Ponce Lerou

Pinochet. El litio. Las cascadas. Las platas políticas

(Catalonia-PeriodismoUDP, 2019)

Victo Cofré

La estrecha complicidad con su suegro, Augusto Pinochet, que le valió el apodo de “yernísimo” durante el régimen militar. Sus años en Conaf y Corfo. Las acusaciones sobre irregularidades que lo obligaron a renunciar a sus cargos públicos en dictadura. La ofensiva en la pampa nortina que le permitió conseguir de golpe el mando de SQM, la compañía que en 2018 ostentaba una significativa porción del mercado mundial del litio, el “petróleo blanco”. Sus vínculos con la derecha y los que laboriosamente tejió con sus adversarios en la izquierda. Sus amigos y sus célebres enemigos. Los sospechosos manejos bursátiles en el caso Cascadas. El escándalo de las platas negras del financiamiento de la política, que derrumbaron su estrategia de bajo perfil.

Gracias a una investigación periodística de cinco años, con más de cien entrevistas a testigos y protagonistas, una minuciosa revisión de archivos y el hallazgo de importante material inédito, el autor consigue el más detallado retrato publicado hasta ahora sobre Julio Ponce Lerou, una de las figuras más enigmáticas e influyentes de la historia reciente chilena. En un relato ágil donde confluyen políticos, empresarios, autoridades, altos ejecutivos, campesinos y lobistas, Víctor Cofré reconstruye decenas de episodios sobre un hombre que, pese a los escándalos, sigue manejando SQM a través de un entramado societario que culmina en un fideicomiso anclado en el paraíso fiscal de las Islas Vírgenes Británicas.

Víctor Cofré

Es periodista de la Universidad de Chile. Ha trabajado en el Diario Financiero como reportero y en el diario La Tercera como redactor, editor económico, editor general y subdirector. Es autor del libro La trampa. Historia de una infiltración (2012, reedición actualizada en 2018). También participó en los libros Volver a los 17. Recuerdos de una generación en dictadura (2013) y Los archivos del cardenal 2. Casos reales (2014).

DON AUGUSTO

 

Esa tarde se hizo acompañar de su esposa, su padre, su madre y sus tres hijos. Todos estuvieron para las fotografías e intervinieron para complementar en algo la conversación. Fue en el living de su casa de Las Condes, al atardecer del miércoles 28 de septiembre de 1983. Julio Ponce tenía 37 años y había dejado hacía solo un mes, tras nueve años en el gobierno, el último de sus cargos en el sector público, el directorio de Soquimich, debilitado por un escrito anónimo que lo acusó de enriquecimiento ilícito y conflictos de interés que molestaron en el gobierno.

No era su primera entrevista. A comienzos de agosto de ese año había interrumpido su silencio para denunciar, en la revista Qué Pasa, que las imputaciones anónimas en su contra habían sido digitadas por dos abogados de renombre, el empresario Ricardo Claro Valdés y el exfiscal militar Alfonso Podlech Michaud. Ambos se querellaron luego contra él por injurias graves con publicidad y el caso se trató con profusión en diarios y revistas. Ponce necesitaba otra entrevista. Una que mostrara a la persona y no a la autoridad caída, al funcionario todopoderoso. La crónica se publicó el domingo 2 de octubre en La Tercera, bajo el prometedor título “Las confesiones de Julio César Ponce Lerou”. Dos páginas completas. En la introducción, el autor escribió que Ponce había aceptado mostrarse junto a su familia y que el primer encuentro, que debió suspenderse, se había realizado el mismo día en que fue declarado reo por la querella de Claro y Podlech. La entrevista continuó al día siguiente y en ella estuvieron su padre, el doctor Julio Ponce, y su madre, Alicia Lucía Lerou, quienes vivían con él. “Vendieron dos departamentos para dar el pie de la casa que actualmente habitan con su hijo, nuera y nietos. También estaban Verónica Pinochet Hiriart, su mujer y los hijos: Julio César, Alejandro Augusto y Francisca Lucía”.

El autor de la crónica fue el periodista Guillermo Sandoval Vásquez, egresado de la Universidad de Concepción, quien trabajó en La Tercera entre 1975 y 1986, primero en Concepción y luego como redactor en Santiago. La entrevista a Julio Ponce fue un encargo de la dirección, que entonces ocupaba Alberto Guerrero. “Yo no la concerté; el diario me escogió a mí para hacerla. Lo que se me pidió fue un perfil humano, pero no resistí la tentación de hacer algunas preguntas de interés político. Ponce contestó todo”, cuenta.

Sandoval llegó ese miércoles al atardecer a la casa de Julio Ponce, en calle Monasterio 11095, junto al editor de Informaciones de La Tercera, Arturo Román, y el fotógrafo Jaime Bascur. En la víspera, mientras comenzaba la entrevista que debió suspenderse, Ponce recibió un llamado telefónico del periodista Pablo Honorato, de Canal 13, quien le pedía reacciones por su procesamiento. Así se enteró de la medida judicial en su contra, afirma Sandoval. En la entrevista, un día más tarde, no exteriorizó tensiones y se mostró como “una persona tremendamente simpática” (…).

Julio Ponce se fotografió con sus padres, con Verónica Pinochet y con su hija Francisca, quien aún no cumplía cuatro años. La cámara de Jaime Bascur capturó varios momentos del encuentro. Una de las escenas muestra a Guillermo Sandoval, de barba y lentes, entonces de 32 años. En la mesa de centro está su grabadora Sony, y girando, dentro de ella, uno de los dos casetes de 60 minutos que gastó ese día (…). El periodista conservó ese registro, inédito en parte.

Sandoval le preguntó si la condición de gobernante había cambiado su relación familiar con su suegro. “No, nunca, nunca, nunca. Siempre él ha sido para mí, desde que lo conozco, don Augusto”.

Verónica Pinochet sintió que debía agregar algo relevante: “Han sido muy amigos, además”.

Prosiguió Ponce: “Don Augusto siempre ha sido… claro, en algunas oportunidades he tenido que decirle Su Excelencia. Cuando he acompañado a un ministro, por ejemplo, a alguna reunión y me ha tocado intervenir en alguna reunión: ‘Su Excelencia’, pero me suena un poco raro. Mejor hubiera sido ‘don Augusto’ (…). Nunca una autoridad de gobierno me ha deslumbrado y por eso nunca tampoco me deslumbró ningún cargo que tuve yo posteriormente sirviendo para el gobierno. Aunque cuando entré en Conaf, para los funcionarios antiguos era director. ‘¿Cómo está, director?’. ‘No’, les decía, ‘Julio Ponce’, nunca me acostumbré a que me dijeran director”.

“¿Cómo es ser yerno del Presidente de la República?”, preguntó Sandoval, quien en sus escritos periodísticos nunca trató de Presidente a Augusto Pinochet.

Respondió Ponce: “Para mí ha sido muy difícil. Mentalmente, no me he sentido o no me ha gustado sentirme yerno. Y me hago la cosa mental de que no soy el yerno del Presidente. Pero es bien desagradable cuando uno está con un grupo de gente y lo empiezan a conversar y a tratar -eso fue al principio, sobre todo-, cuando de repente había uno que susurraba al oído a otro, shhhh, y se notaba que inmediatamente cambiaba la actitud. Entonces, eso era desagradable. ¿Por qué cuando antes de que supieran que uno era Julio Ponce, después de que sabían que era el yerno del Presidente, inmediatamente cambiaban?”, preguntaba.

Lo mismo le ocurría a la familia, interrumpió Alicia Lerou. “Es una cosa tremendamente desagradable. Yo he tenido discusiones con amigas: en Calera me han presentado a otras personas como ‘Alicia Ponce, la consuegra del Presidente’. Yo les he dicho: yo soy Alicia Ponce y valgo porque soy Alicia Ponce, no tengo nada que ver con ser consuegra del Presidente”.

En la entrevista, Julio Ponce contó su versión sobre cómo llegó al gobierno de su suegro, en julio de 1974, al mando de la Corporación Nacional Forestal, Conaf. Trabajaba en Panamá desde 1972 y fue el entonces ministro de Economía, Fernando Léniz, quien le ofreció el cargo. Ponce pidió atribuciones reales. “Le dije que si el puesto que me van a dar no es un puesto decorativo, por ser pariente de este caballero, lo acepto encantado, pero de lo contrario, no”, contó. “El hecho de vivir un año después del pronunciamiento en Panamá para mí fue bien importante. No porque este caballero, que era mi suegro, fuera Presidente de la República uno inmediatamente iba a buscar sacar un partido de esta situación, todo lo contrario…”.

Julio Ponce trabajó para su suegro, don Augusto, durante 3.307 días.

El 11 en Panamá

Lucía Hiriart llegó a Panamá a visitar a su hija, su yerno y sus dos nietos en junio de 1973. Fue acompañada de Jacqueline, la menor, quien cumplió 14 años el domingo 9 de septiembre, en una celebración a la que llegaron emisarios de las restantes ramas de las Fuerzas Armadas para coordinar el golpe militar. El viaje que Lucía y su hija hicieron a Panamá es motivo de controversia: Pinochet lo mencionó como una demostración de que su conspiración era de larga data. En la entrevista sin autor que se publicó convertida en el libro El día decisivo, dice que el Tanquetazo, la frustrada asonada golpista del 29 de junio, retrasó los planes que tenía para fines de julio: “Tenía previsto que mi esposa saliera con mi hija fuera de Chile en el mes señalado y así disponer de mayor libertad para actuar, pero ahora los acontecimientos atrasaban todos los preparativos. De todas maneras, y para no llamar la atención, ellas partieron a Panamá como si nada hubiera ocurrido”.

Julio Ponce relató la misma visita con un añadido melodramático.

“Poco antes del pronunciamiento militar, la señora Lucía nos fue a visitar a Panamá y traía un saludo de don Augusto. Lo que más nos extrañó fue que mandó una foto de él autografiada y después, al leer el libro, parece que era una posible despedida de don Augusto hacia nosotros, porque ya parece que sabía que venía esta cosa y él tenía empeñada su vida si era necesario en conseguir su objetivo. Pero eso nosotros no lo supimos, nada más que supimos de esa foto, que por ahí la guardamos, que mandó él. Y como él no podía viajar, viajó la señora Lucía”.

Pinochet aseguró en El día decisivo que las semanas previas al golpe fueron intensas en preparativos y que su esposa y su hija volvieron a Chile sin que él hubiese alcanzado a actuar. Investigaciones periodísticas posteriores desacreditan esa versión: Pinochet, dubitativo y bamboleante, se sumó al final, el día del cumpleaños de Jacqueline, presionado por sus pares, a un golpe que nunca planificó.

El 11 de septiembre de 1973, Ponce se encontraba por asuntos de trabajo en la selva del Darién, un paraje inhóspito y tropical ubicado en la frontera entre Panamá y Colombia. Había llegado en noviembre de 1972 a hacerse cargo de un proyecto forestal y en ese país se transformó en el subgerente general del aserradero El Chagres. “Gente de ahí, trabajadores nuestros de la faena forestal, me dijeron: ‘Hay unos movimientos militares en Chile’. Como yo había escuchado antes el Tanquetazo, dije: ‘Bueno, en realidad todos los días hay problemas en Chile’, así que no me preocupé mayormente. Pero ya cuando venía de vuelta, ya cerca del aeropuerto, ahí en un boliche había una televisión y se notaban los movimientos”, dijo una década después. Verónica estaba descansando ese día.

Lo contó en una de sus escasas intervenciones frente al periodista de La Tercera, en 1983: “La verdad es que yo ese día estaba en la playa y por casualidad prendí el televisor, me impresioné y fui donde los militares a ver qué pasaba. Me comuniqué a Chile: ninguna comunicación. Me emocioné, no sabía realmente quién había sido, qué pasaba, no sabía, para mí fue como impresionante”.

Cuando Julio Ponce volvió a su casa, esa noche, la residencia ya era custodiada por dos guardias enviados por el secretario de la Presidencia de Panamá, un funcionario que había sido embajador en Chile. Ponce supuso que si la asonada era un movimiento de capitanes y coroneles, Augusto Pinochet podría estar en peligro. “Pobre suegro”, pensó. La calma llegó cuando vieron por televisión el juramento de la Junta Militar, ya con la posición protagónica de Augusto Pinochet, y tras recibir un telegrama dos días después del golpe. Una semana más tarde lograron hablar con el general. Este les respondió el teléfono en su nuevo lugar de trabajo, el Edificio Diego Portales.

El suegro

En los 24 años que Julio Ponce fue yerno oficial de Augusto Pinochet, la relación con su suegro fue cercana. En los eventos familiares solían conversar aparte y testigos de esa relación han dicho que la confianza que Pinochet le prodigaba a su yerno no la demostraba con sus hijos.

Entre ambos cultivaban un tono campechano y ladino. Intercambiaban refranes, palabrotas y los chistes que Ponce colecciona para emplear en cada conversación. El ingeniero le tuvo aprecio al general. Tanto, que muchas veces, en su defensa, suspendió el buen humor que suele exteriorizar en público: en los años 80, su tolerancia se terminaba cuando comenzaban las críticas a su suegro y su gobierno. Incluso en broma. Un asesor gubernamental de aquellos tiempos recuerda que en una reunión de camaradería coincidieron Julio Ponce y el exministro de Economía Fernando Léniz, quien lo había llevado al gobierno. Léniz contó un chiste sobre Pinochet. Ponce corrió con la historia a su suegro y desde entonces Léniz fue visto con resquemores por el oficialismo. El más tarde presidente de Soprole y de la Corporación de la Madera (Corma), el gremio de las forestales chilenas, fallecido en 2013, nunca le perdonó a Ponce aquella indiscreción. Léniz terminó votando por el No en el plebiscito de 1988.

La falta de humor en ese plano tiene más ejemplos. En un directorio de Soquimich, a inicios de los 80, uno de los integrantes de la mesa también contó un chiste que tenía como protagonista a Pinochet.

Ponce no sonrió y respondió: “Hay varios que han muerto por menos que eso”. El destinatario de la advertencia fue Sergio Melnick Israel, más tarde ministro de la Oficina de Planificación Nacional (Odeplan) de Pinochet. “Sí, me acuerdo perfecto. Era un chiste con la señora Lucía y, efectivamente, me pegó una parada de carro. Y tenía toda la razón, era un chiste muy desubicado”, reconoce años más tarde Melnick.

Pinochet escuchaba a su yerno. Hay quienes dicen que Ponce contribuyó a convencerlo cuando dudaba de las bondades de las políticas neoliberales impulsadas por los Chicago Boys, el grupo de economistas posgraduados en la Universidad de Chicago que cambió la cara de Chile. Pero Santiago Sinclair, ministro secretario general de gobierno entre 1983 y 1985, antes jefe del Estado Mayor Presidencial, no lo cree: “Puede que haya tenido conversaciones de este tipo, pero que él haya estado detrás de las medidas que pudo haber tomado el gobierno, no lo creo”. Melnick, quien llegó en 1981 a Soquimich y en 1987 asumió como ministro de Planificación, dice que Pinochet tenía una intuición sobresaliente que le permitía separar rápidamente la paja del trigo y descreer de los genuflexos. “En ese terreno se comunicaban muy bien, porque a los dos les gustaban los resultados concretos, no la conversación. Julio daba resultados y, por lo tanto, era escuchado por Pinochet”, dice. Melnick les atribuye otra razón para la complicidad: según él, Ponce es un hijo típico de clase media chilena, igual que Pinochet. “Gran parte de la derecha que estaba en el gobierno era más bien aristócrata, eran como pechugones, y eso a Pinochet no le gustaba nada”, asegura.

El primer cargo público

Julio comienza en julio es una película chilena que Julio Ponce ha recordado con humor para fechar su ingreso al sector público. Julio comenzó en julio. Su decreto de designación como director ejecutivo de la Corporación de Fomento Forestal (Conaf) está fechado el 29 de julio de 1974 y fue firmado por el general de brigada que dirigió el asalto a La Moneda en 1973, Javier Palacios Ruhmann, entonces vicepresidente ejecutivo de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo).

Ponce dejó formalmente la gerencia general de Corfo el 29 de agosto de 1983, cuando su presencia ahí era incómoda para el régimen. Entre una y otra cosa pasaron nueve años y un mes. En total, en ese período ocupó al menos 15 posiciones en empresas estatales, varias de ellas en paralelo: fue director ejecutivo de Conaf; director de Inforsa; director de Celulosa Arauco; presidente de Celulosa Constitución; director ejecutivo del Instituto Forestal (Infor); delegado del gobierno en el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG); presidente del Complejo Forestal y Maderero Panguipulli; presidente de la azucarera Iansa; gerente de empresas y luego gerente general de la Corfo; presidente de Soquimich; director de la Empresa Nacional de Minería (Enami); director de la Empresa Nacional de Petróleo (Enap); presidente de la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC) y vicepresidente de la Empresa Nacional de Electricidad (Endesa). Cuando una periodista acumuló en un reportaje-denuncia sin firma esa larga lista, Ponce acusó una campaña de desprestigio y se defendió: “Que tuve puestos de cierta importancia en el gobierno es cierto, pero no fueron todos en el mismo día, ni en la misma época (…). Es verdad que tuve casi todos esos trabajos, pero proyectan una imagen de que este tipo acumuló 15 cargos poco menos que todo el tiempo. Y no dicen nada, pero también la gente puede pensar que tenía 15 sueldos, y siempre que estuve en el gobierno y que ocupé más de un cargo, siempre tuve un solo sueldo”.

Aunque ha repetido que lo convocaron por sus precoces méritos laborales, él mismo confesó que se ofreció dos veces, desde su residencia panameña, para trabajar en el gobierno de Augusto Pinochet. La primera vez que habló con él tras el golpe, “le ofrecí que, si en algo podía ayudarlo, me mandara a buscar”, reveló una década más tarde. La segunda vez fue cuando Pinochet intermedió para ofrecerle el trabajo en CMPC que Ponce rechazó. “Le volví a repetir mi ofrecimiento de que si el gobierno me necesitaba, yo estaba dispuesto a ofrecer mis servicios”, dijo en 1983.

Ponce viajó a Chile en el Año Nuevo de 1973 y luego en la Semana Santa de 1974. En su segunda visita, Fernando Léniz lo contactó y sondeó su ingreso al gobierno. Ponce se negó al comienzo, porque Conaf dependía del Ministerio de Agricultura, que en esa fecha dirigía el coronel Sergio Crespo Montero, un aviador que no le simpatizaba. Cuando Crespo dejó el cargo el 11 de julio de 1974, el subsecretario de Agricultura le contó que el camino estaba despejado. “Me llamó Renato Gazmuri a Panamá y me dijo: ‘Estás nombrado director ejecutivo de Conaf’, y a los tres días tomé el avión y me vine…”.

Pinochet siempre negó haber otorgado prebendas a los suyos. “Con todo lo que quiero a mi familia, quiero dejar en claro que yo no tengo familia en asuntos de gobierno, negociaciones, ni en negocios. ¡Eso lo tiene mi familia muy claro! ¡Si alguien cree que no es así, es un tonto nomás!”, dijo en una serie de entrevistas con la periodista María Eugenia Oyarzún, declarada partidaria de su gobierno.

La edición número 8 de la revista La Conaf, de agosto de 1974, exhibió al recién llegado director ejecutivo del organismo forestal como un joven profesional de 28 años, cuyo padre médico habría querido que siguiera su carrera, casado y con dos hijos, y omitió su parentesco con el Presidente del país. La revista destacaba que medía cerca de un metro 90 -su verdadera estatura es un metro 83 centímetros- y que el exceso de trabajo en Inforsa le provocó una pleuresía, una inflamación de la membrana que envuelve los pulmones, que lo dejó en cama durante seis meses. Fue cuando nació su primer hijo, en 1970, y no lo pudo ver durante un largo tiempo: los doctores creían que tenía tuberculosis. Al volver de Panamá, también había rechazado una cátedra en la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Chile. Antes que profesor era un hombre de acción, definición que la revista atribuyó al propio Ponce.

Su minibiografía en La Conaf escondió la identidad de su esposa y consignó que antes de recibirse como ingeniero, el nuevo director ejecutivo se había casado con la señora María Verónica de Ponce. “En Conaf estuve muy submarineado, digamos, como pariente. Nunca he tratado de figurar como tal”, decía en 1983.

En un artículo donde habló el propio involucrado, la revista institucional destacó que había renunciado a su cargo como gerente general de una exportadora y comercializadora de madera en Panamá para hacerse cargo de Conaf, y que en el cambio de trabajo perdió cerca del 90% del sueldo que percibía, en dólares, fuera de Chile. El propio Julio Ponce atribuyó nobleza y desprendimiento a su decisión. “No fue el dinero ni la posición lo que me hicieron regresar al país, sino el deseo de aportar mi experiencia al proceso de restauración que vivimos en Chile. Me basta con un salario que me permita ofrecer las comodidades mínimas a mi familia, sin ostentación, como el común de los chilenos. Si fuera por ganar más dinero, me habría quedado en Panamá”.