Los archivos del cardenal 2: Casos reales

(Catalonia-PeriodismoUDP, 2014)

Andrea Insunza y Javier Ortega (Editores)

Cuando salió al aire en julio de 2011, la primera temporada de la serie Los archivos del cardenal marcó un hito en la televisión chilena. Basada en la labor de la Vicaría de la Solidaridad, por primera vez una obra masiva de ficción abordó las violaciones a los derechos humanos bajo la dictadura de Pinochet y la valerosa acción de unos pocos que, en momentos en que la vida no valía nada, arriesgaron la suya.

La segunda temporada se inspiró también en historias reales. Su trama evocó el asesinato de Víctor Jara, el crimen de los hermanos Vergara Toledo, la muerte del sacerdote André Jarlan, la venganza de la CNI tras el atentado a Pinochet, la “Operación Albania” y la búsqueda de justicia de dos jueces que desafiaron al régimen militar, entre otros casos. Como antagonista emergió el implacable jefe operativo de la CNI, Álvaro Corbalán, y la dictadura lanzó una fuerte ofensiva legal para poner en jaque la existencia de la propia Vicaría.

A través de 21 reportajes escritos por destacados periodistas chilenos, este libro busca rescatar esas historias y esos personajes reales. Se trata de una selección de relatos trepidantes, con testimonios y detalles sobrecogedores, a menudo inéditos. Cada uno da cuenta que, incluso en tiempos de abuso y barbarie, hubo quienes se jugaron por defender la dignidad humana, guarecidos nada más que por una convicción: porque hacerlo era lo correcto.

AUTORES: Isidora Alcalde, Pablo Basadre, Sebastián Campaña, Víctor Cofré, Lowry Doren, Mónica González, Andrea Lagos A., Alejandra Matus, Fernando Paulsen, Juan Cristóbal Peña, Cristián Pérez, Javier Rebolledo, Ana María Sanhueza, Andrés Scherman, Francisca Skoknic.

(Para leer un capítulo del libro, elige el botón “Extracto”).

Andrea Insunza

Licenciada en Comunicación Social y periodista de la Universidad de Chile. Master of Arts in Political Journalism, Columbia University. Ha trabajado en los diarios La Época y La Tercera. En este último medio fue subeditora de la sección política y del cuerpo Reportajes. Es coautora de Bachelet. La historia no oficial (2005), Legionarios de Cristo en Chile. Dios, dinero y poder (2008), Los archivos del cardenal. Casos reales (2011) y Volver a los 17. Recuerdos de una generación en dictadura (2013). Desde 2004 se desempeña como investigadora del Centro de Investigación y Publicaciones (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP, entidad que en la actualidad dirige.

Javier Ortega Serrano

Licenciado en Comunicación Social y periodista de la Universidad de Chile, magíster en Opinión Pública UDP. Ha trabajado en los diarios El Mercurio, La Época, La Hora, El Metropolitano y La Tercera. Es coautor de Bachelet. La historia no oficial (2005), Legionarios de Cristo en Chile. Dios, dinero y poder (2008) y Los archivos del cardenal. Casos reales (2011). Desde 2004 se desempeña como investigador del Centro de Investigación y Publicaciones de la UDP, donde coordina el área de investigación periodística.

El fotógrafo que vino a morir a Chile

Vivió una década exiliado en Estados Unidos. Desde pequeño decía que quería volver, para trabajar como fotógrafo de prensa y así cubrir las protestas y la represión policial. A los 19 años lo cumplió. Rodrigo Rojas de Negri alcanzó a vivir sólo dos meses en el país de Pinochet. El 2 de julio de 1986 una patrulla militar lo detuvo en una manifestación, junto a la estudiante universitaria Carmen Gloria Quintana. En un caso que horrorizó al mundo ambos fueron quemados vivos por los militares y abandonados moribundos en los límites de Santiago. Rodrigo murió poco después. Carmen Gloria logró sobrevivir. Las familias de ambos aún buscan justicia. Esta es la historia del joven fotógrafo que inspiró parte del séptimo capítulo de la segunda temporada de Los archivos del cardenal, reporteada y escrita por dos alumnos de Periodismo UDP.

Por Isidora Alcalde y Lowry Doren

 

Ella vive en la población Los Nogales, en Estación Central. Está allí realizando una “Porotada” de fin de semana, organizada por los alumnos de la Universidad de Santiago (USACH). La joven de 18 años, de tez morena y cabello oscuro, estudiante de ingeniería de ese plantel, está focalizada en sacar a los niños del estrés generado por la represión que sufre el barrio en cada protesta. Reparte dulces, juega al luche y salta la cuerda. A los padres les entrega panfletos para informarlos sobre el paro nacional de la semana entrante, fijado para el miércoles 2 y jueves 3 de julio de 1986. En ese momento aparece alguien a quien nunca antes ha visto. Le atraen inmediatamente sus casi 2 metros de altura (1,93, para ser exactos), el pelo negro rizado, piel clara y ancha espalda.

-¿Quién es ese joven tan atractivo?- le pregunta a una compañera de universidad.

-Es un fotógrafo que viene llegando de Estados Unidos

Esa fue la primera vez que Carmen Gloria Quintana vio a Rodrigo Rojas de Negri. Tres días después, ambos serían víctimas de uno de los hechos más brutales de la dictadura: mientras participaban en una protesta fueron quemados vivos por una patrulla militar. Aunque quedaron con más del 60 por ciento de sus cuerpos con graves quemaduras, no corrieron la misma suerte. Ella sobrevivió a duras penas y se transformó en el rostro de las atrocidades del régimen. El joven de 19 años murió a los cuatro días. Antes, sin embargo, alcanzó a declarar ante dos jueces que los autores de la agresión habían sido militares.

Rodrigo Rojas había vuelto a Chile tras diez años de exilio, para retratar con su cámara las protestas y la represión, y para contribuir con los esfuerzos para derrocar a la dictadura. Venía de una familia de fuerte compromiso político y, a pesar de la distancia, nunca dejó de sentirse chileno y de izquierda. Una de las certezas de su familia, que hasta hoy espera justicia por el crimen, es que murió en el país que amaba, trabajando en lo que más quería.

“Enceremos, enceremos”

Amanece el 11 de septiembre de 1973. Los habitantes de Valparaíso están entre los primeros en enterarse de que el tan anunciado golpe de Estado es un hecho: la Armada toma desde muy temprano el control de la ciudad. A las 07.00, la casa en el puerto donde vive Rodrigo, de seis años, es allanada por infantes de marina que preguntan por su madre, Verónica de Negri. “No está”, miente ella. Los efectivos se llevan libros que consideran peligrosos. Cuando se van, el pequeño Rodrigo corre a buscar una Biblia para niños, sale en busca del jefe de patrulla y se la regala.

-Toma, esto es para ti- le dice el niño.

-No, gracias- responde el uniformado.

-Déjatela, porque no te llevaste a mi mamá.

Aunque el engaño ha quedado al descubierto, los marinos se marchan sin detener a Verónica.

La casa era grande y antigua. Estaba a cinco cuadras de “La Sebastiana”, la casa de Pablo Neruda en el puerto. Era de los abuelos de Rodrigo: Antonio De Negri, un liberal de derecha, y María de los Ángeles Quintana, una beata conservadora. El matrimonio tenía seis hijos, que antes del golpe vivían con ellos y que con el tiempo se fueron politizando: había un militante del MIR, un humanista cristiano, un radical y tres miembros de las Juventudes Comunistas. En ese ambiente de fuerte compromiso político se crió el hijo de Verónica. El padre del niño, oriundo de Talca, siempre fue una figura ausente.

En ese hogar de clase media acomodada todos los domingos, para el almuerzo, la abuela organizaba una tallarinata, a menudo con amigos invitados. El tema recurrente era la política. Rodrigo, entonces primer nieto y regalón del clan, escuchaba.

Verónica militaba en las Juventudes Comunistas y había estudiado Economía, carrera que abandonó por su enfoque demasiado neoliberal. Comenzó a tomar cursos universitarios sobre marxismo. Se compró un ejemplar de El capital, de Marx, que le leía en voz alta a su hijo, para que se durmiera por las noches. “Muchas veces llegaba cansada y él me preguntaba las cosas exactas, que me hacían analizarlo desde otro ángulo. Era muy hábil”, recuerda Verónica De Negri.

Rodrigo tenía tres años cuando participó en una marcha por Salvador Allende. Fue el primer acto político al que asistió. Mientras todos cantaban “¡Venceremos, venceremos…!”, él pronunciaba “Enceremos…”.

Niño fotógrafo

En junio de 1986, en plena dictadura militar, el joven fotógrafo Álvaro Hoppe, de la revista opositora APSI, se sube a la Línea 1 del Metro de Santiago. Lo acompaña su nuevo amigo Rodrigo Rojas De Negri, quien ha llegado hace poco desde Washington y habla con un inconfundible acento gringo.

Desde mayo de 1983 que el país viene siendo sacudido por masivas protestas callejeras. En agosto de ese año el régimen decidió responder con fuerza: los militares salieron a la calle y las manifestaciones terminaron con cerca de 30 muertos, varios de ellos a bala. Un mes después, en agosto de 1983, el Movimiento Democrático Popular (MDP) -que incluía al PC, MIR y al PS-Almeyda- llamó a otra marcha, que terminó con más fallecidos. Pero las protestas no se detuvieron; al contrario, aumentaron con los llamados a paro nacional de la Confederación Nacional de Trabajadores. Ya a comienzos de 1986, tras fallidos diálogos entre el régimen y la Alianza Democrática -antecesora de la Concertación- se organizó la Asamblea de la Civilidad, un frente amplio de sindicatos, federaciones estudiantiles, colegios profesionales y otras organizaciones de base, que comenzó a liderar las protestas.

Ese es el país por el que De Negri y Hoppe caminan en junio de 1986. Los dos se dirigen a una de las tantas protestas de esos días. Van con sus bolsos fotográficos colgados al hombro, dispuestos a capturar imágenes de una protesta. Cerca de la estación de metro Salvador, en Providencia, hay dos efectivos de Carabineros, vigilantes.

-Les voy a sacar una foto- dice De Negri.

-Yo no lo haría, pero tú estás grandecito- le responde Hoppe, en voz baja.

Ante el asombro de su colega, Rodrigo saca la cámara y camina hacia su objetivo. Sin temor habla con los uniformados hasta que los convence. Toma la foto y regresa. “¡Buena, hueón! Pucha que erís buen fotógrafo”, lo felicita Hoppe.

Verónica de Negri, su madre, afirma que Rodrigo siempre fue curioso. “Todo le parecía atractivo. Era muy inteligente”, recuerda.

Además, era perfeccionista. A los seis años su madre lo mandó desde Valparaíso a Santiago por dos semanas, a la casa de una tía, la mirista y abogada Amanda De Negri. Amanda vivía con Patricio Jorquera, de 19 años, quien trabajaba en un cuarto oscuro de la casa, revelando los microfilms del periódico clandestino del MIR El Rebelde. Rodrigo, quien pasaba días enteros ayudándole, se apasionó por la fotografía.

Con la venta de una colección de estampillas compró sus primeros materiales fotográficos. Su madre pensaba que era sólo un juego de niño. Luego llegaría su primer autorretrato, tomado con una cámara Minolta. Estaba por cumplir siete años.

Vivir en Washington

Antes de 1975, el niño se trasladó a Canadá junto a su abuela y tres de sus tíos: Mónica, Domingo y Nora. Su madre y su abuelo se quedaron. La familia estaba decidida a darle al menor una infancia lejos de la dictadura y sus persecuciones. En Quebec, una urbe grande y moderna, ubicada al este de Canadá, Rodrigo vivió un año. Aprendió a tocar flauta, le gustaba patinar en hielo y dedicaba horas a revelar fotos junto al ex esposo de su tía Amanda, Germán Ochseniud, un dentista fanático de la fotografía.

Su madre, que seguía viviendo en Valparaíso, fue apresada en 1975 por la DINA, acusada de imprimir clandestinamente propaganda política de las Juventudes Comunistas. Estuvo más de dos meses desaparecida. “Mi papá recorrió el país entero buscándome e incluso llegó a hablar con el ‘Mamo’ Contreras”, cuenta ella desde Washington DC. El jefe de familia no se imaginaba que su hija estaba en el centro de incomunicación de Cuatro Álamos, específicamente en la celda Nº 6, junto a otras dos detenidas. Sufrió abusos físicos y psicológicos.

Recién en 1977 logró salir del país junto a su hijo menor, Pablo Oyarzo. Se estableció en la capital de Estados Unidos. Gracias a un programa de reunificación familiar de la Cancillería chilena, logró llevarse a vivir a Rodrigo a esa ciudad.

Al principio, la vida de Verónica en Washington no fue fácil. Partió trabajando como camarera. Rodrigo ya no tenía las comodidades de Quebec y muchas veces tuvo que cumplir el rol de padre con su hermano menor. A sus 12 años decidió colaborar en el caso judicial del ex canciller Orlando Letelier, quien había sido asesinado un año antes en Washington por la DINA. Verónica cuenta que tenía que concurrir a diario a la corte, llevando documentos para el proceso. Por las tardes le sacaba fotocopias a las audiencias, las que luego leía a Isabel Margarita Morel, viuda de Letelier. Le pagaban 10 dólares por cada documento reproducido. Fue así como juntó 387 dólares para comprar su primera cámara, una Nikon F2. “El problema estaba en que no iba a clases por estar revelando”, recuerda su madre.

Chile nunca dejó de estar presente en la cotidianidad familiar. Rodrigo no se sentía parte de la cultura estadounidense. Participaba activamente en un grupo folclórico de la comunidad chilena. También mantuvo un fuerte compromiso político. Junto a su madre asistía a las actividades de Chile Democrático, la oficina creada por los partidos de la UP para coordinar la solidaridad internacional. Se sentía chileno y de izquierda. Decía que apenas cumpliera los 18 años volvería a su país.

“Mamá, me voy”

Marcelo Montecino, un fotógrafo chileno radicado en Washington, se convirtió en su gran maestro. “Rodrigo venía todos los días a mi casa, era como un hijo. Mi hijo mayor en esa época era muy chico, así que él lo cuidaba”, recuerda Montecino, que por entonces tenía 45 años.

Rodrigo se aburría con los niños de su edad. Prefería estar con los grandes. Con Marcelo discutía sobre política y participaban en manifestaciones contra las dictaduras de Centroamérica, el Apartheid en Sudáfrica y a favor de la diversidad cultural. También le gustaba registrar la cotidianidad de Washington, una ciudad tolerante y diversa, muy distinta del país que había dejado y que, seguramente, apenas recordaba.

Así cumplió los 19 años.

-Mamá, me voy a Chile- anunció en marzo de 1986.

Verónica recuerda ese momento con angustia. Pero su hijo ya había terminado el colegio y no se lo podía prohibir. De joven ella habría hecho lo mismo.

Luego de 10 años de exilio, el muchacho tomó su equipo fotográfico y un pequeño maletín. Regresó a su país con un pasaje de retorno, sólo para evitar ser enrolado en el servicio militar obligatorio.

La última foto

En Santiago, Rodrigo se propuso afiliarse a la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), ya que Montecino le había dicho que podía ser una buena escuela. La AFI agrupaba a los reporteros gráficos que trabajaban por su cuenta y documentaba las protestas y atropellos a los derechos humanos. Su credencial ofrecía una mínima protección. Tal como años después lo retrataría el documental La ciudad de los fotógrafos (2006), de Sebastián Moreno, ser fotógrafo de prensa en Chile era por esos días una ocupación riesgosa.

El presidente de la AFI, Jorge Ianiszewski, había conocido a Rodrigo en la casa de Montecino en Wahington. Cuando lo volvió a ver en Chile, lo notó muy seguro en su deseo de mostrar lo que ocurría en el país. “Me dio la impresión de que tenía las cosas claras. No me pidió consejos. Tras unas fotos que vi, le entregué la credencial”, relata Ianiszewski.

En la población La Victoria, una de las más combativas de esos años, Rodrigo conoció a Álvaro Hoppe, su partner durante su estadía en Chile. Con él y su hermano, el también fotógrafo Alejandro Hoppe, compartió días enteros sacando fotos. “Era muy observador y callado. Pero su silencio era de gente que sabe, de alguien inteligente”, cuenta Alejandro. El nuevo amigo de los Hoppe solía ir de zapatillas negras, jeans plomos, una casaca de fotógrafo oscura y un bolso Domke. “Nunca intentó sobresalir, era profundamente pudoroso”, recuerda su tío Claudio de Negri.

Se estableció en La Reina, en la casa de su tía Amanda de Negri, quien le generó nexos con la población Los Nogales de Estación Central. Allí Amanda conocía al sacerdote jesuita José Aldunate, fundador del Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, que denunciaba las violaciones a los derechos humanos con manifestaciones callejeras no violentas. Rodrigo estaba muy interesado en cubrir esas protestas, en la que los activistas recibían sin defenderse los lumazos y empellones de Carabineros.

En esos días quedó prendado de Pilar Vergara, una atractiva periodista y fotógrafa de la Vicaría de la Solidaridad, con quien solía toparse cubriendo algunas protestas. La joven se transformó en una suerte de amor platónico.

Rodrigo parecía no preocuparse por los riesgos. Jorge Ianiszewski le había recomendado trabajar siempre en grupo con otros fotógrafos, como protección. Pese a que le dijo que cumpliría esa regla, un día salió a reportear solo. Su tía Amanda se fumó tres cajetillas de cigarrillos y pasó la noche en vela, esperándolo.

A la mañana siguiente Rojas de Negri apareció muy tranquilo.

-Me quedé donde Germán- explicó, en referencia a su tío dentista y fotógrafo.

-¡Tienes que avisar! Más en estos tiempos de dictadura-, le reprochó ella con algo de dureza.

-Eres más controladora que mi mamá…- se quejó él.

Rodrigo tomó su maleta, un bolso con sus cámaras y cruzó la calle, hasta la casa de su tío Claudio de Negri. Su nuevo hogar.

“¡Vienen los milicos!”

El 20 de mayo de 1986 el estudiante de 20 años Ronald Wood participaba en una protesta en el centro de Santiago, cuando una patrulla militar disparó balas de guerra contra los manifestantes. Wood recibió un balazo en la cabeza. Tres días después murió.

Entonces Rodrigo llevaba pocos días en el país. El funeral se convirtió en la primera protesta que cubría como fotógrafo en el Chile de Pinochet. Con su cámara Nikon captó a cientos de personas coreando “¡Justicia, justicia, queremos justicia!”, mientras el féretro era rodeado por una nube de bombas lacrimógenas y una violenta represión policial. No sabía que otros fotógrafos de la AFI lo estaban fotografiando también a él. En momentos en que no era fácil confiar en desconocidos, algunos reporteros no descartaban que el recién llegado fuera un informante de los servicios de seguridad. Una de esas imágenes sería la última que lo captó con vida.

El ambiente nacional siguió crispado en las semanas posteriores. Se preveía que el paro nacional del 2 y 3 de julio tendría una convocatoria amplia. El gobierno ya había anunciado que respondería sacando a las calles a miles de efectivos militares. La Unidad Fundamental Antisubversiva (UFA), con soldados de rostro pintado y fusiles con bala pasada, estaría encargada de resguardar el orden, en apoyo a Carabineros. Una tácita desautorización a la policía uniformada, criticada en los pasillos del régimen por ser “demasiado mano blanda” con los desórdenes.

Gracias a sus vínculos con estudiantes de la USACH que realizaban actividades sociales en Estación Central, la noche del 1º de julio Rodrigo durmió en la población Los Nogales, en casa de la vecina Rosa Álvarez. Al día siguiente se levantó muy temprano, tomó una de sus tres cámaras y se reunió con un grupo de universitarios de ese plantel. Caminó con ellos por la calle Veteranos del 79, a unas 10 cuadras al sur de la Alameda, rumbo hacia avenida General Velásquez. Allí se detuvieron. El grupo llevaba cinco neumáticos y un bidón con bencina. Querían hacer una barricada.

A esa hora, la también estudiante de la USACH Carmen Gloria Quintana ya había salido de su casa y no encontraba a sus compañeros, con quienes pretendía participar de la protesta. Caminó sin rumbo junto a su hermana, Emilia Isabel, y tres hombres, en dirección a General Velásquez. Luego de algunos minutos encontró al grupo de Rodrigo. En entrevista con los autores, Carmen Gloria –quien vive en Canadá- recuerda esa fría mañana: “Ellos tenían unos neumáticos para hacer la barricada. Nos invitaron a hacerla. Yo tenía mucho miedo. Recordé que días antes había visto a Rodrigo tomando fotos. Pero ese día no lo estaba haciendo ya que se necesitaba gente”.

Dos estudiantes se ubicaron en la esquina de General Velásquez, para vigilar que no hubiese militares cerca. “¡Vienen los milicos!”, alcanzó a gritar uno de ellos. Al fondo apareció una patrulla, a bordo de una camioneta Chevrolet C-10 amarilla, con militares vestidos con camuflaje, fusiles SIG y los rostros pintados de negro. Los efectivos dispararon ráfagas al aire.

Rodrigo se desesperó y, sin conocer la zona, corrió más rápido que todos por una estrecha calle llamada Fernando Yunge, hacia el sur. Carmen Gloria huyó en la misma dirección. La patrulla militar interceptó al joven dos cuadras más adelante. A unos metros Carmen Gloria vio que los soldados lo golpeaban fuertemente en el suelo. “Yo pensé en devolverme y seguir corriendo, o en quedarme ahí y esperar a que me detuvieran. Pero me di cuenta que ya estaba fregada y que me iban a perseguir con más fuerza”. La joven también fue interceptada. Unos efectivos la llevaron con fuerza hasta donde estaba Rodrigo y la lanzaron al suelo.

Tras varios golpes e insultos a los dos, unos reclutas encontraron el bidón con bencina abandonado por los demás manifestantes, lo que enfureció aún más a los uniformados. Fue en ese momento cuando el jefe de la patrulla, el teniente Pedro Enrique Fernández Dittus, llamó por walkie talkie a tres oficiales de Inteligencia, que llegaron en un camión militar.

Lo impensable

La hermana de Carmen Gloria, Emilia Isabel, huía junto a su novio cuando sintió los gritos de ella y los insultos de los atacantes. Así lo detallaría la querella criminal presentada al día siguiente por el padre de ambas muchachas, Carlos León Quintana, quien relata lo que vio Emilia Isabel: “Sobre la vereda sur estaban botados dos cuerpos, uno de los cuales era el de su hermana Carmen Gloria. De pronto uno de los uniformados se acercó a ella y su pololo que la acompañaba y encañonándola y bajo insultos la hizo caminar (…) donde después de revisarla e interrogarla la dejó ir”.

Según la reconstrucción de hechos realizada por el abogado de la Vicaría de la Solidaridad Héctor Salazar, sobre la base de más de una docena de testimonios entregados por testigos a ese organismo de la Iglesia Católica, los dos jóvenes fueron impregnados con el combustible que estaba en el bidón. Luego, ambos fueron obligados a tenderse boca abajo, a corta distancia entre uno y otro. De acuerdo con Salazar –quien representó a los jóvenes junto al también abogado de la Vicaría Luis Toro– otro efectivo militar lanzó una artefacto incendiario que también habían abandonado los manifestantes, justo en medio de ambos.

“Yo tenía mucho miedo, estaba llorando”, recuerda Carmen Gloria, cuyo relato difiere en un detalle del de Salazar. Según ella, estaba de pie: “Vinieron dos milicos con los bidones de bencina. A los minutos, me empezaron a echar el bidón de bencina de la cabeza a los pies. Yo estaba de pie en frente a una muralla. A Rodrigo Rojas le echan bencina en el suelo”.

Las llamas los envolvieron a los dos. Rodrigo se levantó, saltando y gritando. Ella desesperadamente se golpeaba la ropa y trataba de taparse la cara. Luego, se tiró al suelo, tratando de apagar las llamas. Rodrigo fue inmovilizado con un culatazo cerca de la nuca, que lo aturdió. Carmen Gloria, al tratar de incorporarse, recibió un culatazo en el rostro que le hizo perder parte de su dentadura.

Ambos quedaron inconscientes. Sus cuerpos humeaban y tenían trozos de ropa pegada a la piel. “Fuimos apagados y nos envolvieron en unas frazadas. Me metieron como un bulto en la misma camioneta en que ellos venían. Después sentí pies de militares sobre mi cuerpo. Todos se reían”, recuerda Carmen Gloria.

El vehículo se dirigió hacia Quilicura, cerca del aeropuerto Arturo Merino Benítez. En el recorrido los cambiaron a una camioneta también conducida por militares. “La patrulla militar pasó por dos hospitales en el trayecto y en vez de llevarlos a un centro asistencial, los botaron”, afirma Héctor Salazar. Finalmente los efectivos tiraron y abandonaron a Rodrigo y Carmen Gloria en una zona rural, junto a una acequia. El lugar estaba a un kilómetro de donde un año antes habían sido degollados Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero, los tres profesionales comunistas ultimados por la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (Dicomcar).

Pocos minutos después, con todo su cabello chamuscado y cerca del 70 por ciento de su cuerpo en carne viva, Rodrigo intentó levantar a Carmen.

– ¡Vamos! -le gritó. La chica aún estaba inconsciente.

Ella despertó y a duras penas caminaron en busca de ayuda.

-No des datos sobre nosotros. Quédate callada, porque nos pueden hacer desaparecer –le dijo él.

-¡Mira cómo nos dejaron estos desgraciados! -lloró Carmen Gloria.

Un flash de radio Cooperativa

A unos 500 metros obreros de una construcción les brindaron ayuda. Mientras llamaban a Carabineros, les hicieron una cama de ladrillos para que se recostaran. Tenían los labios blancos y la cara negra. Rodrigo sangraba por la nariz. Apenas podían hablar. Cuando llegaron los carabineros, Carmen Gloria les pidió que le dispararan. No soportaba el dolor.

Los llevaron a un consultorio en Quilicura. Una enfermera los acarició y les dio aliento. Las quemaduras eran profundas. Necesitaban con urgencia un hospital, pero no había ambulancias disponibles. Recién una hora después, en un auto municipal, llegaron a la Posta Central. “Una enfermera fue buena conmigo y me abrazó. Pero no sé qué pasó con Rodrigo, le perdí el rastro. De hecho, di declaraciones judiciales pero no sé dónde ni cuándo hablé. Uno se despertaba y se iba. Se despertaba y nuevamente se perdía”, recuerda Carmen Gloria.

Germán, el dentista fanático de la fotografía y ex esposo de Amanda, la tía de Rodrigo, estaba de turno en la posta cuando se enteró que uno de los quemados era su sobrino. Le avisó a Amanda luego de verlo con sus propios ojos. El resto de la familia supo por un dramático flash noticioso que lanzó radio Cooperativa. Estaban en shock. Como existía una alta probabilidad de que Rodrigo muriera, lo más importante era que su madre viajara.

Gracias a las intensas gestiones de Amnistía Internacional, la embajada de Estados Unidos y el Arzobispado de Santiago, la madre pudo entrar al país por razones humanitarias, ya que tenía prohibición de ingreso. Arribó la mañana del 4 de julio y se dirigió inmediatamente a la Posta Central. Estuvo cerca de 45 minutos acariciando a su hijo. Verónica De Negri relata esa escena: “Tenía hasta las orejas quemadas, al igual que el esófago, lo que le impedía hablar. No lo podía abrazar. Lo único que tenía eran sus pies. Los masajeé, ya que era la forma en que podía abrazarlo. Él estaba alerta, oía, sentía”.

Una doctora llamada Bachelet

A la Posta Central llegó Michelle Bachelet, quien entonces trabajaba como médico pediatra en la Fundación para la Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (Pidee). Su madre, Ángela Jeria, era amiga de la mamá de Rodrigo en Washington. (Ver Nota de la Redacción).

En 2014, entrevistada para este reportaje, Verónica De Negri señaló que “Bachelet se jugó el todo por el todo por Rodrigo y Carmen Gloria”. Un año después, en julio de 2015, agrega: “Estuve con Michelle Bachelet en la Posta Central. Ella llegó y me abordó para ofrecerme ayuda”.

Como era el más grave, se intentó trasladar a Rodrigo al Hospital del Trabajador, pero el centro respondió que sólo atendía a pacientes con convenio. La Clínica Alemana dijo que no tenía camas disponibles y la Clínica Las Condes también se excusó: “Ambos están infectados y pueden contagiar a los otros enfermos”, fue la explicación de uno de los establecimientos, según consignaría un reportaje de Revista APSI publicado días después.

La posta carecía de medios para tratar un caso tan complejo. La Unidad de Cuidados Intensivos no tenía tubos de ensayo para hacer estudios de sangre. Algunos médicos que querían colaborar fueron a buscarlos a sus propios laboratorios. “Había que conseguirse suero y algodón. Tuvieron que comprar incluso una estufa para la pieza”, recuerda Amanda De Negri.

La noticia del ataque trascendió las fronteras. Verónica contactó a un especialista en quemaduras de la Universidad de Harvard, el doctor John Constable, quien confirmó su arribo para el domingo 6 de julio. Ese mismo día Rodrigo murió, víctima de un virus en la zona pulmonar. Su madre estaba con él, acariciando sus pies. La sacaron de la pieza. Temiendo que los militares pudieran cambiar el cuerpo, Bachelet impidió que funcionarios de la posta se lo llevaran sin presencia familiar. Verónica De Negri no lo olvida el gesto.

Consultada en julio de 2015 sobre más detalles de lo ocurrido, De Negri agrega: “Yo estaba angustiadísima porque no sabía si me iban a robar el cuerpo de Rodrigo. Entonces, ella caminó conmigo, bajamos juntas al sótano donde están los muertos [la morgue de la Posta], y ahí ella estuvo conmigo para asegurarnos que no se robaran el cuerpo”.

La llegada del doctor John Constable tuvo un efecto: él acreditó que el doctor Jorge Villegas, entonces jefe de la Unidad de Quemados del Hospital del Trabajador, estaba en condiciones de tratar casos tan complejos como el de los jóvenes internados en la Posta Central. Tras el fallecimiento de Rodrigo, se autorizó finalmente el traslado de Carmen Gloria Quintana a ese hospital.

Según De Negri, en ese momento Bachelet también jugó un rol. Cuando un grupo de efectivos policiales intentaron bloquear el traslado de Carmen Gloria Quintana, Bachelet fue una de las personas que intervino: “Les dijo que la dejaran pasar, que había un proceso judicial en curso, que no podían intervenir”, asegura De Negri.

En 2012, según relata Juan Enrique Campos –esposo de Carmen Gloria Quintana– Verónica de Negri y Quintana se encontraron en Montreal, en una exposición de fotografías de Rodrigo Rojas en esa ciudad canadiense. Entonces, Verónica de Negri le contó a Carmen Gloria el rol que entonces había jugado Bachelet. Según explica Campos, mientras estuvo en la Posta Central, Quintana estuvo inconsciente. Pero con los años supo que la Presidenta había estado en el lugar, apoyando a los dos jóvenes quemados (Ver Nota de la Redacción).

Antes de fallecer, Rodrigo alcanzó a declarar ante dos jueces que los autores del ataque eran militares. Dos meses duró su estadía en Chile.

La carga de Fuerzas Especiales

El 9 de julio el velatorio de Rodrigo comenzó temprano, mientras Carmen Gloria luchaba por su vida en la Posta Central. Se realizó en el primer piso de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, en la esquina de Huérfanos con Almirante Barroso, frente a la Basílica El Salvador.

Llegaron más de 10 mil personas. Encima del ataúd sellado, su madre puso un retrato traído de Estados Unidos. “Me encargué de ver el cuerpo de Rodrigo hasta el último momento, para asegurar que era mi hijo. Tenía miedo que me pusieran a otra persona”, afirma Verónica.

En el responso fúnebre, realizado en las escalinatas de la Basílica, el obispo auxiliar de Santiago, Jorge Hourton, afirmó que “la violencia se apoya en la mentira”, mientras de fondo la gente coreaba “el pueblo unido, jamás será vencido”.

La policía había asegurado que no entorpecería la ceremonia, si esta se realizaba sin desórdenes. Pero cuando algunos efectivos se desplegaron entre los asistentes muchos lo consideraron una provocación: a uno de los uniformados alguien le arrebató la gorra. Entonces, las Fuerzas Especiales y el guanaco comenzaron a dispersar a la gente. Avanzaron directamente hacia el féretro, que quedó rodeado de gases lacrimógenos. El ataúd, sin embargo, logró ser protegido, entre otros por el periodista José “Pepe” Carrasco, quien tres meses después sería asesinado por la CNI.

La carroza avanzó con dificultad hasta el Cementerio General, donde aguardaba otra multitud. “Había mucha gente que intentaba tocar el ataúd. Daba la sensación de querer quedarse con algo de él”, dice la prima de Rodrigo, Carola de Negri. Como despedida, la madre se aferró al féretro y lo besó. Rodrigo fue enterrado en el nicho Nº 1054 del Patio 47.

“Tú has sufrido mucho”

El magistrado Alberto Echavarría fue designado ministro en visita del caso. Luego de tomar declaraciones a varios testigos, estableció que la patrulla liderada por Fernández Dittus participó en los hechos. Sin embargo, señaló que la combustión se produjo accidentalmente, “debido a un movimiento de la joven y la caída y rotura del envase de uno de esos elementos [una bomba molotov entre sus ropas]”. Así, el juez avaló la versión del gobierno, tal como la había expuesto el propio Augusto Pinochet a la prensa días antes: “No quiero pensar mal, pero me da la impresión de que llevaba algo oculto, se le reventó y les produjo la quemazón”.

Los abogados de la Vicaría señalaban que los militares habían quemado intencionalmente a las víctimas. Así lo había declarado ante el juez más de una decena de testigos. Pero todos estos relatos fueron desestimados por el magistrado, el mismo que poco antes había cerrado “por falta de evidencias” el caso del estudiante Eduardo Jara Aravena, muerto en 1980 como resultado de torturas. Algunos de los testigos del caso Quemados luego fueron amenazados de muerte y abandonaron el país.

Echavarría declaró reo al teniente Fernández y luego se declaró incompetente, dejando el caso en manos de la Justicia Militar. El resto de los implicados quedó libre.

Recién en 1993 la Corte Suprema confirmó la condena contra Fernández Dittus de 600 días de cárcel, por negligencia al no prestar ayuda a los dos jóvenes, dictada por la Justicia Militar. Pese a los varios testigos que la avalaban, la versión de la quema intencional nunca fue admitida por la justicia.

Fernández Dittus, quien en 1985 había atropellado y matado a una empleada doméstica –caso por el que fue indultado por Pinochet–, ingresó a Punta de Peuco en enero de 1996. Luego, fue incorporado al grupo de militares pensionados por una invalidez denominada “estrés post guerra”, lo que le permitió obtener casi el doble de jubilación, como víctima de padecimientos en “actos de servicios”. Salió libre el 25 de febrero de 1997.

En 2006, el Colegio de Profesores organizó en su contra una manifestación de repudio o “funa”, cuando se descubrió que era sostenedor de un establecimiento educacional, la Escuela Básica Nº 172 de La Reina. La “funa” se realizó en el frontis del colegio.

Las secuelas físicas obligaron a Carmen Gloria a tratarse por años. Tras ser sometida a varias cirugías plásticas en Chile, se estableció por un año y medio en Canadá. Se realizó cerca de cuarenta intervenciones, que se sumaron a kinesioterapias y ejercicios para mejorar la motricidad fina. Visitó Chile en abril de 1987, cuando se encontró con Juan Pablo II, durante su visita al país. “Carmen Gloria, tú has sufrido mucho. Sigue luchando por la justicia y la libertad”, le dijo el Pontífice. Regresó para establecerse en el país en 1988, para someterse a más tratamientos. Se convirtió en portavoz del respeto a los derechos humanos. Desde julio de 2010 vive en Montreal junto a sus hijas y esposo, y mantiene vivo el recuerdo de Rodrigo.

El 2 de julio de 2013, veintisiete años después del ataque, Verónica de Negri y el hermano de Rodrigo, Pablo Oyarzo de Negri, viajaron a Chile desde Washington, donde viven, para intentar reabrir el caso. Junto con la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP), interpusieron una querella criminal en contra de los tres oficiales de Inteligencia que participaron en el crimen y que ya estarían individualizados. Tienen la certeza de que pertenecían a la CNI. Al cierre de este reportaje, el juez Mario Carroza aún no había sido acogido la querella.

También participaron en un acto en homenaje a la muerte de Rodrigo, en el lugar donde él y Carmen Gloria fueron quemados. Al acto también asistió Carmen Gloria. En la angosta calle hay una placa en donde se lee: “Rodrigo Rojas en llamas. Tu voz seguirá viviendo”. En entrevista telefónica desde Estados Unidos, su madre explica: “Muchos pensarán que soy masoquista, pero quiero saber absolutamente todo, no sólo para mi conocimiento, sino también porque le pertenece a la historia de Chile”.

Nota de la Redacción:

La primera versión de este reportaje fue publicada el 27 de abril de 2014. En ella se afirmaba erróneamente que cuando Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana fueron trasladados a la Posta Central, Michelle Bachelet trabajaba ahí como “médico en práctica” y que, desobedeciendo a la jefatura de la Posta, se quedó a cargo de los dos jóvenes. Este error ha sido corregido en una nueva versión de este reportaje, publicada el 29 de julio de 2015, que es la que actualmente aparece en el texto central. Los cambios se realizaron considerando lo siguiente:

Este caso volvió a las primeras planas el miércoles 22 de julio de 2015, cuando se conoció públicamente el testimonio que un ex conscripto del Ejército, Fernando Guzmán, prestó en noviembre de 2014 ante el juez Mario Carroza. En su declaración judicial, Guzmán afirmó que Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana fueron quemados intencionalmente por el teniente Julio Castañer, uno de los oficiales a cargo de la patrulla militar que los detuvo en julio de 1986, y que Guzmán integraba. El ex conscripto agregó que luego de eso el Ejército urdió entre los implicados un pacto de silencio que permitió encubrir los hechos durante casi tres décadas.

Producto de ese testimonio, el juez Carroza ordenó la detención de siete miembros de la patrulla. Días después, los testimonios de otros dos conscriptos ratificaron la versión de Guzmán.

Los nuevos antecedentes reabrieron el interés sobre el rol de Michelle Bachelet en el caso. Si bien Carmen Gloria Quintana reafirmó públicamente que Bachelet estuvo en la Posta, su abogado, Héctor Salazar, lo puso en duda. Salazar, ex funcionario de la Vicaría de la Solidaridad, afirmó que él estuvo en la Posta Central en esos días y que estaba seguro que Michelle Bachelet no fue uno de los médicos involucrados. Agregó que sí tuvo un rol su prima, la también médico Vivienne Bachelet.

Dos días después, Vivienne Bachelet fue entrevistada por radio Bíobio. La nota fue titulada “Caso Quemados: Prima de Bachelet aclara que fue ella quien ayudó a víctimas en Posta Central”, y consigna en un texto resumen que fue ella, no la futura gobernante, quien realizaba su internado en la Posta Central en 1986. Poco después, sin embargo, Vivienne Bachelet aclaró vía Twitter que si bien entre 1984 y 1987 estuvo en la Posta, ad honorem y en turnos de reemplazo, “no tuve ningún rol clínico ni otro en el caso Quemados”.

Ante estas versiones, los autores y editores de este reportaje procedimos a hacer una minuciosa revisión de nuestras fuentes. Además, consultamos nuevos testimonios al respecto.

De visita en el país, Verónica de Negri reafirmó sus dichos y aportó nuevos detalles que fueron consignados en esta nueva versión. También fue consultado el esposo de Carmen Gloria Quintana, Juan Enrique Campos, quien explicó que ella no recuerda lo que ocurrió en la Posta Central, ya que estaba inconsciente. Agregó que su mujer tuvo la confirmación de la ayuda de Michelle Bachelet en 2012, gracias a Verónica de Negri, cuando ambas se reunieron en Montreal, Canadá.

Hasta el cierre de la nueva versión de este reportaje, en ningún momento la Presidenta Bachelet se refirió a la polémica. No obstante, ante las consultas realizadas para este reportaje, desde La Moneda ratificaron que ella efectivamente estuvo en la Posta Central cuando Rodrigo Rojas murió, como representante de la ONG Pidee, y no como parte del equipo médico tratante. La versión agrega que es correcto que en ese lugar acompañó a la madre de Rodrigo Rojas.

El error de la primera versión de este texto, por lo tanto, fue sostener que Michelle Bachelet era médico en práctica en la Posta Central y que atendió a ambos jóvenes en esa calidad. Los antecedentes recogidos sostienen que, en realidad, Bachelet acudió a la Posta como representante del Pidee para constatar el estado de los jovenes quemados y que, en ese contexto, apoyó a sus familias o intervino en favor de ellos.

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