Legionarios de Cristo en Chile: Dios, dinero y poder

(La Copa Rota-Periodismo UDP, 2008)

Andrea Insunza y Javier Ortega

A mediados de 2004, un sacerdote chileno llegó a Roma con un dossier confidencial. Gracias al cardenal Jorge Medina, lo recibió el cardenal Joseph Ratzinger. El dossier contenía denuncias de abuso sexual contra Marcial Maciel, fundador de la Legíon de Cristo. Ratzinger prometió que tomaría medidas. Meses después. Como Benedicto XVI, lo hizo: Maciel fue apartado de su ministerio.

El episodio es una de las revelaciones de este libro, un relato periodístico con documentos inéditos y más de cien testimonios, que repasa por qué la Legión es una de las órdenes favoritas de la elite chilena. Desde su llegada en 1980 con la venia del cardenal Raúl Silva Henríquez hasta la compra de la Universidad Finis Terrae, pasando por los nexos tejidos por su recaudador y vocero, John O’Reilly, con la UDI y empresarios como Eliodoro Matte y Guillermo Luksic. Todo, bajo una máxima: influir en la sociedad de vértice a base.

Andrea Insunza
Periodista de la Universidad de Chile y Master of Arts en Periodismo Política de Columbia University. Ha trabajado en los diarios La Época y La Tercera. En este último medio fue subeditora de la sección política y del suplemento Reportajes. Es coautora de Bachelet. La historia no oficial (2005), Los archivos del cardenal. Casos reales (2011) y Volver a los 17. Recuerdos de una generación en dictadura (2013). Desde 2004 se desempeña como investigadora del Centro de Investigación y Publicaciones (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP, entidad que dirige desde 2014.

Javier Ortega
Periodista de la Universidad de Chile y magíster en Opinión Pública de la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en los diarios El Mercurio, La Época, La Hora, El Metropolitano y La Tercera. En este último fue subeditor del suplemento Reportajes. Es coautor de Bachelet. La historia no oficial (2005), Los archivos del cardenal. Casos reales (2011) y Los archivos del cardenal 2. Casos reales (2014). Desde 2004 se desempeña como investigador del Centro de Investigación y Publicaciones, donde coordina el área de investigación periodística.

“NO ME HABLE DE ESO”

 Al despuntar los ‘80, los Legionarios de Cristo pidieron la autorización de Raúl Silva Henríquez para instalarse en Chile. El Consejo de Vicarios se opuso y un chileno que había trabajado para la orden en México, trató de persuadir al cardenal para que rechazara la solicitud. Sin embargo, el prelado mantuvo su decisión. Años después se arrepentiría.

Tal como ocurre cada dos semanas, un selecto grupo de sacerdotes ha llegado a la casa del cardenal Raúl Silva Henríquez, en calle Simón Bolívar 2843, para participar en la reunión del Consejo de Vicarios1. Se inicia la década de 1980, y la máxima autoridad de la Iglesia Católica en Chile ha resuelto exponer la petición elevada por una novel, poco conocida y ya polémica congregación religiosa nacida en México, para instalarse en el país.

La mayoría de los presentes, que no suman más de 20 personas, prevé que el tema en tabla será zanjado aprisa. Aunque ninguno de los religiosos conoce los pormenores de la historia de los Legionarios de Cristo –la congregación fundada en 1941 por el mexicano Marcial Maciel Degollado–, hay acuerdo en que difícilmente un cardenal que se ha enfrentado ya por siete años a la dictadura de Augusto Pinochet, y que es tildado en la elite oficialista como “el cura rojo”, aceptará que Chile sea la puerta de entrada al continente para un movimiento religioso en extremo conservador, incubado en las clases altas y muy cercano al poder empresarial. Menos, si esa congregación debe parte importante de su crecimiento al apoyo prestado en España a mediados de los ‘40 por la dictadura de Francisco Franco.

Silva Henríquez se ha reunido ya con los emisarios enviados por la Legión a Chile, los sacerdotes Raymund Cosgrave –un irlandés que jugará un rol central en la expansión de la orden en Chile y llegará a ocupar altos cargos en la congregación– y el mexicano Alfonso Samaniego, entonces rector de la Universidad Anáhuac, fundada por la Legión en 1964, en México.

Justamente a raíz de ese encuentro, el cardenal les anuncia a sus vicarios:

-He recibido a dos sacerdotes legionarios de Cristo. Ellos han solicitado, a nombre de la congregación, mi permiso para instalarse en el país. Y he resuelto autorizar su ingreso.

La idea es recibida con sorpresa y oposición. Uno a uno los miembros del Consejo de Vicarios intentan convencer a Silva Henríquez de dar pie atrás.

-Cardenal, perdóneme, pero usted sabe que a ellos les dicen los “Millonarios de Cristo”. ¡Sólo se dedicarán a atender a los ricos!-, reclama uno.

El encargado de la Pastoral Obrera, Alfonso Baeza; el Vicario de la Zona Oriente, Cristián Precht, y otros influyentes sacerdotes, como el Obispo Auxiliar de Santiago, Jorge Hourton, comparten esa postura. Quien manifiesta una opinión discrepante es el Vicario para la Educación, Víctor Gambino.

En una cruzada solitaria, Gambino –miembro de la orden de los Salesianos, la misma del cardenal– argumenta que los Legionarios de Cristo podrían ayudar a resolver la crisis que enfrentan varios de los establecimientos educacionales dependientes del Arzobispado, que no cuentan con suficientes sacerdotes y religiosos para asegurar su continuidad.

Aunque parece un problema más bien doméstico, lo cierto es que esta situación se ha generado como una consecuencia no deseada del Concilio Vaticano II (1962-1965), iniciado por el Papa Juan XXIII, y la reunión de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) realizada en Medellín en 1968. En la década siguiente, el proceso de reforma de la Iglesia Católica y la declarada “opción preferencial por los pobres” ha repercutido en que varios integrantes de congregaciones como la Compañía de Jesús y los Sagrados Corazones, se hayan trasladado a vivir en comunas de sectores populares, dejando en manos del Arzobispado varios de los colegios que en las décadas anteriores habían sido manejados por ellos. A eso se suma que otro importante número de sacerdotes ha renunciado a sus votos, alejándose de la Iglesia Católica2.

 El asunto es primordial para Silva Henríquez, primero por formación, pues el principal apostolado de los Salesianos es la vocación educativa, pero también por las responsabilidades de su cargo3. Los vicarios han escuchado varias veces las quejas del cardenal por la falta de sacerdotes. Y aunque saben de esto, insisten.

-Ellos no solucionarán el problema, cardenal. Usted verá cómo pronto los tendremos en el barrio alto-, alega uno de los presentes.

 -Sé muy bien la fama que tiene la Legión… –retruca el cardenal, pero, como en otras ocasiones, es notorio que no dará pie atrás.

 -Al menos oblíguelos a hacerse cargo del Zambrano-, propone otro de los presentes. La moción despierta apoyo. El sacerdote alude al Instituto Zambrano, un colegio administrado por el Arzobispado de Santiago, emplazado en Estación Central, que originalmente estuvo a cargo de la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y que en los ‘80 educa a niños y jóvenes de clase media baja.

 Al cardenal le parece una sugerencia atendible. En los días posteriores vuelve a tratar el tema con otro sacerdote, Jorge Medina, en su casa de Simón Bolívar. Medina, al igual que Gambino, emite una opinión favorable. “En ese tiempo, no sé por qué motivo, yo estaba bastante cerca del cardenal Silva Henríquez. Recuerdo que yo estaba en el despacho del cardenal y él me preguntó. Yo le di una opinión favorable, y recuerdo que le fascinó la idea del Zambrano”, recuerda Medina4.

 De este modo, Silva Henríquez abre formalmente las puertas para el ingreso de los Legionarios de Cristo a Chile. Desde entonces, y en tan sólo tres décadas, el grupo experimenta un explosivo crecimiento, penetrando la elite chilena gracias al selectivo proselitismo que desplegarán tanto sus sacerdotes como los miembros del Regnum Christi, el paraguas que agrupa también a los integrantes laicos del movimiento, mucho más numeroso que el brazo eclesial de la Legión y que resultará esencial para su expansión5.

Aunque silencioso, el crecimiento de los Legionarios de Cristo en Chile estará marcado de hitos relevantes en los que, aparte de las críticas y los enemigos, habrán ganado influencia y aliados muy poderosos.

La “mala fama” que precede a los Legionarios de Cristo antes de su llegada a Chile tiene un antecedente: la experiencia vivida por un grupo de profesores de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que a mediados de los ‘70 se radica en México para trabajar en la Universidad Anáhuac y en los colegios dependientes de la Legión.

 En 1974, el decano de la Escuela de Educación de la UC, Luis Celis, recibe al mexicano Florencio Sánchez en las oficinas del ex convento de las Monjas Francesas en Ñuñoa, donde está emplazado el Campus Oriente de la universidad, en el que entonces se agrupan las disciplinas relacionadas con las Humanidades y las Ciencias Sociales6.

 Sánchez es un laico consagrado de la Legión de Cristo, es decir, un seglar que compromete los mismos votos que un sacerdote –pobreza, castidad y obediencia–, sin haberse ordenado. Hijo de una familia aristócrata mexicana, el joven Sánchez –alto, de tez clara y rasgos finos–, hace gala de su elegancia y buen tino para mostrar, sin atropellar, que posee el poder total para cumplir la misión encomendada por el superior de la congregación: contratar a una decena de académicos chilenos que ayuden a fundar en México la Escuela de Administración Educacional de la Anáhuac.

La visita de Sánchez –quien con los años llegará a ser sacerdote de la Legión– se concreta en agosto de 1974, tres meses antes de que el vicealmirante (R) Jorge Swett Madge cumpla un año como rector delegado de la Católica, luego de que la universidad fuese intervenida por la Junta Militar en noviembre de 1973. Su periplo en búsqueda de académicos ha incluido Brasil y Argentina. Pero Chile tiene dos atractivos especiales para la Legión: por un lado, el prestigio de los académicos de la Facultad de Educación de la UC –algunos de los cuales también trabajan en la Universidad Técnica del Estado-, y, por otro, aún más, el hecho de que se trate de una universidad “Pontificia”, es decir, dependiente del Vaticano. Un detalle que para los legionarios será clave a la hora de decidir.

 En la reunión con Celis, a la que también acuden algunos directores de departamento de la Facultad, Sánchez se muestra muy ejecutivo, pregunta sobre el perfil de los académicos –incluidas algunas referencias sobre personas específicas–, recoge un par de revistas y se despide. Parte a México, informa a sus superiores, y dos meses después regresa a Santiago7.

Algo ha cambiado, eso sí: Sánchez conversa esta vez con Rafael Hernández Samaniego, profesor de Filosofía y católico ferviente, quien en 1976 asumirá en reemplazo de Celis. El mexicano propone entonces hacer un convenio de intercambio entre las universidades Católica y Anáhuac. Sin embargo, el trato queda en nada.

 Mientras esto ocurre, Sánchez cita a alrededor de 50 profesores al Hotel Tupahue, emplazado en calle San Antonio, en el centro de Santiago. Acompañado por el sacerdote Alfonso Samaniego –el mismo que seis años más tarde se reunirá con el cardenal Silva Henríquez–, entrevista a los candidatos, que poco y nada saben de la congregación.

Entre los chilenos hay un joven profesor que hace clases en el colegio jesuita San Ignacio de El Bosque. Muy cercano a la Compañía de Jesús, interroga a Sánchez y Samaniego sobre la historia del movimiento. Le responden que se trata de una congregación con bases en México, España, Italia, Irlanda y Estados Unidos.

-¿Cuál es el carisma de ustedes? ¿Con quiénes se identifican? -, pregunta el chileno.

-Mire, para hacerle el cuento corto, le voy a decir lo siguiente: nuestra espiritualidad es muy parecida a la de los jesuitas, porque nos hemos inspirado en la mejor de las congregaciones-, declara Sánchez.

La respuesta satisface al chileno, quien días después recibe la noticia de que es uno de los diez seleccionados para trabajar con la Legión en México. La oferta, de hecho, se amplía: la orden desea que su esposa, también profesora, trabaje con ellos. Los mexicanos han reparado en una característica de la profesional: es rubia y tiene ojos azules. “Usted no se imagina lo que es tener estos rasgos en México”, enfatiza Sánchez.

En una semana, el emisario cierra el trato, de palabra, con cada uno de los elegidos. El grupo se divide en dos. Están, por un lado, los profesores ligados a la UC, que trabajarán en la Universidad Anáhuac: Gabriel de Pujadas Hermosilla y Sebastián Viviani cumplirán funciones en la administración central, Carlos Bravo Arnello llegará a ser director de la Escuela de Administración Educacional, cargo en el que será reemplazado por el chileno Jaime Moya Cabello; y Santiago Quer oficiará de asesor del rector de la universidad, el padre Faustino Pardo. A ellos se sumará Francisco Huerta, quien, al igual que los últimos tres, colaborará en la creación de la Escuela de Administración Educacional de la Anáhuac.

El otro grupo de profesores chilenos –Sergio Ávalos, Julio Fernández, David Leiva y Patricio Véjar–, asesorará a los colegios de la congregación, especialmente al Cumbres mexicano.

 A fines de 1974, el grupo parte escalonadamente a México, país gobernado entonces por Luis Echeverría, militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI), quien asila a la viuda de Salvador Allende, Hortensia Bussi, y rompe relaciones con la Junta Militar encabezada por Pinochet, después del Golpe de Estado. Pero estos profesores chilenos no están relacionados con los exiliados políticos. Más bien permanecen cerca de sacerdotes, consagrados y seglares vinculados a la Legión, como testigos privilegiados de la época de oro del movimiento en México, el período en que su influencia crece en la elite económica y política de ese país.

Los chilenos palpan de inmediato cómo los Legionarios de Cristo tienen como precepto conquistar a los líderes, para evangelizar “de vértice a base”. Se encuentran con una universidad y tres colegios destinados a educar a la elite. En la Anáhuac, de hecho, es notorio el distinguido perfil de los estudiantes: muchos de ellos llegan al campus en automóviles con chofer o guardaespaldas personales, los denominados “guaruras”. Son hijos de grandes empresarios o de relevantes figuras políticas. Entre los apoderados está, por ejemplo, José López Portillo, quien sucederá a Echeverría en la presidencia de México en 1976.

 Los colegios están destinados al mismo grupo objetivo. Mientras el Instituto Cumbres educa a la clase alta mexicana, hay otros establecimientos aún más exclusivos, como el Instituto Irlandés, de hombres, y el Colegio del Bosque, de niñas, destinados a millonarios empresarios que buscan un ambiente más exclusivo aún para sus hijos. Ahí Carlos Slim, quien llegará a ser uno de los hombres más ricos del mundo, inscribe a sus vástagos8.

Poco a poco los chilenos van reparando en detalles propios del estilo de vida de los estudiantes que acuden a los establecimientos de la Legión.

 -¿Quién tiene un jet privado aquí?-, pregunta en una ocasión un profesor. La mitad de los alumnos levanta la mano.

 A varios de los invitados les llama la atención la elegancia de los sacerdotes, que visten ternos o trajes oscuros de marca Pierre Cardin, un lujo por ese entonces, y que a diferencia de los religiosos chilenos se relacionan muy naturalmente con aspectos más mundanos de la vida social mexicana.

El choque cultural es fuerte. En el Instituto Cumbres, a mediados de la década del ‘70, todavía se utilizan métodos como el “azote” para reprender a los alumnos, incluso con el consentimiento de los padres. Además, los sacerdotes fomentan el secretismo, para que los estudiantes concurran a actividades del Regnum Christi, sin revelárselas a sus padres, de modo de generar mayor mística y compromiso con el brazo laico del movimiento. Esta práctica está ligada a la experiencia de la Iglesia Católica mexicana en la primera mitad del siglo XX, cuando fue perseguida. Algo que influirá especialmente en el carisma que Maciel infunde a la Legión9.

 Cuando lleva sólo tres meses en ese país, uno de los chilenos decide renunciar. Es el primero. No comparte el método de enseñanza, ni el modus operandi de los legionarios: cada vez que presenta un proyecto en su rol de asesor del Cumbres, un superior –que permanece en el anonimato– adopta una decisión que le es comunicada por otro sacerdote, de modo que no puede debatir ni defender sus planteamientos.

 -Tenga paciencia, profesor. Esto va a cambiar, para eso los trajimos-, le prometen.

Un año más tarde, las condiciones son las mismas. Esta vez, su renuncia es indeclinable.

Desde entonces, el profesor sostiene tres encuentros en los que relata su experiencia a sacerdotes o autoridades eclesiásticas. El primero es con un miembro de la Compañía de Jesús, en México. “No haga nada en contra de ellos… Usted no tiene una congregación detrás que lo apoye”, le recomienda el sacerdote.

 El segundo ocurre un par de años después, en Chile. El profesor visita al sacerdote Jorge Hourton, en la oficina de este último en Recoleta, donde se desempeña como Vicario de la Zona Norte de Santiago. Es 1978 y Hourton es el primer integrante de la Conferencia Episcopal chilena en tener noticias de primera mano sobre la congregación fundada por Maciel. Dos años después, en 1980, Hourton integrará, en su calidad de obispo auxiliar de Santiago, el Consejo de Vicarios que se opondrá infructuosamente a la llegada de la Legión a Chile.

 Precisamente en 1980 se concreta el tercer revelador encuentro, esta vez con Raúl Silva Henríquez. Tras enterarse de la petición de los Legionarios de Cristo para instalarse en el país, un sacerdote jesuita cercano al prelado, se contacta con el profesor, quien ha retomado su labor docente en Santiago, para invitarlo a una reunión con el jefe de la Iglesia chilena.

 La conversación se realiza a puertas cerradas en Simón Bolívar. Allí el docente relata otra vez su experiencia en México. Entonces interviene el jesuita:

-Don Raúl, no haga tal de traerlos a Chile. No son un grupo que esté en la línea de la Iglesia chilena, no defienden el Concilio Vaticano II. ¡Son el momiaje mismo, cardenal!

-No, no, no creo. A mí me han dicho que hacen buenas obras. -Oiga, padre –insiste el docente–, no deje entrar a estos tipos. -Lo que ocurre es que estamos necesitados de sacerdotes. ¡Es-tamos atravesando una crisis de vocaciones!-, argumenta el cardenal. Y ante la insistencia, endurece sus palabras, aludiendo a cómo la Compañía de Jesús descuidó en los años anteriores sus vínculos con la elite chilena.

 -¿Qué quieren? Ustedes son los que han dejado de lado a la clase alta. Yo soy pastor de todo Chile, y si ellos vienen a trabajar con las clases altas, bienvenido sea10.

La elite santiaguina se identifica, entonces, con dos grupos religiosos. Uno es el Movimiento Apostólico de Schoenstatt, fundado en Alemania en 1941 por el padre José Kentenich, quien crea personalmente el movimiento en Chile en 1949. Exactamente diez años después se instala en el país el segundo grupo, el Opus Dei, formado en España, en 1928, por Josemaría Escrivá de Balaguer.

 Algunos sacerdotes que conversan en privado con Silva Henríquez sobre la llegada de los Legionarios a Chile, afirman que el cardenal autoriza el ingreso de la congregación justamente para contrapesar a este último grupo.

 En el libro “El Imperio del Opus Dei en Chile”, de la periodista María Olivia Monckeberg, el sacerdote de la prelatura Francisco Baeza, explica: “Al que le costó más entender al Opus Dei, al comienzo, fue al cardenal Raúl Silva Henríquez, pero tampoco tuvimos ninguna cosa especial”. El texto agrega que, desde su llegada a Chile, en 1959, el Opus Dei nunca invitó al cardenal a una actividad, salvo en 1980, cuando bregaban por la beatificación de Escrivá de Balaguer, cuestión que Silva Henríquez les hizo ver. Según esta versión, los sacerdotes cercanos al cardenal criticaban “el ‘paralelismo’ que advertían en el Opus respecto de la jerarquía de la Iglesia” y que los colegios ligados al movimiento “no se identificaran como colegios católicos ni participaran sus directivos en las reuniones de los colegios de Iglesia”11.

Así, cuando la Legión de Cristo toca las puertas de la arquidiócesis de Santiago, al cardenal Silva Henríquez le inquieta el crecimiento del Opus Dei. Y en ese contexto se las abre: para debilitar al movimiento de Escrivá de Balaguer.

 Silva Henríquez les dice a algunos de sus vicarios que, en el peor de los casos, la congregación mexicana le hará el peso a la prelatura: “Por último, le van a ir a competir al Opus en el barrio alto”. Al menos dos sacerdotes que conversan en ese entonces sobre la llegada de los Legionarios de Cristo a Chile con el cardenal, recuerdan esta respuesta:

-El Opus está agarrando mucha fuerza en Chile y no hay mejor astilla que la del mismo palo.

Consultado respecto de si tenía antecedentes sobre esta tesis, el padre John O’Reilly, vocero de la Legión de Cristo en Chile, no la afirma ni la descarta. Sólo responde: “El cardenal Silva era brillante, un hombre de mucha visión, un hombre eclesial, de Iglesia. Pensaba en el bien de la Iglesia”12

***

No es Chile el destino predilecto de los Legionarios de Cristo en el ocaso de la década del ‘70. Treinta años antes, la congregación consolida su crecimiento en México y España, para instalarse durante los ‘50 en Italia. En los diez años siguientes, la Legión se expande a Estados Unidos y, especialmente, a Irlanda. Y, en los ‘80, Maciel resuelve abrazar Sudamérica13.

Inicialmente, el país escogido para aterrizar en este continente es Venezuela. Hay una razón: cuando en 1946 Marcial Maciel se radica en España, recibe el apoyo monetario de algunas familias venezolanas que se transformaron en “bienhechoras” de la Legión. Por esos años, ese país vive la bonanza del petróleo desatada en 1923, con el descubrimiento de los primeros yacimientos. Por esa razón, el “Padre Fundador” o “Nuestro padre”, como es llamado por los miembros del movimiento, desea inaugurar la expansión hacia el sur desde ese país. Pero la gestión de una chilena hará cambiar la decisión14.

María Paz Rodríguez, alumna del colegio Villa María Academy, llega a fines de los ‘70 a Chile, después de haber vivido en México, país en el que se integra al movimiento. La joven transmite su experiencia a sus amigas en Santiago y forma un pequeño grupo de mujeres dispuestas a integrarse al Regnum Christi, la organización que reúne a laicos y sacerdotes Legionarios de Cristo15.

 La “Paca” Rodríguez, como la conocen en la Legión, solicita que viajen a Chile algunos sacerdotes legionarios, para que puedan dirigir los “encuentros”, es decir, las reuniones en que los laicos del Regnum Christi reflexionan sobre el evangelio y se proponen apostolados grupales para difundir la obra de la congregación, buscando vías para consolidar su crecimiento.

 Acogiendo su solicitud, en 1978 se trasladan a Chile, cada dos o tres meses, los españoles Mariano de Blas y Gustavo Izquierdo. Al año siguiente, son apoyados por las mexicanas Mercedes de la Torre y Ángeles Martín Colea, quienes se radican durante un año en Santiago, siguiendo una práctica de las mujeres laicas del Regnum Christi, quienes “entregan” un año a la Legión, para cumplir las tareas que se les encomienden16.

Como resultado de esto, se funda en Chile la “Sección Señoritas” y el Regnum Christi sienta sus bases incluso antes de la llegada formal de los Legionarios de Cristo17. Esto es lo que cambia las prioridades de Maciel en su plan de expansión por Sudamérica18.

La época en que los Legionarios arriban a Chile es más que favorable para sus aspiraciones de crecimiento. El que la joven María Paz Rodríguez quisiera seguir contando con la asesoría espiritual de sacerdotes legionarios, se entiende porque conoció a esa congregación en México. Sin embargo, la creciente convocatoria que consigue entre sus compañeras tiene que ver con un tema mucho más de fondo, hecho notar por Silva Henríquez: la orfandad que en esos años siente la elite chilena respecto de la iglesia local, profundizada por las diferencias entre la dictadura de Pinochet y el cardenal, férreo defensor de los derechos humanos; un vacío que muy bien sabrán aprovechar movimientos conservadores como el Opus Dei y la Legión de Cristo.

 Aunque el Opus Dei se instala en Chile a fines de los ‘50, su crecimiento inicial es lento. El mundo vive una época convulsionada, de cambios y revoluciones; no de conservadurismo.

En 1974, cuando Josemaría Escrivá de Balaguer visita el país –un año después del Golpe Militar–, se sorprende por la precariedad con que opera el movimiento en Santiago. Aunque el Opus Dei ya ha fundado sus dos colegios –Tabancura y Los Andes, en 1970-19, la Obra cuenta con sólo nueve sacerdotes, doscientos numerarios, y mantiene un bajísimo perfil20.

Será en los ‘80, en plena dictadura, cuando la Obra –que en 1982 devendrá en una prelatura– comenzará su más franco crecimiento. Eso es exactamente lo que ocurre con la congregación fundada por Marcial Maciel, tras el cambio de planes incitado por María Paz Rodríguez21.

El 30 de mayo de 1980 se abre el primer centro de apostolado en Santiago, y dos meses después, en julio, los Legionarios de Cristo se instalan en Chile con la expresa autorización del cardenal Silva Henríquez. El sacerdote español José María Escribano será el primer superior de la congregación en la capital, aunque en los hechos quien detentará el control de la comunidad será el irlandés Raymund Cosgrave. Héctor Galván asumirá la dirección del Instituto Zambrano, en marzo de 1981, cumpliendo el compromiso con Silva Henríquez. Un pacto que, con los años, los legionarios tratarán de romper, despertando primero la molestia del cardenal y generando, en las décadas posteriores, fuertes roces con la jerarquía de la Iglesia Católica en el país22.

En una sociedad polarizada como era el Chile de entonces, los legionarios encuentran un aliado clave: el nuncio apostólico Angelo Sodano, quien llega al país en 1978, como embajador del Vaticano, cargo que ocupará durante diez años.

 Sodano presta apoyo a los Legionarios de Cristo y al Opus Dei. Lo hace por dos razones. Primero, porque ambos movimientos están en la línea del papa Juan Pablo II, quien busca borrar de Latinoamérica la influencia de la Teología de la Liberación, surgida en este continente a fines de los ‘60. El segundo motivo es más doméstico: la relación de Sodano con el cardenal Silva Henríquez es tensa, pues este último interviene en política contingente al defender los derechos humanos de los opositores a la dictadura. Para Sodano resulta más fácil, afable y cordial, relacionarse con los sacerdotes Opus y legionarios que no se pronuncian sobre la espinuda contingencia, escudándose en que deben abstenerse de emitir juicios en lo que catalogan como “asuntos opinables”.

La amistad entre Sodano y los sacerdotes legionarios permite, de hecho, que Marcial Maciel conozca al nuncio, en una de sus visitas a Santiago. Este vínculo será esencial para el futuro de la congregación: desde que Sodano regresa a la Santa Sede en 1988, y en 1991 es nombrado Secretario de Estado del Vaticano, apoya el crecimiento de la Legión e, incluso, se le responsabiliza por la demora de la Iglesia Católica para investigar al padre Maciel, luego de las graves denuncias por pedofilia presentadas en su contra.

***

En junio 1983, el cardenal Raúl Silva Henríquez presenta su renuncia al cargo de Arzobispo de Santiago ante el Papa Juan Pablo II, meses antes de cumplir 75 años de edad. En su reemplazo es designado el obispo de La Serena, Juan Francisco Fresno –con un perfil más moderado que su antecesor–, quien en 1985 es designado cardenal.

Tres años después de la dimisión de Silva Henríquez, en 1986, los Legionarios de Cristo fundan en Santiago su primer colegio: el Cumbres. Se trata todavía de un establecimiento pequeño, ubicado en Manquehue 146, en Las Condes, pleno barrio alto. El objetivo declarado de la Legión es conquistar a la elite de Santiago, por lo que concentran en este establecimiento los recursos captados entre sus “bienhechores”. El Instituto Zambrano, en cambio, permanece en las mismas instalaciones de Estación Central, pertenecientes al Arzobispado, sin que la congregación destine más fondos que los estrictamente necesarios. Lo que sí hará la orden, desde 1989, será inaugurar los colegios Mano Amiga, destinados a niños pobres, y que tres décadas después representarán el 25% de su red educacional escolar23.

El Instituto Zambrano, en todo caso, se mantendrá siempre en un segundo plano. En los ‘80, varios sacerdotes legionarios apenas visitarán el establecimiento y, en cambio, ofrecerán sus servicios como guías espirituales en colegios de mujeres y hombres del sector oriente de la capital, como el Villa María Academy, De La Salle, The Grange, y Apoquindo.

 Enterado de esto, un sacerdote jesuita visita al cardenal Silva Henríquez, en su residencia particular. Toca el tema, y alude a los nuevos pasos de la Legión para ganarse a la elite chilena.

 -¿Oiga, cardenal, y en qué minuto se le ocurrió a usted dejar entrar a los legionarios?-, le pregunta.

Silva Henríquez levanta su mano derecha, la mueve de un lado a otro, cierra un poco los ojos y hace un gesto de reprobación, como barriendo el aire.

-No me hable de eso, por favor, no me hable de eso-, responde.

Notas

1. El cardenal Raúl Silva Henríquez nació el 27 de septiembre de 1907 en Talca. Miembro de la congregación Salesianos de Don Bosco, fue ordenado sacerdote en Turín, Italia, el 4 de julio de 1938. En 1959 fue designado obispo de Valparaíso por el Papa Juan XXIII y en 1961 fue nombrado arzobispo de Santiago. Un año después fue designado cardenal. El 29 de septiembre de 1982, el Papa Juan Pablo II aceptó su renuncia por motivos de salud. Le sucedió en el cargo el cardenal Juan Francisco Fresno. Silva Henríquez falleció en Santiago el 29 de abril de 1999.

 2. Según estadísticas del Arzobispado de Santiago, hasta fines de 1970 habían renunciado al sacerdocio 202 personas. La cifra era impresionante, porque hasta 1960 se habían retirado sólo 35 sacerdotes. En 1970, además, no se produjo ningún ingreso al Seminario de Santiago. En Cavallo, Ascanio: “Memorias, cardenal Raúl Silva Henríquez”, Tomo II, Ediciones Copygraph, Santiago, 1991, Pág. 199.

3. Tres ex colaboradores de Silva Henríquez aseveraron a los autores que este tema fue una constante preocupación del cardenal. Uno de ellos, el ingeniero Reinaldo Sapag, afirmó: “Al cardenal siempre, siempre le preocupó la falta de educadores. Le dolía que una congregación se retirara del país o se alejara de un colegio”. Entrevista con Reinaldo Sapag, octubre de 2007.

4. Entrevista con el cardenal Jorge Medina. Febrero de 2008.

5. La historia y funcionamiento del Regnum Christi es abordada en detalle en el capítulo VI de este libro.

6. En 1973 Luis Celis era decano de la “Agrupación 10”, que incluía solamente a la Escuela de Educación de la UC.

7. El relato está basado en entrevistas a Luis Celis, decano de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica entre 1973 y 1976, y al académico Santiago Quer, quien también ocupó cargos de responsabilidad en la misma entidad. Las entrevistas se realizaron, por separado, en mayo de 2007. Los autores guardan registro de estas conversaciones.

8. El ranking publicado por la revista Forbes en marzo de 2008 ubica a Carlos Slim en el segundo lugar del listado de hombres más millonarios del mundo. Al mexicano se le adjudica una fortuna no patrimonial superior a los 60 mil millones de dólares. Slim queda por debajo del empresario Warren Buffet, con 62 mil millones de dólares, y por encima de Bill Gates. Agencia EFE, 6 de marzo de 2008.

9. México y el Vaticano rompieron sus relaciones diplomáticas a fines del siglo XIX. A partir de la Constitución Mexicana de 1917, la Iglesia Católica fue desconocida como institución jurídica e independiente, y pasó a ser sujeto del control del Estado, al punto que se le prohibió adquirir y administrar propiedades e impartir enseñanza religiosa. En 1992, bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se promulgó en México la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, vigente desde el 16 de julio del mismo año, con lo que se reconoció jurídicamente a la Iglesia Católica en el país. Poco después, en septiembre, se establecieron relaciones diplomáticas con el Vaticano. La forma en que la persecución religiosa en México marcó a Marcial Maciel se aborda en el capítulo II de este libro.

10. Quienes conocieron de cerca a Raúl Silva Henríquez afirman que el cardenal era partidario de que la Iglesia Católica fuese un reflejo de la sociedad, de forma que incluyera diversos carismas. Reinaldo Sapag, uno de sus amigos más cercanos, señala: “Aunque en términos generales el cardenal creía que la mejor educación era la de los Salesianos, aceptaba otras visiones. Siempre pensó que dentro del abanico de instituciones de la iglesia, no podía cerrarle la puerta a ninguno. A tal punto fue esto que cuando se formó la Academia de Humanismo Cristiano –que nació perteneciendo al Arzobispado por Derecho Pontificio y cuyo presidente era el cardenal–, él no puso objeción para que personas promarxista formaran parte del profesorado”.

11. Monckeberg, María Olivia: “El Imperio del Opus Dei en Chile”, Ediciones B, Santiago, 3ª edición, julio de 2004, Pág 199.

12. Entrevista con el padre John O’Reilly, vocero de la Legión de Cristo en Chile. Los autores se entrevistaron con él en siete ocasiones, entre fines de 2005 y agosto de 2007. Todas las conversaciones con el sacerdote fueron grabadas, y los autores guardan registro de las mismas.

13. Información oficial de los Legionarios de Cristo: http://www.legionariesofchrist.org/articulos/seccion.phtml?se=355.

14. Entrevista con el padre John O’Reilly. Ver pie de página N°12. Sobre la predilección de Maciel por Venezuela, señaló: “Cuando él llevó los primeros grupos a España, varias personas de Venezuela le ayudaron con becas y recursos”.

15. Pardo, Gabriel: “El desembarco de los Legionarios en Chile”, El Mercurio, cuerpo Reportajes, 28 de mayo de 2006, Pág. 20.

16. Información oficial de los Legionarios de Cristo: http://www.legionariesofchrist.org/articulos/categoria.phtml?lc=se355_ca931_ci913.

17. El Regnum Christi se funda formalmente en Chile en 1982.

18. Los Legionarios de Cristo se instalarán finalmente en Venezuela en 1983. El plan inicial de Marcial Maciel también contemplaba que la Legión desarrollara sus labores de apostolado en Brasil y Argentina, antes que en Chile. La congregación se instaló en Brasil en 1985 y en Argentina recién en 1994.

19. La historia oficial del Opus Dei señala que “en los años 1969-70, algunos padres de familia comenzaron los colegios Los Andes y Tabancura, confiando la dirección espiritual de ellos a la Obra”. Esto significa que, legalmente, los colegios no son propiedad de la prelatura, sino que de los apoderados. Se trata de una figura jurídica que les permite no reportarse directamente del Arzobispado.

20. Monckeberg, María Olivia. Ob.cit. Págs. 191-201.

21. Thumala, María Angélica: “Riqueza y Piedad. El catolicismo de la elite económica chilena”, colección Debate, Random House Mondadori, Santiago, 2007. Pág 54. La autora señala: “El restablecimiento de la relación (de la clase alta) con la Iglesia ha ocurrido al interior de estos movimientos, que se volvieron populares en la elite chilena durante el periodo del régimen militar y que se consolidaron, especialmente el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, durante los años ‘80 y ‘90”.

22. La relación de la Legión de Cristo con el cardenal Francisco Javier Errázuriz es abordada en en el capítulo XI de este libro.

23. El primer colegio Mano Amiga se fundó en la comuna de Recoleta, en 1989. Según la versión oficial de la Legión de Cristo, el establecimiento abrió sus puertas con un total de 32 alumnos de prekinder y kinder. En 2002, se sumó el colegio Santa Teresa de Jesús, de La Pincoya –al que los Legionarios de Cristo asesoraban desde los ‘90–, y en 2003 el colegio Fernández León, en LloLleo, Quinta Región. Para 2009 estaba prevista la inauguración de un cuarto establecimiento de la red, en la comuna de Colina.

TIERRA DE CREYENTES

Prólogo de Carlos Peña

Este libro es una investigación acerca de cómo, en breve tiempo, un movimiento religioso –los Legionarios de Cristo– logra adquirir una porción nada desdeñable de fieles, poder e influencia pública.

A primera vista el asunto no reviste mayor interés (¿acaso no hicieron algo parecido los jesuitas? ¿no se dedican a eso las religiones preocupadas de modelar el mundo a partir de sus creencias?); pero a poco andar se descubre lo que hace de la rápida expansión de este movimiento algo hasta cierto punto peculiar y digno de análisis: el movimiento nació atado a la memoria del anticlericalismo mexicano de los años 1926 a 1929 (de ahí le viene, parece, su gusto por el sigilo); su mentor, Marcial Maciel, fue acusado de abusos sexuales y apartado de su Ministerio por el Vaticano (algo que a sus fieles chilenos no les hizo mella); aparece como competidor del Opus Dei (aunque al parecer es menos ascético); llegó a Chile en medio de la dictadura (y bajo los auspicios del cardenal Silva Henríquez); posee una relevante posición en el ámbito educativo (algunos de los mejores colegios le pertenecen); es riguroso en la proclamación de los códigos de conducta morales (pero comprensivo con su transgresión); es hábil en la expansión de sus redes (especialmente si el capital social va acompañado del económico); y parece preocupado, ante todo, de evangelizar a las elites socioeconómicas, a esos grupos que se sitúan por arriba en la escala invisible del prestigio y del poder (como si pensaran que convenciendo a quienes tienen influencia, los demás vendrán por añadidura).

Así, entonces, los Legionarios de Cristo cumplen los dos requisitos básicos para que se haga cargo de ellos el buen periodismo: en esa rápida expansión deben esconderse buenas historias (como lo prueban las páginas de este libro) y en ellas, no cabe duda, hay interés público. Después de todo ¿cómo no va a interesar a todos la existencia de un movimiento que aspira –en conformidad a sus creencias– a modelar la vida que tenemos en común y que para eso se preocupa de expandir su fe, sobre todo entre grupos empresariales, políticos y educativos? Instituciones educativas, asociaciones empresariales, grupos de interés, sectores de la derecha política, son sólo algunas de las áreas de influencia de los Legionarios quienes, mediante la presencia casi ubicua de algunos de sus sacerdotes en cócteles, embajadas, celebraciones festivas y rituales de dolor, expanden poco a poco su influencia.

Pero, por supuesto, al lado de las peculiaridades que relata en todos sus pormenores este libro, los Legionarios participan además de algunas de las características generales que reviste la religiosidad hoy día en nuestro país.

Y es que, según muestran las cifras, con modernización y todo, nuestro país es una tierra de creyentes.

Los estudios sobre religiosidad efectuados por el International Social Survey Programme para una muestra de 31 países, señalan que Chile posee un alto índice de creencias religiosas (vid. Lehman, C. ¿Cuán religiosos somos los chilenos?, Estudios Públicos, 85, 2002). Nuestro país está, por su alto índice, lejos de países tradicionalmente católicos (pero hoy día descreídos) como Portugal, Italia o España, y más cerca, en cambio, de países como los Estados Unidos, cuya religiosidad es profusa y variopinta (al extremo que en algunas zonas del sur las iglesias son tan abundantes como los supermercados y Darwin sigue siendo un enemigo jurado de la fe). Al revés de lo que habitualmente se creyó, los procesos de modernización, al menos en Latinoamérica y en Estados Unidos, no han hecho a la gente más descreída, más apática a los pliegues del misterio, sino, por el contrario, más ávida de ellos.

Ese es también el caso de Chile, donde, sin embargo, las creencias se están modificando sostenidamente. El número de católicos, por ejemplo, disminuyó de 76,7% entre los mayores de quince años que había en el año 1992, a un 70% para el año 2002, y, mientras tanto, el 15,1% se declaró, en el último censo, evangélico; una cifra que el año 1992 ascendía ya a 12,4% y el año 1970 a sólo 6,18% (INE, Censo 2002, Síntesis de resultados). Estas cifras son, de otra parte, consistentes con otros estudios de opinión pública que muestran la presencia, concentrada sobre todo en sectores populares, de los credos evangélicos de origen metodista, asociados a la figura popular de Canut Le Bon.

Así, entonces, nuestro país está lejos de esas imágenes de la secularización que fueron tan populares en los ‘60, cuando se pensaba que la modernización –el urbanismo, la industrialización y la expansión del consumo– iba a espantar a las creencias religiosas y en cualquier caso a despojarlas de su fuerza orientadora.

¿Significa lo anterior que la secularización está lejos de nosotros como lo mostraría, al margen de sus peculiaridades, el mismo caso de los Legionarios que, como cuenta este libro, han logrado hacerse de la voluntad de grupos que lejos de estar apartados de la expansión del consumo o de los procesos de modernización son algunos de sus principales partícipes?

cEn ningún caso. Aunque suene paradójico los Legionarios son también y hasta cierto punto una forma de secularización.

Charles Taylor (A secular age, Harvard, 2007) ha sugerido que la secularización puede entenderse en tres sentidos distintos. Como una retirada de la religión de los espacios públicos, como una disminución de las creencias religiosas o, en fin, como una transformación de las creencias en opciones electivas (algo acerca de lo cual también ha llamado la atención Peter Berger en Modernidad, pluralismo y crisis de sentido, en Estudios Públicos, 63, 1996).

De esos tres sentidos de la secularización, los Legionarios parecen participar del tercero.

Hay en ellos un cierto protestantismo que es como Peter Berger llama a este aspecto electivo que se extiende poco a poco en la religiosidad de toda índole. Las instituciones religiosas, dice, “son proveedoras de un mercado de opciones”.

Pero esas opciones van, por supuesto, más allá de la cuestión religiosa en sentido estricto. Alcanzan modos o estilos de vida.

Al revés de lo que ocurría cuando la catolicidad era casi tan natural como la respiración, hoy día se elige el modo de ser católico.

Ser católico, para muchos grupos, equivale a adoptar un estilo de vida y de relaciones a las que cada uno se adscribe voluntariamente, casi como un acto de consumo. No es lo mismo ser católico del Opus que serlo de los Legionarios o de Schoenstatt. Por supuesto, se comparten los dogmas católicos y se participa de sus ritos; pero se adosa a ellos otra serie de aspectos relativos al estilo de vida, desde los hábitos de consumo a las relaciones sociales, de la educación a los ritos cotidianos, desde la sociabilidad a la política, que son propios de cada uno de esos movimientos los que operan así como “marcadores sociales” y es probable sirvan, en no pocos casos, también como mecanismos de ascenso. Este aspecto electivo de la religiosidad parece ser especialmente notorio en el caso de los Legionarios y es probable que un economista neoclásico (entre los Legionarios ha de haber más de uno) fuera capaz de explicar, desde la teoría de la elección racional, por qué es atractivo y beneficioso elegir ese movimiento.

A ese carácter electivo (que en cualquier caso sería un rasgo de toda la religiosidad contemporánea, sólo que en este caso parece más acentuado) se suman todavía otros rasgos que aparecen en el relato de este libro y que poseen un gran interés para quienes se interesan por la dimensión social y pública del fenómeno religioso.

Los Legionarios parecen enfatizar más los aspectos rituales y ceremoniales de la fe, en vez de centrarse en el logos y en la palabra. De ahí quizá que este tipo de movimientos sean muy eficaces a la hora de proveer consuelo y seguridad.

Y es que a diferencia del Opus Dei (con quien parece disputar la hegemonía entre las elites económicas) el Movimiento del Reino de Cristo parece menos sofisticado intelectualmente. No hay en él doctrinas de tanta raigambre como la doctrina del “deber de estado” que ha hecho del Opus un verdadero ascetismo intramundano que dota de sentido sobrenatural a la eficiencia y el trabajo bien hecho. Por eso espiritualidad de la Obra es lo más parecido que uno podría conocer en estos días a la ética calvinista de los primeros tiempos, sólo que allí donde el trabajo ahogaba la angustia, aquí asegura la santidad.

Nada de eso, en cambio, parece haber en los Legionarios de Cristo. Este parece ser un movimiento menos racionalizado que el Opus. Y por lo mismo es probable que se expanda –como ocurre con otros sistemas de creencias– confiando más en los vínculos sociales o matrimoniales, que en la seducción intelectual o el vigor pastoral.

Como lo muestra este libro, los Legionarios parecen haber aprendido que las redes y los contactos que se adquieren en esa compleja trama de rituales y de encuentros que están a la base de toda sociabilidad, valen más, o lo mismo, que el capital económico con el que parecen relacionarse también muy de cerca. Uno de los aspectos más notorios de este movimiento, según relata este libro, es la delectación de algunos de sus sacerdotes, por la vida social y las relaciones tejidas al compás de celebraciones y de encuentros.

Por supuesto, en principio no hay nada malo en este tipo de movimientos. Después de todo, Chile es un país laico tolerante con todas las creencias religiosas sin excepción y con cada una de las modalidades que esas creencias adoptan. Y cada individuo tiene derecho a adscribir a aquella que su voluntad o su sentido del misterio le indiquen. Pero del hecho que se trate de movimientos legítimos, no se sigue que sean enteramente privados. Está en la misma índole de la fe que estos grupos cultivan y comparten, modelar con sus creencias cuestiones de tanto interés público como las relaciones entre los géneros, asuntos de moralidad sexual, distribución de oportunidades o reglas de justicia social. En otras palabras, los Legionarios abrigan convicciones relativas no sólo a su propia vida, sino también convicciones y creencias respecto de la vida de los demás que procuran expandir en la esfera de la cultura.

En otras palabras, los Legionarios tienen preferencias no sólo personales (es decir, atingentes a cómo han de vivir su propia vida) sino también externas (o sea, relativas a cómo deberían vivir la vida los demás) y por eso su empeño por expandirse en la esfera educativa y en las elites socioeconómicas es algo que reviste un evidente interés público. Estos movimientos (que ejercitan la libertad religiosa a que tienen derecho) merecen el escrutinio y el análisis crítico de quienes se interesan por los asuntos públicos. Y ello no porque tras sus creencias, sus reglas y sus ritos exista una trama oculta que sea necesario develar. Tampoco porque si su fundador fue castigado por abuso sexual, debamos también sospechar de sus seguidores. Nada de eso. Es simplemente que este tipo de movimientos que, junto con encender la fe, a veces apagan la racionalidad de sus miembros, tienen también el propósito de modelar nuestra vida en común –la suya y la mía– y eso es más que suficiente para que debamos interesarnos por ellos.

Por eso este libro de Andrea Insunza y Javier Ortega –sus nombres a estas alturas son casi sinónimos del periodismo de investigación– no tiene por objeto juzgar la verdad de las creencias de quienes son Legionarios, ni aspira impedir a nadie que oriente su vida por ellas. En cambio, persigue algo que está a la base del buen periodismo: ofrecer al escrutinio del lector prácticas sociales y puntos de vista que, de otra manera, influirían sigilosamente y sin ningún control en nuestra vida pública.

 

 

Legionarios de Cristo en Chile: Dios, poder y dinero. versión impresa.

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