Los 11: Los mejores jugadores de la historia de la Roja

(PeriodismoUDP-Catalonia, 2014)

Diego Figueroa e Ignacio Morgan

“Lo que tienen en común estos 11 jugadores, además de la genialidad, es su tozudez, su voluntad de triunfar, su casi siempre bien llevada ambición, su capacidad de entender escenarios adversos, en un mundo donde jugar fuera de Chile era el resultado de una trayectoria y no la consecuencia inmediata y apresurada de un par de buenas actuaciones. En su mayoría fueron profetas en su tierra, y algunos, los que triunfaron fuera de Chile, consumaron la trayectoria arquetípica del héroe: dejar el lugar de origen, vivir innumerables y grandiosas aventuras, para luego volver a sus comunidades a entregar la sabiduría adquirida en el camino.
No sé si Diego Figueroa o Ignacio Morgan estudiaron Periodismo para dedicarse de por vida al periodismo deportivo. La verdad es que no sé nada de ellos, excepto que han escrito este libro exhaustivo, bien reporteado y placentero que pone en la cancha al mejor equipo chileno de todos los tiempos”.

Alejandro Zambra

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Diego Figueroa Jamasmie
Licenciado en Comunicación Social y periodista UDP (2010). Ha trabajado como periodista en el diario La Tercera, en la revista CTRL+Z y como colaborador en TheClinic.cl.  En 2010 creó el Tumblr #Bachelets. Actualmente es editor en regiones del sitio de noticias soychile.cl.

Ignacio Morgan Mancilla
Licenciado en Comunicación Social y periodista UDP (2010). Ha trabajado como periodista en El Mercurio Online (Emol) y La Tercera. Hasta abril de 2014 trabajó como ejecutivo de cuentas de la agencia Nexos.

La roja imposible

prólogo de Alejandro Zambra

«Es el mejor trabajo del mundo, un trabajo relajado», me dijo mi padre cuando yo tenía dieciséis años y decidía qué estudiar. La verdad es que yo ya lo había decidido: quería estudiar Literatura, porque lo único que me interesaba era seguir leyendo, y él me proponía, en cambio, que estudiara Periodismo y me convirtiera en periodista deportivo. Lo pensé, desde luego: quería seguir leyendo, pero también viendo partidos, todos los partidos del mundo, la perspectiva de pasar la vida en los estadios me parecía alentadora.

No sé si Diego Figueroa o Ignacio Morgan estudiaron Periodismo para dedicarse de por vida al periodismo deportivo. La verdad es que no sé nada de ellos, excepto que han escrito este libro exhaustivo, bien reporteado y placentero que pone en la cancha al mejor equipo chileno de todos los tiempos: un equipo imposible e imperfecto, con dos arqueros, un solo defensa (grandioso, pero uno solo) y una plantilla de delanteros que provocaría los más severos dolores de cabeza a cualquier técnico. Por lo demás, la Selección —discutible como todas, pero no demasiado: faltan varios, pero todos los que están merecen el honor— no permite, de antemano, demasiadas conclusiones: decir, por ejemplo, que Chile es un país de delanteros sería inocente, porque sabemos que están destinados a brillar, a opacar al resto del equipo.

Lo que tienen en común estos jugadores, además de la genialidad, es su tozudez, su voluntad de triunfar, su casi siempre bien llevada ambición, su capacidad de entender escenarios adversos, en un mundo donde jugar fuera de Chile era el resultado de una trayectoria y no la consecuencia inmediata y apresurada de un par de buenas actuaciones o de la labia de sus representantes. En su mayoría fueron, en primer lugar, profetas en su tierra, y algunos, los que triunfaron fuera de Chile, consumaron la trayectoria arquetípica del héroe: dejar el lugar de origen, vivir innumerables y grandiosas aventuras, para luego volver a sus comunidades a entregar la sabiduría adquirida en el camino. Casi todos fueron, también, como se dice, buenos ejemplos para la juventud y todo eso, con la triste excepción del Cóndor Rojas, responsable de uno de los momentos más oscuros del deporte chileno y de algunas de las mayores alegrías deportivas que vio mi generación. Pienso en esa alegría antinatural que nos proporcionan los arqueros que admiramos. Aprendimos desde chicos a alegrarnos con el gol, pero los grandes arqueros nos enseñaron a maravillarnos con la ausencia de gol. La historia de Roberto Rojas desestabiliza a las demás, porque mientras avanzamos por las páginas de este libro vamos sumando sensaciones similares, acumulando recurrencias, detalles deleitosos, pero al llegar al perfil de Roberto Rojas y repasar con pormenores esa historia que conocemos pero que nunca comprenderemos cabalmente, sobreviene la amargura, sobre todo para quienes lo vimos jugar y lo admiramos. Y está bien, el fútbol es también eso, a veces es únicamente eso: talentos derrochados, destinos clausurados por la soberbia, la impericia o, de algún modo, la inocencia.

Me pregunto quiénes pasarían a la banca si, dentro de diez años, se editara una versión actualizada de este libro. No arriesgo una respuesta, pero es evidente que Alexis Sánchez o Arturo Vidal, de no mediar grandes imprevistos, merecerían un sitio. ¿También Gary Medel, David Pizarro? Jorge Valdivia no, claro que no. ¡Por supuesto que no! ¿Por qué? Soy colocolino, pero sostengo que Jorge Valdivia nunca fue un colocolino verdadero. ¿Por qué? No tengo que justificarlo. No soy periodista deportivo. Lo que me devuelve al comienzo. Seguramente lo peor de ser periodista deportivo es la convención de mantenerse neutral, el karma de no poder mostrar la camiseta. Imagino un sufrimiento constante si hubiera seguido los deseos de mi padre. Qué cosa más terrible, alabar al rival cuando corresponde, estar obligado a justificar los juicios, a ponderarse.

A todo esto, ¿de qué equipo son Diego Figueroa e Ignacio Morgan? La abrumadora presencia de colocolinos en esta nómina podría acercarnos a una respuesta, pero los jugadores que aquí comparecen representan, como ya dije, elecciones incuestionables. Y si los autores de este libro no son colocolinos —entiendo que hay gente que no lo es— supongo que les molestará que yo termine este prólogo de forma tan subjetiva. Pero no podrán decirlo: son periodistas. Grandes periodistas.

Elías Figueroa: El iluminado

A mediados de octubre de 1948, en un hospital de Valparaíso, cinco menores de edad permanecían internados con una enfermedad hoy casi erradicada, la difteria. Este mal ataca las vías respiratorias, el estómago, las fibras nerviosas y el corazón, y aunque los doctores luchaban con todo, tenían claro que no todos los niños se salvarían. Esa vez cuatro de los cinco menores internados fallecieron. El único sobreviviente había nacido dos años antes, el 25 de octubre de 1946, y se llamaba Elías Ricardo Figueroa Brander.

Una traqueotomía fue lo que salvó al pequeño Elías, el tercer hijo de Gonzalo y Lidia, un matrimonio porteño de clase media. La operación le dejó varias secuelas: una cicatriz en el cuello, periódicos ataques de asma y cierta debilidad cardíaca. No lo dejen correr ni agitarse mucho, recomendaron los doctores a sus padres. Este niño va a ser muy delicado, agregaron. Gonzalo y Lidia siguieron estos consejos al pie de la letra. Poco después de la operación decidieron abandonar Valparaíso para establecerse en Quilpué, pensando que el microclima benigno de esa ciudad sería beneficioso para el niño.

El cambio de aire surtió efecto. Elías —el regalón de la familia, protegido por sus padres y también por sus hermanos— comenzó a recuperarse poco a poco. Pronto empezó a jugar con los demás niños. Claro que él debía tomarse las cosas con tranquilidad, para evitar los ataques de asma. Fue por eso que cuando se inició en el fútbol, a los ocho años, lo hizo como arquero. Desde ese puesto no tenía la necesidad de correr y el esfuerzo físico era menor. Poco después los ataques desaparecieron. A esas alturas, la familia se había mudado a Villa Alemana y ya era evidente que Elías era un chico normal. Entonces, a los doce años, una nueva enfermedad vino a golpearlo.

Esta vez era poliomielitis, otra afección que hoy está erradicada, que afecta principalmente al sistema nervioso y que puede provocar parálisis y hasta la muerte. La cepa que afectó a Elías no le causó secuelas, pero fue lo suficientemente severa como para postrarlo en cama por un año. Durante ese tiempo, recuerda, miraba por la ventana cómo los demás niños jugaban a la pelota en la calle, mientras él apenas se podía mover. Una vez que logró levantarse tuvo que aprender a caminar de nuevo y también a vérselas con un cuerpo distinto al que tenía antes de la enfermedad. De pronto era más grande y corpulento que todos los niños de su edad. De algún modo, la estampa clásica de Elías Figueroa comenzó a forjarse en ese período que pasó en cama.

«Yo creo que en esa niñez se me formó la perseverancia, ese deseo de querer ser alguien, de querer que mi objetivo fuera, por lo menos, poder correr como un niño cualquiera», recuerda Figueroa. Y así como la difteria no fue un impedimento para seguir viviendo y el asma no lo fue tampoco para jugar a la pelota, la polio fue otro de los obstáculos que sorteó con éxito. Una vez recuperado, no tuvo que pasar mucho tiempo para que volviera a jugar fútbol, esta vez como volante en el Alto Florida, un club de Quilpué donde rápidamente se ilusionaron con sus habilidades.

A los catorce años pasó a integrar las filas de otro plantel de la misma ciudad, el Deportivo Liceo, y ahí comenzó a destacarse como uno de los mejores del equipo. Elías afirma que un apoyo fundamental en esta etapa fue su padre, quien lo acompañaba y alentaba en casi todos los partidos. «De repente yo lo veía aparecer entre la gente, me llevaba naranjas o bebidas. Siempre estuvo ahí», dice.

En esos tiempos coincidió con otro joven futbolista, Leonardo Véliz, que años más tarde integraría los planteles de Unión Española, Colo Colo y la Selección chilena. Figueroa se cruzaría con él varias veces en su carrera. Véliz jugaba en la selección del Cerro Barón, y en una oportunidad le tocó enfrentar al equipo de Elías, en una eliminatoria para un campeonato amateur que se jugaba en Arica. El equipo porteño consiguió la victoria y de inmediato se analizó la posibilidad de llevar a ese hábil volante del equipo perdedor como invitado, algo que estaba permitido en el fútbol amateur.

«Esa vez los dirigentes pensaron que había que premiar a los jugadores del club, y si llevaban a Elías se iba a quedar abajo uno de los nuestros», recuerda Véliz para este libro. «Fue un grave error, porque en Arica nos fue mal. Y Elías ya entonces era un jugador imponente, por la estatura que tenía. Todos decían que tenía más edad, pero no. Él tenía la edad correcta. Lo que pasa es que tenía un físico impresionante en comparación a todos los demás, que teníamos un físico acorde a los catorce o quince años», agrega el Pollo.

La gente del cerro Barón no fue la única que reparó en las cualidades del muchacho de Villa Alemana. En todo el circuito futbolero amateur de la Quinta Región comenzó a hablarse de un volante corpulento con cara de chiquillo y el rumor no tardó en llegar hasta la institución futbolística más importante de la zona, Santiago Wanderers. Fue Víctor Parra, amigo de la familia Figueroa y ayudante del entrenador caturro —el argentino José Gallego Pérez— quien lo llamó para una prueba en las divisiones infantiles.

Pero Elías ya no estaba para las infantiles. Su físico no era comparable con el de otros niños; su técnica, tampoco. Un día después de la prueba, Pérez le dijo que se fuera a entrenar con el equipo adulto, a ver qué tal andaba. Él cumplió con creces y ya no hubo modo de regresarlo a las divisiones menores.

Cabro chico agrandado

A principios de 1962, Elías no solo pertenecía a los registros de Wanderers. También comenzó a jugar en la selección juvenil de Valparaíso, que estaba a cargo de Víctor Parra. Hasta entonces jugaba como volante, en funciones ofensivas y defensivas. Su referente era el half izquierdo Jorge Dubost, campeón con Wanderers en 1958 y capitán del elenco porteño durante varias temporadas. Elías quería ser como Dubost. Parra, sin embargo, trastocó ese plan. En un entrenamiento con la juvenil de Valparaíso faltaba un zaguero y el técnico usó el sentido común. «Ya, el grandote de central», gritó. Figueroa ocupó el puesto y no lo abandonaría jamás.

Ese año el país vivía la fiebre futbolera del Mundial que se realizaría desde fines de mayo. Aparte de la dulce satisfacción del tercer puesto obtenido por la Selección chilena, la Copa del Mundo le dejó a Elías una lección para toda la vida. El sorteo había determinado que Brasil, defensor del título obtenido en el Mundial de Suecia 58, debía jugar en la sede de Viña del Mar, y el equipo llegó a concentrarse a un hotel de Quilpué con sus figuras más señeras: Garrincha, Pelé y Didí. No fue raro que niños y adolescentes se agolparan en las puertas del recinto para conseguir un autógrafo.

Elías también estuvo entre los curiosos que llegaron hasta ese hotel de Quilpué, pero el destino le tenía reservado un acercamiento más próximo a los gigantes brasileños. Ocurrió que el Scratch pactó algunos entrenamientos con el equipo B de Wanderers y a él le tocó jugar como volante defensivo, en la marca nada menos que de Didí. La experiencia le permitió constatar que aquellos jugadores de leyenda eran en realidad personas de carne y hueso, sujetos que transpiraban y que también cometían errores. «Si no miden ni saltan cinco metros, yo también puedo ganarles», pensó en ese momento, una idea que después transformó en amuleto para los partidos importantes.

Cuando concluyó el mundial, Figueroa siguió su rutina de entrenamientos en Wanderers y continuó su imparable progreso. Pero dada su corta edad —tenía dieciséis años—, resultaba difícil encontrarle una posición en la reputada alineación de los porteños, donde figuraba entre otros el zaguero central de la Selección chilena Raúl Sánchez. Tampoco contribuía el hecho de que en el camarín caturro había varios que, producto de su desenvuelta personalidad, lo consideraban un «cabro chico agrandado».

Al año siguiente habría más razones para catalogarlo como tal. En enero de 1963, en un baile, Elías conoció a una chica de su edad, Marcela Küpfer, a quien convertiría en su esposa apenas unos meses después, en agosto de ese año. Ambos no cumplían aún diecisiete años. La decisión de casarse tomó por sorpresa a su familia, y más aun a la de su novia. Hubo resistencias y muchos argumentos en contra. Algunos vaticinaron un matrimonio de corta vida, en vista de la edad y eventual inmadurez de los novios.

El asunto no fue fácil, reconoce Elías. Al principio vivieron del sueldo de juvenil que recibía de Wanderers, que apenas alcanzaba para pagar el arriendo, así que solo cenaban día por medio. Figueroa debía colarse en el tren que lo llevaba hasta Valparaíso y solía caminar desde la estación hasta el estadio Playa Ancha, que hoy lleva su nombre. La pareja resistió, sin embargo. En agosto de 2013 celebró cincuenta años de matrimonio.

Hacia fines 1963 la situación no había cambiado en Wanderers y se veía difícil que Elías pudiera debutar. Hasta corría el riesgo de pasar en la banca todo el campeonato de 1964, de manera que se comenzó a explorar la opción de enviarlo a préstamo. El club que más empeño le puso, en una negociación que resultó muy complicada, fue Unión La Calera. Figueroa recuerda que el técnico de ese equipo, el argentino Salvador Biondi, porfió para llevarlo. «Él se la jugó por mí, peleó mucho con los dirigentes de La Calera y con los de Wanderers para poder llevarme. Hasta fue a buscarme a la casa. Después, cuando ya estaba todo listo, me dijo: “Hacé lo que querás, pibe. Vos sabés, tenés calidad, y eso no se compra en la farmacia”».

Don Elías

El debut tuvo lugar un 26 de abril de 1964, en el estadio de La Calera. Fue una derrota por la cuenta mínima ante Green Cross, en la segunda fecha del torneo, pero el recién llegado tuvo un buen cometido, sin mayor nerviosismo. «Yo ya había jugado un Sudamericano juvenil en Colombia y tenía cierta experiencia», explica Elías (1).

Luego vinieron los viajes a Santiago, para enfrentar a rivales de peso como Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica. Pese a su juventud, en ninguno de esos duelos se achicó. Al revés, jugaba con más ahínco porque no le gustaba el tratamiento que les reservaban los capitalinos a los jugadores de provincia, a quienes llamaban «huasitos». Es probable que ese particular esmero le valiera el apodo con el que sería conocido durante toda su carrera. En un partido de la primera rueda contra Colo Colo, Figueroa le hizo dos túneles a los delanteros albos y continuó con su elegante tranco rumbo a la medianía de la cancha. En la cabina de transmisiones radiales, el relator Hernán Solís no pudo contener su entusiasmo. «Estamos frente a un muchacho de diecisiete años que juega como un crack maduro. Desde hoy yo no puedo más que llamarlo Don Elías Figueroa», exclamó, sin darse cuenta que estaba acuñando historia.

En Unión La Calera el joven defensa no solo destacó por su físico —1,86 metros en la plenitud de su carrera— y por su depurada técnica, sino también por su profesionalismo. Su padre le había enseñado desde pequeño que la disciplina y la constancia eran las claves del éxito, y siempre se lo estuvo recordando. Por eso, tenía que ocurrir algo muy extraordinario para que Figueroa llegara tarde a una cita o faltara a un entrenamiento. Fue el caso cuando nació su primera hija, Marcela.

«Estábamos en La Calera y al día siguiente jugábamos contra Colo Colo. Entonces me llama mi suegra y me dice que tuvo que llevar a mi señora a la clínica porque iba a tener la guagua. Y yo empecé a buscar a los dirigentes, pero no había nadie, no los encontré. Así que agarré mis cosas y me fui. Llegué a la Clínica Miraflores y estuve esa noche cuando nació mi hija, que fue un 24 de octubre. El 25 era mi cumpleaños y estaba el partido con Colo Colo. Yo había pasado la noche sin dormir, pero igual me fui a La Calera. Esa tarde jugué y ganamos. Y celebré de la mejor manera el triunfo, mi cumpleaños y el nacimiento de mi hija», recuerda Elías.

Ese año 1964 Unión La Calera terminó el torneo en el noveno lugar, un avance para un equipo que en los dos campeonatos anteriores no había logrado rematar entre los diez primeros. Y Figueroa, con dieciocho años cumplidos poco antes, fue elegido el mejor central del campeonato. La temporada también marcaría su primera nominación a la selección adulta. Para los entrenamientos, Elías viajaba todos los días en tren desde Villa Alemana a La Calera y acostumbraba leer la prensa para acortar el viaje. Fue en las páginas de un diario que vio su nombre en la lista de los seleccionados de Francisco Hormazábal, por esa época entrenador de la Roja. De los juveniles que habían ido a Colombia a principios de año fue el único convocado. Los medios lo bautizaron como «la guagua de Pancho Hormazábal».

A esas alturas la prensa y el medio futbolístico comenzaron a especular en torno a un posible traspaso a clubes grandes. Colo Colo era la opción que sonaba con más fuerza, pero los albos optaron finalmente por Raúl Sánchez, que ya era un jugador consagrado. La decisión igual benefició a Figueroa, que fue rápidamente llamado a ocupar la plaza liberada por el zaguero mundialista en Wanderers.

En el equipo porteño de 1965 Elías compartió camarín con varios ilustres, entre ellos un delantero que en la temporada anterior había debutado con La Serena, Hernán Clavito Godoy. «Llegamos el mismo año. Y fue bien bueno, porque a Elías era mejor tenerlo de compañero que de rival. Además, él se convirtió en el preferido de la hinchada y de los periodistas, pero sobre todo de las mujeres. Siempre le estaban pidiendo autógrafos, pero él nunca perdió la calma, fue siempre un caballero, un señor del fútbol. Y un ejemplo en su familia, con sus hijos y su esposa, pese a su corta edad», recuerda Godoy.

Aunque no logró el campeonato con Wanderers, Figueroa sí sacó pasajes para Inglaterra 66 con la Selección chilena. Se trataba de su primer mundial, y quería estar a la altura. No ayudaba mucho el que su esposa hubiera quedado en Chile a punto de dar a luz a su segundo hijo. Tampoco contribuía la división en el camarín chileno, permitida por un técnico —Luis Álamos— que no tuvo carácter para manejar los grupos que se formaron al interior del plantel. Al final, con una escuadra tan prometedora como la que había conseguido el tercer lugar cuatro años antes, Chile tuvo un pobre mundial: perdió contra Italia (0-2) y Unión Soviética (1-2), y apenas rescató un empate con Corea del Norte (1-1).

«Yo diría que, salvo Rubén Marcos(2), los demás fuimos parejos. Y más parejos para abajo que para arriba. Ni el propio Elías destacó como todos esperaban que lo hiciera», afirma Ignacio Prieto, entonces delantero de la UC y parte de esa Selección.

Para Figueroa, sin embargo, la experiencia de ir a un mundial con diecinueve años fue inolvidable y todo lo que aprendió en esos tres partidos le serviría poco después, en el Sudamericano de 1967 que se jugó en Uruguay. En la ocasión, las buenas actuaciones de Rubén Marcos, Julio Gallardo(3) y el propio Elías —elegido el mejor en su puesto— le permitieron a Chile conseguir el tercer lugar, tras el local y Argentina.

Durante el campeonato Figueroa solía hablar con Ignacio Prieto, que a esas alturas ya coqueteaba con clubes uruguayos y podía dejar la UC. «Conversábamos mucho sobre lo que nos podía pasar. Yo ya sabía que tenía posibilidades de llegar a Peñarol o a Nacional, porque me habían visto jugar por la UC en Copa Libertadores. Y a Elías lo venían siguiendo desde Wanderers. Todo lo que ya sabían de él lo confirmaron en ese Sudamericano», cuenta Prieto.

En avioneta

Una vez concluido el torneo continental, varios equipos se acercaron a Figueroa. Santos de Brasil, Peñarol de Uruguay y los argentinos River Plate, Huracán e Independiente, estaban entre los interesados. La mejor oferta la hicieron los rojos de Avellaneda, que dejaron todo arreglado para que Elías se incorporara a sus filas. Lo único que faltaba eran las firmas, que se verificarían una vez que el jugador llegara a Buenos Aires.

El zaguero viajó hasta la capital argentina con Juan Milesi, presidente de Wanderers. Tenía que realizarse los exámenes físicos que se acostumbran en los traspasos y suscribir los respectivos contratos. Pero no alcanzó a hacerlo. En el hotel donde alojaban fueron interceptados por Washington Cataldi, dirigente de Peñarol que algunos años después llegaría a ser su presidente. Cataldi tenía una mejor oferta y también una avioneta que los llevaría rápidamente hasta Montevideo, pues el libro de pases cerraba esa misma tarde. Dos horas más tarde el grupo ya había cruzado el Río de la Plata y Elías se convertía en jugador manya(4).

En aquella época las ligas de Brasil, Argentina y Uruguay eran tanto o más reputadas que las europeas y ofrecían mejores sueldos. En ese contexto, Peñarol era una potencia mundial. Acababa de ganar la Copa Intercontinental al Real Madrid, con lo que podía considerarse el mejor club del planeta. De ahí que algunos cercanos aconsejaran a Elías que tuviera un poco de paciencia, que no se fuera todavía, que Peñarol le podía quedar grande. Pero tal como hizo con los consejos médicos en su infancia, o con su matrimonio en la adolescencia, el zaguero siguió con el plan que ya había trazado. Y partió con su esposa y sus dos hijos rumbo a Uruguay, dispuesto a superar todas las barreras que se interpusieran en su camino. No sabía que en las semanas siguientes le tocaría vivir lo que él mismo ha calificado como «el episodio más triste de mi vida».

Dice Elías: «Cuando viajamos a Uruguay mi mujer estaba embarazada de siete meses. Eran trillizas. Y yo me fui de inmediato de gira con Peñarol, por varias semanas, apenas alcancé a estar un día con ella. Para mi mujer era su primer viaje. El club había puesto a alguien para que nos ayudara a elegir una casa, y yo le dije a ella que decidiera. Pero fue mucha presión. El nerviosismo la hizo perder a las trillizas. Creo que es el mayor error que he cometido en mi vida. Yo debí haberla dejado en Chile, haberla ido a buscar después de la gira, o después del parto. Y me siento un poco culpable de eso»(5).

Con el peso de esa pérdida, el zaguero comenzó su adaptación al club manya, proceso que tuvo sus dificultades. Acostumbrado al ritmo más pausado de las canchas chilenas, las primeras semanas le resultaron particularmente duras. No ayudaba mucho el que los uruguayos jugaran hasta en los entrenamientos con pierna fuerte, a la manera en que siempre han sentido el fútbol. Las canilleras, que Elías ocupaba solo para los partidos, comenzaron a ser una obligación incluso en las prácticas. Y lo otro era la relación entre los jugadores. Figueroa siempre tuvo carácter y hasta entonces había lidiado con compañeros más bien tímidos. En Uruguay, en cambio, le tocó un vestuario plagado de personalidades fuertes, como Pedro Rocha, Néstor Gonçalves y el goleador histórico de Peñarol en partidos internacionales, el ecuatoriano Alberto Spencer. Figueroa, como era de esperar, no se achicó. A los dos meses se había ganado la titularidad, y el respeto del técnico y sus compañeros. Tenía veinte años.

Ese año, 1967, el club salió campeón invicto y el defensor chileno recibió el premio al mejor jugador del campeonato. Al año siguiente Peñarol repitió el título, Elías se convirtió en capitán del equipo y nuevamente fue elegido como el mejor del torneo. Esos años le sirvieron además para ver de cerca y hacer suya la famosa «garra charrúa», esa característica única de los futbolistas uruguayos, que los lleva a esforzarse en cada jugada como si en ello se les fuera la vida. En los cientos de partidos que disputó con la camiseta negra y amarilla de Peñarol, Figueroa terminó de pulir su talante, su guapeza y su técnica. Y también, cómo no, aprendió a pegar.

Esta habilidad, saber pegar, era más que necesaria cuando tocaba jugar el clásico uruguayo, frente a Nacional. Elías disfrutaba a rabiar esos partidos, que ya en aquellos años se jugaban a muerte, con una rivalidad solo comparable a la de un River Plate versus Boca Juniors. «Si tú perdías el clásico era mejor que no salieras a la calle en una semana», dice Figueroa. Para el chileno, además, ese partido tenía un componente extra: en Nacional jugaba su compatriota Ignacio Prieto.

«Eran partidos muy bravos», recuerda Prieto. Y agrega: «Con Elías ni nos hablábamos en la cancha. Si había que meter los dos metíamos. Pero una vez que el partido terminaba, nos saludábamos y volvíamos a ser amigos. Además, vivíamos cerca, a media cuadra, y nos juntábamos con frecuencia a hacer asados o para salir a comer. Claro que a la gente de allá no le gustaba mucho vernos juntos. No aceptaban que fuéramos amigos, porque así viven el futbol en Uruguay. Eso sí, nunca nos molestaron por eso, había mucho respeto también».

Nos cambiaron a Elías

Luego de esos dos títulos seguidos, Figueroa se había convertido en uno de los referentes del club manya. Cuando comenzó 1969, sin embargo, tuvo un fuerte encontrón con los dirigentes. Se acercaba el Mundial de México 70 y el chileno no quería perderse la posibilidad de participar de nuevo en la cita máxima. Pero para eso había que jugar en las eliminatorias. Y Peñarol, que tenía a parte de su plantel en la Selección uruguaya y se disponía a salir de gira, simplemente no dejó partir a sus valores extranjeros(6).

Sin su mejor figura, la Roja disputó el cupo mundialista con Ecuador y, justamente, Uruguay. El último partido, al que Chile llegó con cierta chance(7), se jugó en el Centenario de Montevideo. Fue una derrota por 0-2 que dejó muy dolido a Elías. «Yo siempre he dicho que el mayor orgullo que tuve en mi vida fue defender a Chile. Pero esa vez los dirigentes me sacaron en cara el contrato, donde se establecía que yo debía estar en las giras. Toda la vida he pensado que, más que llevarme a la gira, ellos querían evitar que estuviera en esos partidos», afirma.

La distancia con la dirigencia de Peñarol se mantuvo todo ese 1969, tiempo en que Figueroa siguió siendo capitán del equipo y mostrando un alto rendimiento en la cancha. Ese año no pudieron revalidar el título local, pero sí ganaron la Supercopa Sudamericana. Todo indicaba que 1970 iba a ser un gran año para el club. Lo mínimo que aspiraban conseguir era la Copa Libertadores. El problema era que también se jugaba el Mundial de México, y diez jugadores manya estaban en la nómina uruguaya. El equipo tuvo que nutrirse de suplentes y juveniles, y aun así se las arregló para llegar hasta la final del torneo continental de clubes. En esa instancia se cruzaron con Estudiantes de la Plata, que ganó por la mínima en Buenos Aires y supo mantener el cero en el Centenario. Para coronar esa triste temporada, el título local se lo adjudicó Nacional.

En esos días Elías tuvo que enfrentar las destempladas acusaciones de sus colegas chilenos, que lo acusaron de «traicionar a la patria». Fue en esa misma edición de la Copa Libertadores cuando Peñarol enfrentó a Universidad de Chile por las semifinales. Según cuenta el zaguero, en uno de los dos partidos varios jugadores azules le dijeron «déjanos ganar». Quizá era broma, pero lo que estaba en juego era muy serio. Si la U pasaba a la final sería el primer cuadro chileno que llegaba a esa instancia.

Como haya sido, Figueroa era un profesional. Y además era el capitán de su equipo. Defendió a Peñarol como lo venía haciendo siempre, con todo. Cuando el habilidoso delantero azul Pedro Araya quiso cancherearlo, el zaguero no dudó en bajarlo con una patada a la uruguaya. «Nos cambiaron a Elías», se diría después en el medio futbolístico chileno. Molestos, algunos jugadores de la U deslizaron que el defensa se había acercado a la delegación chilena solo para preguntarles si tenían pisco(8). Pero era mentira, porque el zaguero nunca ha bebido. Lo que sí era cierto es que era otro. Tras cuatro años en Uruguay, Elías se había convertido en un portento futbolístico de apenas veinticuatro años.

La de 1970 fue la última temporada de Figueroa en Peñarol. Uruguay comenzaba a sufrir los primeros síntomas de una crisis económica y social que se incubó durante casi toda la década del 60. Los clubes ya no podían sostener sus planteles millonarios y poco a poco comenzaron a desprenderse de sus jugadores más valiosos. A Elías lo querían en el Real Madrid y en el Internacional de Porto Alegre. Optó por este último, porque en ese tiempo Brasil era una potencia futbolística mucho más atractiva que España. Tres de los últimos cuatro mundiales habían sido ganados por su selección. Pelé, Tostao y Rivelino, entre muchos otros, jugaban en sus canchas. Era el desafío apropiado para las ambiciones del defensa chileno.

Su despedida de Peñarol fue, a lo menos, pintoresca. Los hinchas no querían saber nada de crisis económicas y exigían que Figueroa se quedara. Cuando llegó hasta el Aeropuerto Internacional de Carrasco para dejar Montevideo, una multitud de fanáticos lo estaba esperando para rogarle que no se fuera. Algunos rompieron su carnet de Peñarol frente al chileno, en un último gesto de protesta.

El Inter de Porto Alegre, cuyo nombre en realidad es Sport Club Internacional, fue fundado en 1909 y es uno de los dos equipos tradicionales del estado de Rio Grande do Sul (el otro es su archirrival, Gremio). Al arribo de Elías el equipo llevaba dos años seguidos titulándose campeón del torneo gaúcho(9), pero a nivel nacional no había tenido grandes logros y no se podía comparar con gigantes como Santos, Sao Paulo o Flamengo. Debido a su enorme extensión territorial, en Brasil no existió un torneo nacional de fútbol hasta 1959. Lo que había hasta entonces eran campeonatos independientes en cada uno de sus estados. Los «estaduales» más reputados eran el de Sao Paulo (Paulista) y el de Río de Janeiro (Carioca), que reunían a los equipos más poderosos. A partir del año 59 se comenzaron a jugar torneos de carácter nacional, los que han pasado por diversos formatos y vicisitudes. Y a partir de 1971 se estableció más formalmente un campeonato nacional que se complementa con los estaduales y que es conocido como Brasileirão.

Era en el Brasileirão donde el Inter de Alegre quería brillar, y la llegada de Figueroa buscaba apuntalar esa ambición. Una anécdota que revela lo mucho que el Inter quería fichar a Elías la cuenta su esposa, Marcela Küpfer: «Cuando aún estábamos en Peñarol el presidente del Inter se fue a reunir con Elías a Montevideo. Con el paso de los años nos enteramos que este dirigente, antes de volar a Uruguay, había dejado a su esposa embarazada en la clínica, porque estaba con síntomas de parto. Ella siempre le cobró sentimientos a él por haber viajado a fichar un jugador el día en que nació su primer hijo».

Voy a Rusia y vuelvo

Las eliminatorias para el Mundial de Alemania 74 pillaron a Elías en Brasil. Esta vez tuvo su revancha, pues fue parte del proceso que instaló a Chile entre los deiciséis equipos que llegaron a la fase final. La Roja había quedado en el grupo clasificatorio junto a Perú y Venezuela, pero este último equipo declinó su participación. Así, chilenos y peruanos se enfrentaron en partidos de ida y vuelta, con una victoria para cada uno. El desempate se jugó en Montevideo, y ahí los chilenos consiguieron una victoria por 2 a 1.

Ese triunfo le permitió a la Selección disputar su paso al mundial frente al combinado de Unión Soviética, en partidos de ida y vuelta. El primero de ellos se jugó a fines de septiembre de 1973, pocos días después del golpe de Estado que remeció a Chile. Por esos días Figueroa se encontraba en Sao Paulo con el Inter, y se suponía que debía regresar a Porto Alegre. Pero entonces le avisaron que debía juntarse con el resto de la Selección chilena en Moscú. Si quería llegar a tiempo debía viajar de inmediato, así que se fue con lo puesto.

«Hola, mi amor. Oye, voy y vuelvo a Rusia», es lo que Figueroa asegura que le dijo a su mujer antes de embarcarse. Ella tiene una versión más completa: «Yo estaba escuchando la radio y de pronto me doy cuenta que lo están entrevistando a él. Y entonces, por la radio, él aprovechó de decirme que se iba a Rusia. Ni siquiera alcanzó a llamarme por teléfono. Ni siquiera me pudo traer un regalo para disculparse, porque no andaba con plata y en ese tiempo no existían las tarjetas de crédito», recuerda Marcela.

El zaguero llegó a Moscú en mangas de camisa, con el mismo bolso que había llevado para jugar a Sao Paulo. Con ropa prestada enfrentó sus primeras horas en medio del severo otoño ruso(10). Para peor, por lo intempestivo del viaje, Elías había salido de Brasil sin su pasaporte y las autoridades rusas no querían autorizar su ingreso al país. Carlos Caszely pasaba por un trance similar: en su foto de pasaporte aparecía sin su característico bigote, y eso hacía sospechar a los quisquillosos policías soviéticos. Al final los dirigentes de la delegación chilena elevaron una solicitud al ministro de Deportes soviético, y solo entonces se resolvió el impasse.

Estos problemas iniciales eran el reflejo del clima enrarecido con que se jugó el partido. Unión Soviética era el gran referente del socialismo a nivel mundial y en Chile los militares acababan de derrocar a un presidente socialista, Salvador Allende, quien había llegado al poder democráticamente. Era como llevar la guerra fría al campo de fútbol.

Para los chilenos, el match en sí fue muy duro. Los rusos eran una potencia de la época. Contaban en sus filas a Oleg Blokhin(11), por entonces el mejor puntero izquierdo de Europa. Además, casi todos sus jugadores superaban en altura a los chilenos y solían basar su ataque en el juego aéreo. Lo bueno es que la Roja contaba con dos torres en defensa, Elías Figueroa y Alberto Quintano. Entre los dos se encargaron de despejar los infinitos centros que enviaron los rusos(12).

Elías recuerda ese encuentro como uno de los mejores que jugó por la Selección. Tras varios años en Uruguay y Brasil, se encontraba en el mejor momento de su carrera. Chile jugó a la defensiva, por lo que tuvo la oportunidad de lucirse. Además, reconoce, contó con una ayuda inesperada. El árbitro del encuentro fue el brasileño Armando Marques, a quien Figueroa evidentemente conocía y con quien pudo sostener uno que otro diálogo que ayudó a alivianar los cobros, algo que para los rusos era imposible.

Al final Chile rescató un empate sin goles y quedó a la espera del partido de revancha, que debía jugarse en el Estadio Nacional durante noviembre. Pero ese match nunca tuvo lugar. En protesta por el golpe de Estado ocurrido en Chile y por el uso del Nacional como campo de concentración de prisioneros políticos, la delegación soviética no se presentó en Santiago. Francisco Chamaco Valdés tuvo que incurrir en la impostura de marcar un gol frente a un arco vacío. Era lo que requería el protocolo de la FIFA para dar a la escuadra chilena como ganadora de la serie. Gracias a eso Chile pudo ir al Mundial de Alemania 1974.

Figueroa llegaba a su segundo mundial, esta vez con veintisiete años, y era la mayor estrella de la escuadra chilena. Antes de viajar a Europa, una vez que se reunió todo el plantel, el que había ejercido como capitán hasta entonces, Chamaco Valdés, le ofreció la jineta al zaguero. Pero este la rechazó. Le parecía injusto llevarla, pues Valdés había sido capitán en todo el proceso eliminatorio. De cualquier modo, el liderazgo de Figueroa era innegable. «En los partidos el árbitro se dirigía muchas veces a mí en lugar de al capitán, y también lo hacían los jugadores», recuerda Elías.

Como siempre que Chile se embarcaba rumbo a una cita mundialista, las expectativas en el medio local eran altas. La Roja contaba con Carlos Caszely, Alberto Quintano, Sergio Ahumada, Carlos Reinoso y los ya citados Elías Figueroa y Francisco Valdés, todos en su mejor nivel. Había para ilusionarse, pero el sorteo había sido duro con Chile y los resultados fueron mediocres.

El primer partido fue contra el local, que al final se tituló campeón. Un gol de Paul Breitner a los 18 minutos del primer tiempo hizo que la escuadra chilena remara todo el partido contra la corriente. Hacia la mitad del segundo lapso, el árbitro turco Dogan Babacan mostró una tarjeta roja, la primera en la historia de los mundiales, a Carlos Caszely. El defensa Berti Vogts había estado hostigando durante todo el encuentro al delantero chileno, hasta que este mordió el anzuelo y le dio un puntapié. Fue lo que puso la lápida a las aspiraciones chilenas. El mito dice que, una vez terminado el encuentro, Elías regresó echando pestes al camarín y cuando tuvo al delantero en frente lo derribó de un puñetazo. Pero Elías asegura que solo lo recriminó duramente y que jamás lo golpeó.

Lo que sí quedó golpeado fue el ánimo de la delegación chilena. Para seguir en carrera era necesario ganar al otro equipo difícil del grupo, la República Democrática Alemana, pero solo alcanzó para un empate a 1, con gol de Sergio Ahumada y un Figueroa mostrando su mejor repertorio defensivo. El último juego, que en el papel parecía el más sencillo, era frente a Australia. Chile debía ganar con una diferencia de dos goles si pretendía seguir en carrera. Parecía posible, pero esa tarde la cancha del Estadio Olímpico de Berlín era un pantano, debido a la lluvia que cayó en las horas previas. Los chilenos no conseguían dar dos pases seguidos. Al final fue 0 a 0 y eliminación en primera ronda.

Se trató de un duro traspié para el zaguero chileno, que había ido a Europa con la ilusión de hacer un buen torneo junto a la selección. En su caso al menos hubo un premio de consuelo, pues los especialistas lo distinguieron como el mejor en su puesto. Y el resto de la temporada tenía guardadas más alegrías, claro que no en el Viejo Continente, sino en Brasil.

El dios de Beira-Rio

Hacia fines de 1974, Internacional de Porto Alegre podía considerarse una fuerza consolidada. Elías era el capitán y compartía camarín con figuras como Paulo Roberto Falcão y un eximio pateador de tiros de esquina y centros llamado Valdomiro. La racha ganadora del club a nivel estatal seguía en curso, con la obtención del quinto título gaúcho consecutivo. Lo que más alegraba a la hinchada colorada era que todos esos triunfos se habían obtenido a costa de Gremio, que había terminado segundo en cada uno de esos campeonatos.Tal como había hecho en los clásicos Peñarol-Nacional, Elías siempre destacaba en los «Gre-Nal» y no solo en defensa. Hasta 2014 seguía siendo el zaguero más goleador de los clásicos gaúchos.

A la hora de los recuentos de fin de año, el defensa chileno tendría dos buenas noticias más. La primera fue que la revista brasileña Placar lo eligió como el mejor jugador en su puesto, distinción que ya la había concedido en 1972. La segunda fue más bien sorpresiva. En 1971, por iniciativa del diario venezolano El Mundo, se inauguró la tradición de elegir al Mejor Jugador de América a través de la votación de periodistas deportivos de todo el continente. Hasta ese momento los galardonados habían sido delanteros o volantes ofensivos(13), jugadores que solían hacerse presentes en el marcador y que por eso mismo destacaban sobre el resto. Pero en 1974 la votación se inclinó a favor de un defensa, lo que sorprendió incluso al elegido: Elías Figueroa se transformaba así en el primer chileno que obtenía ese premio(14).

Con todos esos estímulos, 1975 asomaba como el año para que Inter de Porto Alegre rompiera el cascarón del torneo gaúcho y apostara al Brasileirão. Hasta entonces su mayor mérito a nivel nacional consistía en que jamás había descendido de la primera división. Pero su hinchada quería más, y el equipo no defraudó. Tras sortear las tres primeras fases del torneo, se instaló en semifinales, donde debía enfrentar a Fluminense. Ese partido se jugó en el Maracaná ante más de noventa y siete mil espectadores y terminó con un 2 a 0 para el Inter.

El paso a la final revolucionó a Porto Alegre. Era primera vez que un equipo gaúcho llegaba a esa instancia, que además se iba a jugar en casa, en el estadio Beira-Rio. Era también la primera definición sin presencia de clubes paulistas ni cariocas. El otro finalista venía de Minas Gerais, era Cruzeiro de Belo Horizonte, que ya contaba con un título nacional en su palmarés (1966). Se trataba de un rival durísimo, pero la ilusión estaba a tope. Ricardo Figueroa, hijo del zaguero chileno, tenía ocho años para ese partido y lo recuerda vívidamente. «Tres días antes había gente acampando afuera del estadio. La final se jugaba a las seis de la tarde, pero las puertas se abrieron a las diez de la mañana y una hora después ya estaba lleno con ochenta y dos mil personas», dice para este libro.

Era 14 de diciembre y el día estaba algo nublado. El primer tiempo había terminado sin goles. En el minuto 11 de la segunda fracción, Valdomiro conducía el balón por el costado derecho cuando sufrió una falta cerca del área grande. El mismo jugador se encargó de ejecutar el tiro libre: lo envió al corazón del área de Cruzeiro. En ese sitio esperaba Elías Figueroa, quien se elevó más que los defensas rivales y consiguió abrir el marcador. Sería el único gol del encuentro y cambiaría la historia del Inter y también la de Figueroa. A un par de metros de donde el zaguero chileno se elevó para conectar la pelota, un rayo de sol se coló entre las nubes e iluminó un pequeño sector del área. Una linda coincidencia que los fanáticos colorados convirtieron en milagro.

Desde entonces se habla del Gol Iluminado. En ese minuto el chileno no se dio cuenta de aquel detalle, pero después lo pudo ver por televisión. Imposible no verlo, pues la secuencia se repitió miles de veces. Dice Figueroa: «Fue algo muy curioso. En el video(15) aparece justo una luz en el momento en que cabeceo. Pero nadie sabe de dónde vino. Y como allá son místicos, le pusieron el Gol Iluminado, el gol que nos hizo campeones».

El resto fue pura fiesta, aunque no para todos. Porto Alegre estalló en un carnaval que duró toda la noche. Era tanta la euforia, que Elías y su familia prefirieron dejar la ciudad por unos días. Resultaba peligroso quedarse, y no solo por la avalancha de cariño de los fanáticos del Inter. Una semana antes del partido habían estado llegando cartas anónimas hasta la casa del zaguero, dirigidas a su esposa. «Querían que yo le dijera a Elías que tenía que jugar en contra de su club, porque de lo contrario lo iban a matar. Por eso cuando hizo ese gol yo apagué la televisión y lloré largo rato. Me imaginé que en cualquier momento lo encontraríamos muerto. Ese día, después del partido, fueron cuatro horas de espera, de angustia. Cuando finalmente apareció venía en un auto policial. En su auto hubiera sido imposible que llegara», dice Marcela Küpfer.

A su regreso a la ciudad, Figueroa fue recibido como una divinidad. Lo habían bautizado «el dios de Beira-Rio». Los hinchas realizaban peregrinaciones a su casa y a los entrenamientos del Inter. Las madres le pedían que tocara a sus hijos y las embarazadas que palpara sus vientres. «Todo eso era un poco cómico, pero muy fuerte al mismo tiempo porque ellos de verdad creían», cuenta Elías. Su mujer complementa: «Él me decía: “Siento una responsabilidad tan grande por todo esto, yo no tengo dones de sanador ni nada por el estilo”».

Ese año los periodistas deportivos del continente volvieron a escogerlo como el Mejor Jugador de América. Era el primero en conseguir esa distinción dos veces seguidas, enorme mérito que se acrecentó en 1976, cuando le repitieron el honor. Tendrían que pasar casi tres décadas para que otro jugador emulara la hazaña de ser tres años seguidos el mejor del continente(16). A esas alturas, no fue raro que se le acercaran dirigentes brasileños para pedirle que se nacionalizara y jugara por la selección local. «En Uruguay también me lo habían propuesto, pero en Brasil fue más fuerte porque en la mesa pusieron un cheque en blanco y me dijeron llénalo. Pero yo les dije que no, que la patria no era un asunto de dinero. Yo me sentía un referente para mi país, no podía hacer eso», dice Figueroa.

La de 1975 había sido una campaña formidable para el Inter: de treinta partidos apenas perdió tres y solo recibió doce goles. Parecía difícil repetir una performance como esa, pero los colorados estaban para más. En 1976 se coronaron campeones nuevamente. De 23 partidos solo perdieron tres y les anotaron 13 goles(17). Esta vez la final fue contra Cruzeiro, de nuevo en Beira-Río. El resultado fue 2 a 0, con goles de Dario y Valdomiro. Eran los años dorados de un equipo que después sería catalogado como el mejor club brasileño de la década.

A esas alturas, la familia Figueroa sentía que estaba cerrando un ciclo. Llevaban diez años fuera de Chile y aunque viajaban todos los años de visita al país, comenzaban a preocuparse porque sus hijos estaban creciendo y no tenían contacto con sus raíces. Con treinta años de edad y tras haber sido elegido como el mejor de América por tercera vez, al zaguero le llovían las ofertas. Palmeiras y Flamengo lo querían. También el Real Madrid, que nunca depuso su interés. Pero irse a Europa no estaba en los planes. La idea era volver a Chile.

«Yo le puse la presión de esposa», cuenta Marcela Küpfer. «Es que estaba cansada, pasábamos muchos sustos. Los niños tenían que ir acompañados de policías a la escuela. Ellos eran chicos y encontraban estupendo que los vinieran a buscar en autos diferentes y que cada día la ruta fuera distinta. Una vez quisimos ir al circo y nos acompañaron seis agentes. Nos hacían cambiarnos de lugar a cada rato, fue terrible».

Quien capitalizó esa inquietud fue el entonces presidente de Palestino, Enrique Atal. De paso por Porto Alegre, los Figueroa lo invitaron a almorzar y le contaron lo que pasaba. Parecía una oportunidad caída del cielo, pero el club de colonia no tenía los recursos para una operación de esa envergadura. «¿Cuánto cobrarías tú?», le dijo Atal a Elías, que no tuvo que pensarlo mucho para responder: «Por mí no te preocupes, solo te pido que hagas el intento».

Poco después, Atal hizo una oferta al Inter por cuatrocientos cincuenta mil dólares. Era mucho para los estándares chilenos, pero poco al lado del dinero que podían poner en la mesa los otros clubes interesados. El asunto estaba quedando en punto muerto, pero el propio Elías encontró una salida. «Me reuní con los dirigentes y les dije: “Si no me puedo ir a Palestino me retiro del fútbol”. Ante la posibilidad quedarse sin nada, aceptaron», recuerda.

A su llegada a Chile, en una entrevista, Elías reveló lo agradecido que estaba. «Yo quería volver. Y quería hacerlo en la plenitud de mis condiciones. Por regresar perdí suculentos contratos, pero no me importa. Para mí era mucho más importante estar otra vez entre los míos. Eso lo debo a Palestino y haré todo lo posible por retribuir ese gesto. Tenemos un estupendo plantel y debemos estar disputando el título», declaró(18). Sus palabras resultarían proféticas.

El retorno de un grande

—Don Elías, ¿vuelve a Chile porque está acabado?

El zaguero aún recuerda esa pregunta, la primera que le hicieron los reporteros chilenos en el Aeropuerto Arturo Merino Benítez, a pocos minutos de haber llegado. Se sintió incómodo, el chaqueteo era algo que había olvidado. Prefirió no responder. «Yo había salido campeón en Uruguay y Brasil, venía de ser tres veces el mejor de América… ¿Qué le iba a decir? Mi mujer y yo veníamos felices de volver, pero cuando pasó eso me di cuenta y le dije a Marcela: “Ya está, llegamos a Chile”», dice.

En Palestino, en cambio, estuvieron lejos de recibirlo con esa frialdad. Se trataba de un suceso mundial. El mediocampista Rodolfo Dubó, parte del plantel, recuerda: «Para nosotros fue tremendo, parecía imposible que un jugador de esa talla llegara al club. Pero llegó y eso nos ayudó mucho en todo aspecto. A lograr el título del 78, obviamente, pero también en la formación de los más jóvenes». Con el tiempo, Dubó y Figueroa se harían grandes amigos, al punto que compartieron habitación de 1977 a 1982, primero en el club de colonia y luego en la Selección nacional.

La llegada de Elías coincidió con las eliminatorias para el Mundial de Argentina 1978. A la cabeza del equipo estaba el técnico Caupolicán Peña, y muchos daban a la Roja como número puesto en la cita máxima. Se decía incluso que los argentinos habían elegido a Mendoza como una de sus sedes justamente para recibir a los chilenos. El combinado nacional debía disputar un cupo con Perú y Ecuador para avanzar hasta la siguiente fase(19). En el juego decisivo, que tuvo lugar en Lima a fines de marzo de 1977, a Chile le bastaba empatar. Al frente, eso sí, estaba el mejor equipo peruano de la historia, con figuras como Teófilo Cubillas, Hugo Sotil y Juan Carlos Oblitas. El resultado fue 2 a 0 a favor de los del Rímac, que meses más tarde tendrían un papel destacado y polémico en el mundial trasandino.

Aunque esa derrota fue una gran desilusión, Elías pronto se sumió en el disputado campeonato local de ese año. En Palestino el zaguero capitaneó un plantel lleno de figuras. Estaban los seleccionados Rodolfo Dubó, Manuel Rojas, Roberto Hodge y Pedro Pinto, además del argentino Óscar Fabianni (que después se nacionalizó y jugó por la Roja), Sergio Messen y el portero Manuel Loco Araya. No fue sorpresa que se convirtieran en los animadores del torneo, en el que remataron terceros tras Unión Española y Everton. A modo de consuelo, lograron la Copa Chile.

A mediados de esa temporada, además, el club de colonia comenzó la mayor racha invicta de la historia del fútbol chileno. Fueron 44 partidos sin conocer la derrota, que culminaron el 10 de septiembre de 1978 con una caída por 1-2 ante Unión Española(20). Curiosamente, Elías fue quien anotó el descuento. Ese septiembre, donde se perdió otro partido frente al colista Coquimbo, fue probablemente el único momento de debilidad del cuadro que a la postre se titularía campeón. Era la segunda estrella para Palestino, y la primera para Elías en su país. Luego vendría la Copa Libertadores de 1979, donde los dirigidos por Caupolicán Peña llegaron hasta semifinales, instancia donde Olimpia de Paraguay, a la postre campeón, los dejó en el camino.

En 1979 se jugó también la Copa América, donde la selección chilena tendría una destacada actuación. El torneo no tuvo una sede fija, sino que se disputó con partidos de ida y vuelta. Tras superar la primera fase, donde enfrentó a Venezuela y Colombia, a la Roja le tocó medirse con Perú, que había sido el campeón de la versión anterior y había quedado liberado en la fase de grupos. El primer partido fue en Lima, y era la revancha tras la amarga derrota de 1977 por la eliminatoria al Mundial de Argentina. Chile se llevó a casa una trabajada victoria por 2 a 1, con dos anotaciones de Carlos Caszely. En el partido de vuelta la Selección consiguió el paso a la final gracias a un empate sin goles, pero a un precio demasiado alto. Ese 24 de octubre, un día antes de cumplir los treinta y tres años, Elías fue expulsado por primera y única vez en su carrera.

«Yo se lo había advertido al lateral nuestro, cuyo nombre prefiero omitir. Le decía: “Ten cuidado con ese delantero porque se puede venir”. Hasta que se vino, lo dejó pasar, se estaba yendo solo, así que me crucé. Estaba lejos, eso sí, al menos a un par de metros. Vi que no alcanzaba pero me tiré igual. Y alcancé a picar la pelota, pero al peruano lo agarré con todo», recuerda Elías.

Esa tarjeta roja significaba que el zaguero no podría estar en el primer partido de la final, ante Paraguay en Asunción. Y vaya que hizo falta, pues la Roja cayó por 3 a 0. En la vuelta, que se jugó en el Estadio Nacional, los chilenos consiguieron un 1 a 0 que obligaba a una definición en tierra neutral. Esa finalísima se jugó en el estadio José Amalfitani de Buenos Aires, ante apenas seis mil espectadores. Fue un amargo empate sin goles que le dio la copa a Paraguay por diferencia de goles.

El retiro y la gloria

Hacia fines de 1981, cuando se acercaba a los treinta y cinco años, Elías aún recibía ofertas del extranjero. Una de las más insistentes provenía del Fort Lauderdale Strikers de Florida. Era la época en que, con una inyección millonaria de recursos, se buscaba introducir el gusto por el fútbol en Estados Unidos. A Figueroa el asunto no le hacía mucha gracia. Pensaba que la liga estadounidense era un cementerio de elefantes y no estaba para ser parte del circo. Pero los dirigentes del Fort Lauderdale le enviaron una invitación para que conociera las instalaciones del club y cuando regresó estaba encantado. Decidió irse por un año.

Paralelamente, la Selección se jugaba un cupo en el Mundial de España 1982. Para Figueroa, que ya quemaba sus últimos cartuchos en el profesionalismo, era la chance de jugar un tercer mundial, registro que ningún otro jugador chileno había logrado.

Al principio parecía que no iba a conseguirlo. El entrenador de la Selección era Luis Santibáñez, quien había llegado con la idea de renovar la escuadra chilena y dar cabida a valores jóvenes como Patricio Yáñez, Lizardo Garrido y Gustavo Moscoso, en desmedro de veteranos como Alberto Quintano y el mismo Figueroa. Este último, además, había decidido alejarse de la Roja («antes de que la Roja se alejara de mí») cuando partió a Estados Unidos.

Pero a poco andar Santibáñez se dio cuenta que necesitaba de un liderazgo como el de Figueroa, y echó pie atrás, pese a que recibió las críticas del medio por citar a las «vacas sagradas». Quienes no estaban de acuerdo con ese mote eran los propios seleccionados, que sabían lo que Elías podía significar dentro y fuera de la cancha. Uno de ellos era el colocolino Lizardo Garrido. «Cuando él estaba en la cancha uno tenía algunas certezas que tranquilizaban mucho. Yo pensaba, por ejemplo: “Si me pasan, está Elías; si me ganan por arriba, está Elías”. Esa era la seguridad que te daba», cuenta el ex defensa.

Otro que vivió de cerca la jerarquía y el respeto que inspiraba el central chileno fue Rodolfo Dubó. El ex volante recuerda sobre todo un pasaje de un match contra Argentina, en Mendoza. «En un córner Elías saltó a cabecear y uno de los argentinos lo golpeó. Él no había visto quién era, así que me preguntó a mí y yo le dije, claro. En el segundo tiempo vino otro córner, Elías se acercó a este jugador y se la cobró. Claro que nadie se dio cuenta, porque esa era justamente una de las gracias de Elías. Cuando terminó el juego, este argentino se acercó y le pidió disculpas. Era nada menos que Daniel Passarella», dice Dubó.

Cuando terminaron las eliminatorias —Chile había compartido grupo con Ecuador y Paraguay— el equipo de Santibáñez había conseguido la clasificación sin perder un solo partido y sin goles en contra. El esquema ultradefensivo del técnico había sido muy criticado por la prensa, pero los resultados eran innegables y nuevamente la ilusión desmedida se apoderaba del medio futbolístico nacional. Así, Chile viajó a España con la maleta cargada de ilusiones.

El desempeño de la Selección en España, sin embargo, estuvo muy lejos de las expectativas. Todo partió con la derrota por 0 a 1 ante Austria, que incluyó el desmoralizador penal desperdiciado por Carlos Caszely. Luego vendría Alemania Federal, que pasó por encima de Chile con un apabullante 1 a 4 y que solo caería en la final ante Italia. El último partido, con un equipo que virtualmente tenía las maletas listas para el regreso, fue un 2 a 3 frente a Argelia. Aunque llegó lesionado(21), Figueroa fue capitán en esos tres partidos, los últimos que jugó con la camiseta nacional.

Al regreso lo esperaba Colo Colo, el equipo en el que jugaría su último torneo profesional antes del retiro. El club popular había salido campeón en 1981, y había repatriado desde Estados Unidos al histórico zaguero. Aunque los albos no pudieron revalidar el título en 1982, el paso de Figueroa por el equipo más ganador y popular de Chile sirvió para cerrar la leyenda. El ya citado Lizardo Garrido, parte de ese plantel, recuerda cómo fue su llegada. «El camarín era una locura, todos decíamos “llegó el maestro”. Pero él trataba de ser siempre uno más del plantel. Si había que tomar jugo, tomaba jugo. Si había que correr veinte kilómetros, corría veinte kilómetros. Él podía haber corrido diez y nadie le iba a decir nada, pero eso no iba con él. Pese a que al final no salimos campeones, ese fue un gran año», afirma.

A comienzos de 1983, tras un empate ante Universidad de Chile (2-2), Elías Figueroa decidió que su carrera estaba terminada. «No hice ningún anuncio. Simplemente me dije “este va a ser el último”. Era 1 de enero y estábamos concentrados. Nos habían dado permiso para pasar la medianoche en casa con las familias, pero a la una ya estábamos de vuelta en el hotel. Y de pronto me pregunté qué hacía yo ahí en lugar de estar con mi familia. Además que no quería seguir jugando en algún equipo de segunda división, como hacen algunos. Con la carrera que había tenido eso me parecía injusto», dice.

Un año más tarde, el 8 de marzo de 1984, tuvo lugar la despedida del crack. A la cita llegaron figuras como Teófilo Cubillas y Rivelino, pero también su primer entrenador y su primera profesora de colegio. Elías dice que todo fue muy bonito, y que el Nacional estuvo repleto ese día, con cinco mil personas que no pudieron ingresar. Era el marco apropiado para despedir al mejor jugador que ha nacido en Chile. A un grande entre los grandes, como certifica lo dicho por el célebre Franz Beckenbauer, quien se calificó a sí mismo como «el Figueroa de Europa».

Claro que la frase que mejor retrata al defensa de Villa Alemana, al niño que venció a la difteria y la poliomielitis, al central que dejó una huella en cada una de las canchas que conocieron su talento, al hombre que pudo llenarse de gloria con la camiseta nacional de Brasil pero prefirió ser fiel a la Selección de su país, la acuñó Nelson Rodrigues, periodista y dramaturgo brasileño. Rodrigues escribió: «Elegante como un conde de smokin, peligroso como un tigre de Bengala, Elías Figueroa fue el zaguero perfecto».

 

Notas

(1) Figueroa se refiere al campeonato juvenil jugado a principios de 1964, donde la escuadra chilena compartió el segundo puesto con Colombia y Paraguay. Entre otros, la nómina chilena incluía los nombres de Carlos Reinoso, Mario Moreno y los arqueros Leopoldo Vallejos y Jaime Berly.

(2) Rubén Marcos, mediocampista de Universidad de Chile, fue autor de los dos goles que Chile consiguió en el Mundial de 1966.

(3) Rubén Marcos y el peñaflorino Gallardo, delantero de la Universidad Católica, fueron los goleadores de la Roja en ese torneo, con tres anotaciones cada uno.

(4) El personero de Independiente que llevaba las negociaciones con Wanderers era Julio Grondona, hoy presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y vicepresidente senior de la FIFA. Elías ha dicho en algunas entrevistas que cada vez que se topa con Grondona este le dice: «Me dejaste plantado, Figueroa».

(5) En una entrevista al sitio de noticias soychile.cl, Marcela Küpfer reveló que tras ese episodio volvió a quedar embarazada, pero que no se atrevió a tener un nuevo hijo, no podía superar la perdida de las trillizas, de manera que abortó. Luego de eso no le fue posible quedar embarazada otra vez.

6 Lo obrado por Peñarol era común en aquellos años. Para dar solución al conflicto entre los clubes y las selecciones nacionales, la FIFA estableció un calendario oficial que contempla ocho o nueve fechas por año en las que los clubes están obligados a ceder a sus jugadores aunque se trate de encuentros amistosos. Son las llamadas «fechas FIFA».

(7) De local, la Selección había empatado con Uruguay (0-0) y había ganado a Ecuador (4-1). De visita, había sacado un empate en Guayaquil (0-0), y debía ganar en Montevideo si quería llegar a México. La Roja nunca ha ganado en el legendario estadio de la capital uruguaya: a esas alturas registraba siete derrotas y tres empates.

(8) Este episodio aparece narrado por Elías Figueroa en Risco, F., Se lo merecen, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2006.

(9) Los títulos gaúchos de 1969 y 1970 inauguraron una racha que se extendió por ocho campeonatos, hasta 1976. Hasta 2014 Inter era el único octa-campeón de Rio Grande do Sul y además uno de los cinco equipos brasileños que nunca había estado en segunda división.

(10) En su autobiografía, Carlos Caszely rememora la llegada del zaguero al aeropuerto moscovita. «Estábamos en la sala de tránsito —escribió el delantero— y la figura de Elías Figueroa apareció por la puerta; así se acoplaba otro valor más a la historia, un jugador importante por todo lo que representaba. Todos nos alegramos y el Zorro (Álamos, técnico de la Selección) respiró un poco más tranquilo. Elías nos contó el viaje y la pelea que tuvo con su mujer, Marcela, cuando le informó que no llegaría porque iba a viajar con la Selección. Llegó pidiendo una camisa manga larga o algo que le abrigara del frío que hacía».

(11) El ucraniano Blokhin se hizo acreedor del Balón de Oro en 1975. Hasta el cierre de este libro fungía como director técnico de su club de toda la vida, el Dínamo de Kiev. 12 Caszely lo recordaría así en su libro. «La vuelta al camarín fue con aplausos del público, reconociendo el buen desempeño del cuadro de la estrella solitaria. Era tanta la alegría en el camarín que pasaron inadvertidos los dolores de cabeza de Quintano y Figueroa, (provocados) de tanto rechazar centros aéreos».

(13) Tostao (1971), Teófilo Cubillas (1972) y Pelé (1973) se hicieron con el premio antes que Figueroa.

(14) Tendrían que pasar bastantes años para que otro jugador nacional, Marcelo Salas (1997), repitiera la hazaña. Casi una década después resultaría elegido Matías Fernández (2006).

(15) Hasta 2014 había varios registros del «Gol Iluminado» disponibles en el portal de internet YouTube.

(16) Solo dos jugadores compartían hasta 2014 con Figueroa el mérito de haber sido tres veces los mejores de América. Eran el brasileño Zico (1977, 1981, 1982) y el argentino Carlos Tévez (2003, 2004, 2005).

(17) En 1979 el Inter superó su marca: salió campeón invicto. Claro que a esas alturas Figueroa ya no estaba en sus filas.

(18) Araya, C., «Elías, una intimidad que todos deben conocer», revista Foto Sport, 1977.

(19) Para el Mundial de 1978, los países sudamericanos disponían de 3,5 cupos. Como Argentina era local, sólo quedaban en disputa 2,5. Se formaron tres grupos de tres equipos. El ganador de cada grupo pasaba a una liguilla final para elegir quién iría a la Copa del Mundo de manera directa y quién iría al repechaje. Brasil y Perú consiguieron pasajes directos. Bolivia tuvo que ir al repechaje, donde cayó ante Hungría.

(20) La última derrota de Palestino antes de iniciar sus 13 meses de invicto fue ante Ñublense, el 31 de julio de 1977.

(21) Llegó al Mundial con un desgarro en uno de los isquiotibiales y un esguince en el dedo gordo del pie derecho, según consigna una nota de La Tercera.

 

Entrevistados

Rodolfo Dubó

Lizardo Garrido

Hernán Godoy

Elías Figueroa

Ricardo Figueroa

Marcela Küpfer

Ignacio Prieto

Leonardo Véliz

 

Bibliografía 

Caszely, C., Calle larga con final de pasto, Santiago de Chile: Editorial Forja, 2011.

Marín, E., La historia de los campeones, Santiago de Chile: Autoeditado, 1988.

Risco, F., Se lo merecen, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2006.

Sin autor, Historia de la selección chilena 1910-1998, revista Don Balón, Santiago de Chile 1998.

Araya, C., «Elías, una intimidad que todos deben conocer», revista Foto Sport, 1977.

Cares, L., «Los niños piden cancha», revista Foto Sport, 30 de agosto de 1978.

Díaz, D., «El título de Mejor de América se lo quité a Pelé», La Tercera, 2 de enero de 2013.

Riquelme, J., «Elías Figueroa reveló que se casa de nuevo tras 50años», soychile.cl, 24 de agosto de 2013.

«13 contra Carlos Caszely», revista Foto Sport, 30 de agosto de 1978.

Editorial, revista Estadio, 6 de agosto de 1974.
«El mejor del año», revista Estadio, 7 de julio de 1975.

«Conversando con Elías», revista Estadio, 31 de marzo de 1966.

“Los 11. Los mejores jugadores de la Roja”, versión impresa.

“Los 11. Los mejores jugadores de la Roja”, versión e-Book.