese día, el sábado, llamó dos veces a Ahumada Garay, dos a Mora Mora y siete a López Fuentes (5).

El lunes seguía con la adrenalina alta. Continuaba ufanándose de lo ocurrido con quien quisiera darle un poco de atención. En un momento reunió en el Eurocentro a un grupo de escolares, de niños que se sentaron a su alrededor a oírlo, como un maestro frente a sus discípulos. Uno de los dependientes más antiguos de esa galería también lo escuchó. Al terminar le dijo:

—Si es verdad, ese cabro debe estar muerto. Dense por pillados.

—No pasa nada —respondió Angulo Tapia.

El mismo día llamó a Kimberly, su pareja oficial, para decirle, orgulloso, que estuviera atenta a las noticias.

El fiscal Ernesto Vásquez había tomado el caso y la verdad es que, dos días después del hecho, no tenía ninguna pista real. Pronto entendió que la única forma de resolver el puzle sería con la ayuda de la comunidad, y tuvo que convencer a sus superiores para hacer un llamado público durante una entrevista en la radio Cooperativa (6). Resultó tal como había imaginado. Lisette Arenas le había contado de su visita al San Borja a un expololo, quien, viendo las noticias sobre el joven gay agredido, comenzó a angustiarse. Su madre le preguntó qué le pasaba y él, tras dudar un rato, le dijo:

—Sé quienes le pegaron al Zamudio. (7)

Eran el Dark, el Raúl y el Pato. También le contó a su madre que había escuchado al último decir «Fui bueno, lo dejé inconsciente para que no sufriera». Mora Mora no fue mencionado.

Su abuelo se inquietó y el miércoles en la noche marcó el 133, el número de Carabineros, para entregar los nombres de manera anónima. Pese a tratarse de la primera identificación concreta de los autores, lo dejaron largos minutos esperando, con una grabación. Si la llamada la hubiese hecho alguien más joven, simplemente se habría aburrido y habría colgado.

Ese mismo día Angulo Tapia recorría el Eurocentro con un diario como trofeo, abierto en la página donde salía una foto de Daniel Zamudio y se mencionaba como posibles culpables a una banda de neonazis (8). Las esvásticas habían funcionado como distractor.

El jueves, el padre de las Perroni fue a la brigada de la PDI en Maipú a contar la historia del bolso, que le habían trasmitido sus hijas. El cerco se cerraba.

Angulo Tapia fue detenido el viernes en el Eurocentro. Cuando le tomaron los datos dijo que no tenía domicilio fijo.

A Ahumada Garay le habían advertido de la captura de su amigo. Estaba con su padre y su sobrina en el patio de su casa en Conchalí cuando vio un Toyota Yaris rojo en la calle. Se bajaron dos policías de civil, con pistola. Se identificaron como carabineros del OS-9:

—Tenís que acompañarnos.

—¿Por qué?

—Por el tema Zamudio (9).

Ahumada Garay fue inicialmente identificado por los investigadores

como «el Pato Cuore». Fue el único que jamás declaró. Sabía que, como en las películas, cualquier cosa que dijera podía ser usada en su contra.

Esa mañana, Mora Mora le pidió plata a su abuela para cortarse el pelo: iba a salir a buscar trabajo. Guardó una camisa blanca y una corbata en la mochila por si lo entrevistaban la misma tarde. Salió a la una y media de su casa, a encontrarse con su polola. Al verlo, esta le preguntó por su ojo morado. Él respondió que había chocado con una puerta. Durante la tarde llegaron carabineros a su domicilio. Le contaron a la abuela que necesitaban hablar con Fabián «por un tema de un teléfono robado» (10). Revisaron su pieza. Cuando volvió, cerca de las nueve y media de la noche, lo estaban esperando a la vuelta de la esquina. Un vecino tiró un piedrazo para alertar al barrio de la presencia de policías. Mora Mora alcanzó a entregarle la camisa y la corbata a un conocido. Sospechó que adonde iba no las necesitaría. No era esa clase de entrevista.

López Fuentes había pasado unos días muy malos. Trabajaba, sin contrato, hacía dos semanas instalando ductos de ventilación para la empresa De Vicente Construcción, registrado bajo otro nombre. A su jefe ahí, que además era su amigo, le dijo que quería entregarse, que no aguantaba la presión. Pese a ser bebedor y consumidor de drogas, estuvo sobrio esa semana. El viernes 9 de marzo salió temprano de su casa rumbo al trabajo. Carabineros llegó después de su partida y los agentes hablaron con su hermano y su papá. Ellos ya estaban cansados de las actitudes de Raúl: les dieron la dirección de la obra, en la Alameda con República. Un capitán llamó a López Fuentes. Le preguntó dónde estaba:

—Tercer piso —dijo.

Su jefe le preguntó si se iba a arrancar.

—No, hueón, voy a contar cómo fue toda la hueá.

Cuando se lo llevaron miró a los policías y les dijo que ya no daba más, que necesitaba quitarse ese peso de encima. Al cuartel llegó su padre con traje de campaña y bototos. Pidió hablar con él a solas. La conversación duró tres minutos (11).

Daniel Zamudio se estuvo desangrando durante tres horas y veinte minutos. Tenía un TEC grave, una hemorragia subaracnoidea traumática, una colección yuxtadural laminar fronto-pariento-occipital derecha, daño axonal difuso, fractura expuesta tibio-peronea derecha, lesiones múltiples cortocontusas y contusas en región facial, tórax y extremidades. La verdad es que estaba agonizando.

El guardia de seguridad Ramón Merino lo encontró a las 3:50 de la mañana durante una ronda por el perímetro del Parque San Borja. Pensó que se trataba de un asalto más. Pero, al alumbrar el cuerpo con la linterna, desde la calle hacia adentro, vio que tenía un trozo de concreto sobre el tobillo. Los grafiti del muro, la pareja de niños, tenían manchas de sangre. El guardia llamó a su compañero Felipe Zambrano, quien tras verlo le tomó cuatro fotos ahí en la tierra para su archivo personal, para tener una historia que contar. Las imágenes eran chocantes; Daniel estaba en el piso, acabado. Zambrano se las reenvió a Merino por Bluetooth. La mujer de Merino las vio esa noche y a su vez las reenvió a más gente, incluido un periodista de televisión.

Daniel Zamudio finalmente era famoso. El impacto público fue inmediato. Celebridades declararon su repudio al ataque y una velatón continua se instaló afuera de la Posta Central. La Iglesia Católica, siempre ajena a la causa homosexual en el país, también se sensibilizó: lo visitaron en la Posta e incluso le dieron la extrema unción. El Gobierno se hizo parte del proceso, con el Presidente Sebastián Piñera condenando el hecho y prometiendo una ley que llevara su nombre. El Movimiento de Integración y Libertad Homosexual, Movilh, se asoció con la familia para hacer del caso una bandera contra la homofobia. La comunidad gay tenía un mártir, un mito en construcción. Sus padres, cargando culpas y dolores por dentro, aparecieron unidos e indignados frente a las cámaras.

Su mamá fue el lunes posterior a la paliza al Parque San Borja a buscar pruebas por su cuenta. Tras mover un arbusto, encontró el anillo de Mora Mora. Lo guardó sin saber que era el testimonio del último intento de su hijo por cambiar su suerte.

El 27 de marzo murió Daniel Zamudio en la Posta Central. Al momento de la autopsia su pulmón derecho pesaba 880 gramos y el izquierdo 760. El cerebro, 1.580, y el corazón, 310. No era más grande ni más pequeño, ni mejor ni peor que el normal en un adulto sano. Daniel Zamudio pasó por la vida con un corazón promedio.

(1) La información en este capítulo se ha extraído del expediente judicial del caso Zamudio (que incluye las declaraciones de los condenados y de numerosos familiares, amigos y testigos), documentos judiciales previos y entrevistas personales con cercanos a los involucrados.

(2) Tráfico de llamadas de Patricio Ahumada Garay.

(3) Declaración de un pasajero del bus al OS-9 de Carabineros.

(4) Entrevista a Katherine y Melanie Perroni, abril de 2012.

(5) Tráfico de llamadas de Angulo Tapia.

(6) Entrevista al fiscal Ernesto Vásquez, abril de 2012.

(7) Declaración judicial del testigo.

(8) Declaración de Claudio Paul Quintanilla al OS-9.

(9) Del audio original de la entrevista publicada por La Tercera el 29 de abril de 2012.

(10) Entrevista a Rosa Morales, abuela de Fabián Mora Mora, abril de 2013.

(11) Entrevista al fiscal Ernesto Vásquez, abril de 2012.

“Solos en la noche. Zamudio y sus asesinos”, versión impresa.

“Solos en la noche. Zamudio y sus asesinos”, versión e-Book.