La Frontera

(Catalonia-PeriodismoUDP, 2015)

Ana Rodríguez Silva y Pablo Vergara Espinoza

Un carabinero desplegado en el sur; un weichafe o guerrero mapuche que luchó en la clandestinidad; la viuda de un parcelero asesinado; un policía encubierto en la «Zona Roja». Los cuatro son algunos de los testimonios que recoge este libro, la primera investigación periodística a fondo y desapasionada sobre el llamado «conflicto mapuche». A medio camino entre la crónica de guerras y el relato de viajes, La Frontera se sumerge en el corazón de la Araucanía, entre comunidades indígenas pobres y paisajes sobrecogedores. Sus autores también entrevistan a algunos de los principales líderes del movimiento, así como a parceleros que se sienten vulnerados en sus derechos. Un trabajo imprescindible para entender por qué la causa mapuche reviste hoy, según sus autores, uno de los desafíos más sofisticados que ha debido enfrentar el Estado chileno: «La autonomía, que no es otra cosa que la descentralización radical de una república que desde su formación fue centralista y granítica».

(Para leer el primer capítulo del libro, elige la pestaña “Extracto”.)

(Para leer los prólogos de Matías del Río y Fernando Pairican, elige la pestaña “Presentación”.)

Ana Rodríguez Silva (1983)

Estudió periodismo en la Universidad de Chile. Ha trabajado en el diario electrónico El Mostrador, en el diario Las Últimas Noticias y en el semanario The Clinic, donde fue subeditora. Actualmente es editora de la revista El Paracaídas, de la Universidad de Chile.

Pablo Vergara Espinoza (1973)

Estudió periodismo en la Universidad de Chile. Ha trabajado en los diarios El Mercurio, La Hora, El Metropolitano y La Tercera, además de la revista Siete+7. Fue editor general del semanario The Clinic. En 2007 ganó el Premio de Excelencia Periodística de la UAH. Es coautor del libro Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas (2007).

Uno

El machi Celestino Córdova se pasó buena parte del juicio que lo condenó a pasar 18 años en la cárcel algo ausente, mirando incluso con cierta curiosidad a la gente que venía a declarar que él, un joven de 26 años, había participado en el ataque nocturno a una casa en que vivían dos ancianos a los que les prendieron fuego. Un ataque del que se conocen pocos detalles, aparte de la grabación telefónica al número de emergencias de la policía de una de las víctimas, contando que había disparos y que su marido estaba herido. Durante las semanas que duró el juicio, en el verano del 2014, Celestino no dijo una palabra. Qué lo llevó a participar de ese ataque es algo que solo se puede inferir de los comunicados que hizo circular mientras se desarrollaba el juicio, y que señalan que Celestino Córdova es un militante de la causa mapuche, que reclama los derechos de un pueblo que en el siglo XIX fue invadido por el Estado chileno y que durante todo el siglo XX fue amenazado con desaparecer. Celestino Córdova nació en 1987, cuando ya la dictadura de Pinochet —que hizo muchos esfuerzos por terminar con las comunidades— empezaba a prepararse para fracasar en el plebiscito del año siguiente. Su nacimiento está justo en el umbral en que el movimiento mapuche, replegado durante años, comenzaba a adquirir un nuevo ímpetu.

Creció con los hitos de ese movimiento, así como los hitos crecieron en violencia: Cumplió cinco años en 1992, cuando Aucan Huilcaman, el dirigente del Consejo de Todas las Tierras, comenzó con las recuperaciones simbólicas para aguar la celebración de los quinientos años del viaje de Colón, y que le valieron a Huilcaman ser procesado por Ley de Seguridad del Estado junto a otros 144 dirigentes. Cumplió diez en 1997, el año en que la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) debutó quemando los camiones de la forestal Mininco, en Lumaco, abriendo paso a un nuevo escalón en la lucha reivindicativa: el de la violencia como arma política. Tenía quince años cuando el Estado decidió caer sobre la CAM, ante el crecimiento de sus acciones en el sur y la preocupación de los empresarios madereros, y encarceló a sus principales dirigentes, y para cuando un oficial de Carabineros mató de un balazo a Alex Lemun, el comunero de 17 años, que muchos consideran el primer mártir del movimiento. Veintiuno, para el asesinato de Matías Catrileo, muerto cuando un carabinero le disparó por la espalda con una subametralladora Uzi, en enero de 2008.

El 2031, cuando Celestino Córdova cumpla su condena, tendrá 44 años. Nadie sabe qué pasará para entonces en el sur. Al momento de escribirse estas líneas ya había una generación de niños creciendo en un clima de violencia. De ambos lados: mapuche y colonos o parceleros. Mientras unos sufrían allanamientos, gases, balas y helicópteros; otros debían acostumbrarse a casas quemadas, disparos, rondas policiales. Quizá ocurra un milagro y la tierra que reciba al machi en libertad en ese lejano año se encuentre en paz, pero nada indica que eso vaya a ocurrir. Por el contrario, a principios de 2015 las señales decían precisamente lo contrario: que la brecha que el Estado chileno ha creado en la sociedad de las regiones Octava y Novena seguirá abriéndose. Si Celestino Córdova hubiera politizado el proceso que lo condenó -«juzgadme y condenadme, la historia me absolverá», como dijo Fidel Castro antes de ser Fidel-, un nuevo hito se hubiera sumado a la cronología.

Un hito ideológico, no un incomprensible hecho de sangre que 45 hizo perder al movimiento mapuche la supremacía moral con que contaba hasta ese momento. Con Celestino Córdova, una parte de ese movimiento se puso en el banquillo de los acusados, y la sociedad chilena visibilizó también —a su velocidad, porque los chilenos somos lentos— que existían parceleros que dejaban sus tierras aterrorizados o que grupos armados atacaban de noche casas de civiles para golpearlos e incendiar sus bienes. Celestino Córdova guardó silencio, aunque la tradición mapuche del debate y la discusión está más que viva.

Es cosa de recordar la carta enviada por el lonko de Temulemu-Traiguén, Pascual Pichun, al entonces Presidente Ricardo Lagos en el año 2003, cuando quedó libre luego de cinco años de encarcelamiento, acusado por amenazas de incendio al fundo del ex ministro de Agricultura, Juan Agustín Figueroa. La carta, una reivindicación política de autoridad a autoridad, dice así:

Presidente de La República
Casa de La Moneda
Santiago de Chile
2003
PRESENTE

Señor Ricardo Lagos, soy Pascual Pichún Paillalao, lonko mapuche de la comunidad Antonio Ñiripil de Temulemu, a quién la justicia chilena mantuvo por más de un año detenido en la Cárcel Pública de Traiguén junto al peñi Aniceto Norin y la lamngen Patricia Troncoso, sin pruebas ni antecedentes acusado de ser un “terrorista” y un «peligro para la sociedad». Como usted ya debe saber, hace una semana un tribunal de la novena región hizo finalmente justicia en nuestro caso y ratificó aquello que nosotros siempre dijimos ante los fiscales y la opinión pública. Me refiero a nuestra completa inocencia en todos los cargos imputados por el Ministerio Público. 46 Señor Presidente. Quince meses en la prisión, tres huelgas de hambre, el encarcelamiento de dos de mis hijos menores acusados también de «terroristas», el alejamiento obligado de mi familia, de mi trabajo en el campo y de mis peñi y lamngen en la comunidad, son los costos que tuve que pagar por ser un lonko mapuche y haber decidido luchar con dignidad por los derechos de mi pueblo. A nosotros nunca se nos encarceló por el incendio de la casa del señor Agustín Figueroa, como dijeron los fiscales. A nosotros se nos persiguió y se nos sigue persiguiendo en Chile por ser lonkos mapuche, por ser dirigentes de un movimiento, por ser luchadores sociales y por ser el recuerdo vivo de una campaña de exterminio inconclusa en la historia de este país sin memoria. Sepa usted ahora de mi propia voz que nosotros los mapuche jamás hemos sido ni seremos terroristas como nos acusan. Solo luchamos por lo justo, por nuestras tierras, por un futuro mejor para nuestros hijos y también por un futuro mejor para todo nuestro pueblo. Como lonko mapuche, tengo el mandato de representar a mi gente, de hablar por ellos muchas veces y de guiarlos en los tiempos buenos y también cuando las cosas se ponen difíciles. Es mi labor como autoridad mapuche señor Lagos, una labor que asumo con orgullo y que imagino es parecida a la que usted tiene como autoridad de todos los winkas o chilenos. Esta carta que hoy le escribo no es para lamentar nuestra suerte como mapuche sino para exigir de su parte un mínimo de respeto y justicia. Creo que usted como autoridad debiera hacer que los responsables de nuestro encarcelamiento paguen por su error. Me refiero a la señora Fiscal Regional, Esmirna Vidal y los señores fiscales Raúl Bustos, Alberto Chiffelle y Francisco Rojas. Ellos, con una actitud abiertamente racista en contra de nuestro pueblo, nos acusaron de un atentado y desoyeron nuestras declaraciones de inocencia en todo momento. Esa actitud, señor Lagos, viola el supuesto nuevo trato que usted dice representar y que tantos gobernantes como usted nos han prometido falsamente en otros tiempos. Por ello es que solicito que usted pida la renuncia a 47 estos personeros de su gobierno, especialmente a la señora Esmirna Vidal que ocupa un cargo de su confianza en la región. Ya vendrán tiempos mejores para nuestro pueblo y estoy seguro que nuevas generaciones seguirán luchando a futuro por nuestro territorio y sus derechos. Cuando usted ni yo estemos en esta tierra, sepa usted que otros mapuche seguirán peleando por lo que nos pertenece en justo derecho y otros lonkos asumirán el lugar que yo y tantos otros hermanos ocupamos hoy. Eso no debe usted olvidarlo nunca señor Presidente. Desde Temuko, Territorio Mapuche

PASCUAL PICHUN PAILLALAO

Lonko Mapuche de la Comunidad Temulemu – Traiguén

Hay dignidad en ese documento. Es de esas cosas que no se suelen leer cuando se habla de política chilena. Es un hombre hablando del pasado, doliéndose del presente y vislumbrando un futuro temible. Es imposible decir en qué termine todo esto. Como en el siglo XIX, una nueva invasión se esparce por lo que quedó de la Araucanía.

Lo que nos perdemos de los mapuche

prólogo de Matías del Río C.

Mientras no nos hagamos cargo de las abismantes diferencias culturales que hay entre la herencia europea y las originarias, conflictos como el de la Araucanía nos mantendrán en condena perpetua.
Un problema que no se reconoce, malamente se resuelve.
Con las experiencias internacionales, además, queda patente el error que cometemos. Hay desde sociedades que incluyen con estatus diferenciados a etnias ancestrales, hasta las que abonan la diversidad na- cional por medio de la inmigración, convirtiendo la multiculturalidad en el motor de su desarrollo. Pero aplastar y obligar a la adaptación a grupos minoritarios, hasta donde se conoce, jamás ha sido un manual de éxito.
Son pocas las cosas que recuerdo de mis clases en la escuela de Antropología de la Universidad Austral de Valdivia, en ese convulsionado
1988. Cursé solo el primer año de carrera, y las urgencias políticas no de- jaban mucho espacio para los conocimientos académicos profundos y de largo plazo. Pero hubo un ejemplo inolvidable en una clase, más poderoso que la inmadurez de un novato santiaguino emergiendo de la burbuja.
Una mujer pausada y bajita, pero a la vez apasionada, nos contaba de las aberraciones que se podían cometer tratando de ayudar desde el estado centralista a poblaciones en pobreza, cuando no se conocían los usos y costumbres de los beneficiados. era un programa de viviendas sociales en poblados semirurales cerca de temuco, recuerdo. eran casas algo más grandes que las que esas familias se habían autoconstruido, pero sobre todo con condiciones de aislación térmica mucho mejores, un gran avance en ese clima frío y húmedo durante varios meses del año. Se construyeron y entregaron, pero nunca se usaron. Las comuni- dades mapuche optaron por destinar estas casas firmes y modernas a sus animales, básicamente chanchos, y ellos se mantuvieron en las rucas. La razón era simple. el diseño de las casas no contempló un elemento cen- tral en la cultura local, un detalle menor para un funcionario dedicado a dar soluciones en serie: la puerta de entrada de la vivienda debía apuntar hacia el sol naciente cada día.

Así son las brechas culturales, a veces pequeñas, pero suficientes para cortar los puentes entre personas.
No se trata de enseñar la tolerancia, cuidado: eso implica un acto de superioridad de una costumbre por sobre otra. Se trata de enseñar que además de respetar las diferencias, hace falta aprender a comple- mentarlas en beneficio común. en lenguaje moderno le podríamos llamar sinergias. de lo contrario surgen las malditas desconfianzas, pre- juicios y mitologías. Que estos son borrachos, los de allá flojos y los de más allá ladrones. Y así vamos levantando los cercos entre miembros de una misma sociedad. entonces, la sinergia ni siquiera se convierte en suma cero: pasa a generar un saldo negativo, como ocurre en muchos lugares del Biobío al sur, con pobreza enraizada y un triste desarraigo de las costumbres milenarias.
La evolución y el mestizaje cultural pueden ser una gran cosa, pero la imposición es el camino corto, avanza poco y asegura una pésima relación.
La Frontera, este libro que tenemos en nuestras manos y que fue engendrado a fuego lento y con la humildad del que se sabe ignorante y quiere aprender sobre algo y alguien, podría perfectamente ser la nueva
«Pacificación de la Araucanía». es un gesto sanador a la vez que un ejer- cicio de honestidad intelectual, que recorre a pie el territorio de todas las verdades presentes en un conflicto tan diagnosticado como no resuelto.
No es un manual de soluciones, no es una mesa de diálogo. No tiene tan altas pretensiones. es más un laberinto que exhibe sus virtudes mientras se recorre. otros tendrán la solución de la salida.

Aquí cabe la voz del carabinero afuerino de Fuerzas especiales que intenta poner paz en parajes difíciles, por un paupérrimo viático; la de un colono al que le han quemado casas, bodegas, cosechas y hasta las fotos de sus antepasados que llegaron desde europa hace más de un siglo; la voz de un soldado de la causa dispuesto a dar su vida y a usar la violencia contra otros por recuperar la dignidad de su pueblo; la de la administradora de un museo en Cañete que se lo ha estudiado todo; la voz del cuidador de un fuerte español antiguo, que repite muchas historias de dudosa fiabilidad, pero llenas de entusiasmo; la de un cura Winka que trabaja en territorio intermedio y la de otro misionero jesuita en las profundidades; la voz de un historiador nortino convertido en experto en mapuchismo y la de otro que también tiene el Premio Nacional de Historia, pero que además posee la habilidad de ser el mayor provocador y figura contraria a las reivindi- caciones, que hiere cada vez que habla de araucanos y jamás de mapuche; también cabe la voz de una autoridad mestiza del poder central, que tran- sita desde el barrio cívico de la capital hacia la comprensión de esta causa, con los pies en la tierra, y la autoridad local, nativa en el mapudungun y que entiende que solo entrando en el sistema político chileno puede aportar a los peñis, con el costo de ser visto como un vendido.
Decenas de voces, en distintos tonos y lenguas, pero con una idea compartida por todos los que quieren convertir este vicio en virtud: las soluciones son múltiples, difíciles, demandan generosidad, pero por so- bre todo, «no pueden venir desde Santiago».
esta obra se convierte en una suerte de curso de probabilidades, con todas las mezclas posibles, pero con la exactitud de una operación matemática que entrega resultados. No numéricos pero sí deja el terreno fértil para que otros, a partir de La Frontera, saquen conclusiones y de una buena vez haya esperanzas. En este camino pedregoso de los testimonios surgen cientos de vivencias personales de gran profundidad, además de datos históricos objetivos. Con ellos como ingredientes, se puede cocinar el plato que se quiera. Por de pronto se comprenden los orígenes de los problemas, las cosas mal hechas y las cosas no hechas. Los abusos, las porfías, los intereses mezquinos, las brutalidades cometidas invocando el bien, la inconsciencia, los fanatismos, los espíritus violentos, las miradas miopes, el egoísmo, la ignorancia y un eterno etcétera. el resultado es conocido: un plato amargo.

Además del esfuerzo que aquí se hace por recolectar voces para ensayar una idea de lo que ocurre desde hace 500 años del Biobío hacia el sur, se echa mano con particular acierto al elementos gráfico de la historia. datos duros como que Angol debió ser fundada seis veces desde 1553 hasta la actual, en 1862, por la violencia y el estado permanente de guerra que reinaba en la zona. Las ejecuciones y los incendios eran moneda de cambio habitual para borrar la presencia del enemigo. o que cuando se independizó Chile su territorio no consideraba el área desde La Frontera hacia el sur, que siguió en manos de los naturales hasta la famosa «Pacifi- cación de la Araucanía» en la segunda mitad del siglo XIX.
Y qué decir de las distancias que el lenguaje se ha encargado de marcar en este conflicto centenario. en este libro varios entrevistados peñis y winkas hacen hincapié en algo muy cierto. Siempre en la edu- cación chilena nos hablaron de los mapuche en pasado: «Los mapuche eran…»; «los mapuche vivieron…».
Interesante resulta también la exploración que este trabajo litera- rio-periodístico hace acerca del surgimiento de lo que en la actualidad conocemos como «conflicto mapuche». Son los años de la dictadura mi- litar —según lo cuentan los propios fundadores de la temida CAM— los que dieron espacio para el nacimiento de este germen de lucha que por años pareció dormido, dominado, bajo la idea de que «ellos» ya se habían insertado, aunque no de buena manera. La violencia como método reivindicativo no es generalizada, pero la noción de identidad mapuche y el orgullo de serlo, hoy debe ser infinitamente superior que hace un par de décadas. es una fuerza creciente. Una bomba de tiempo o la oportunidad de ampliar las miradas en este país eternamente cerrado e insular.

Es cierto que a veces nos sentimos en un zapato chino, pero da la impresión de que al menos el piso de comprensión, y por ende de una solución beneficiosa, es mucho más alto. Poco se atreverían a discutir hoy la idea de que cuando un grupo de seres humanos sufre algún tipo de marginación, al menos se producen dos faltas graves: a la dignidad de los afectados y a la aspiración de progreso de la misma sociedad que comete el agravio.
¿Alguien podría discutir hoy que estados Unidos sería un país más atrasado si no hubiera líderes como tim Cook —Ceo de Apple— o Barack obama, gay uno y negro el otro, y que hace nada de tiempo hubieran tenido que vivir en el sótano? ¿o que Alemania hoy es la máquina que tira de casi toda europa en parte gracias a la fortaleza de Angela Merkel, la Mandataria que viene de la ex-RdA y ante la cual hoy no es tema ni su pasado comunista ni su condición de mujer, dos factores históricos de segregación?
Una sociedad que no es capaz de integrar a todos sus miembros, es una sociedad que hipoteca todas sus potencialidades. –
¿Cuántos talentos mapuche ha desperdiciado Chile? ¿Quiere este país seguir avanzando sin integrar a los potenciales científicos, profe- sores, músicos o deportistas mapuche, «solo por ser indios», como dice Pedro Cayuqueo en su libro?
Que los mapuche sigan siendo tratados como ciudadanos de segunda clase es humanamente inaceptable y un pésimo negocio para conseguir el progreso del país. Así de simple. Así de claro.

 

La frontera ideológica

Por Fernando Pairican
I

Pareciera que, a partir del nacimiento de la república criolla, la vieja frontera siempre ha estado rodeada de un aura de misterio. en su versión joven, en 1845, Ignacio domeyko la visitó en busca de los idealizados mapuche que Alonso de ercilla describió en su libro-mito sobre los es- partanos de la colonia más austral del imperio español. Su objetivo, cual mochilero del siglo XXI, era conocer el «país de indios semisalvajes que conservaban hasta ahora su independencia». Pero al llegar, domeyko no encontró a Leftrarü, ni menos a Pelantarü: encontró a mapuche que habían vivido como tal vez lo hacían sus antepasados. de las tradiciones y costumbres que desde los ojos de su Polonia ahogada por el imperio ruso y los prusianos le causaba otro tipo de admiración: « ¿No es digno de ver un país libre, independiente, aunque salvaje?», anotaba.
este libro, La Frontera, es un nuevo viaje, en pleno siglo XXI, a ese país en reconstrucción. Aquel al que sus descendientes ya le tienen nombre y bandera, pero que no tiene libertad. este es un libro que ha- bla de las consecuencias de ser ocupado militarmente. Que relata los resultados de intentar desintegrar a punta de pólvora y filo de bayonetas a seres humanos porque eran distintos. es un libro que narra las conse- cuencias de la intolerancia y lo preocupante que es cuando los intolerados comienzan a ser intolerantes. Un libro que relata cómo es cuando la existencia de unos debe ser a costa de la desaparición de otros. Y esos otros son seres humanos.

A través de sus crónicas, La Frontera da cuenta de la destrucción de una sociedad tradicional que fue incorporada a otra con una marca en la espalda que dice «indio». Son las consecuencias del esquizofrénico siglo XIX, momento determinante en la historia de la humanidad, que para los pueblos indígenas significó ser reducidos de su base material y forzados a la sobrevivencia. en algunos casos, ser paseados en zoológicos humanos por el continente que hablaba de la razón como pilar de la Ilustración. Los menos favorecidos, ser cazados en las pampas australes. es la historia de nuestros antepasados que explica mucho de sus descendientes actuales.
Pero este libro no es «Arauco tiene una pena». es un viaje a una revolución social que desde Santiago tal vez no sea percibida como tal, en una actitud propia del egocentrismo de las capitales sudamericanas. La Frontera nos habla de un proceso social de transformación que ocu- pa todas las herramientas disponibles en el repertorio político, desde la poesía hasta la violencia política consciente. del momento en que los descendientes de la ocupación comienzan a retomar su historia, escri- birla, recitarla, musicalizarla y la insertan en un proyecto que a estas al- turas no tiene olor a nacionalista, es abiertamente nacionalista y tiene un soporte religioso o cosmovisionario. Cuando las autoridades espirituales de un pueblo dejan de estar en el rewe y son llevadas a las barricadas de la liberación nacional. en palabras más simples: nos habla de cuando la religión converge en la política y ello refuerza la identidad. Y si a eso le sumamos marginalidad, discriminación y un pasado idílico, la raya de la suma nos termina dando potenciales conflictos étnicos radicales o abiertamente fundamentalistas.
La problemática no radica en una falta de identidad, como ase- gura en este libro el sacerdote José Fernando díaz. Por el contrario, es justamente el refortalecimiento identitario lo que podría explicar en parte la fragmentación de las tres regiones en las que permanecen los sobrevivientes de las reducciones.

Tales identidades se han construido por oposición y por reacción ante los intentos de borrar la particularidad mapuche del mapa. « ¿Qué es la cuestión de Arauco?», se preguntaba el liberal Benjamín Vicuña Mackenna cuando era diputado por Valdivia. Y se respondía: «Para mí no es, señor, sino un gran fantasma, fantasma sangriento, que se pasea durante tres siglos en nuestra historia, engañando a todas las generacio- nes como una ilusión óptica».
es justamente la existencia de identidades en la frontera del siglo XXI lo que explica por momentos la radical actuación de los personajes de este libro. Son formas de existencia que se miran y refunfuñan cada vez que se encuentran en los cercos de los campos. tal vez por eso el punto álgido del libro sea el juicio al machi Celestino Córdova, el momento clave en que la fragmentación identitaria de la Araucanía hizo crisis, antecedida por las balas que destrozaron el cráneo de Alex Lemun y las espaldas de Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío. en ese ámbito, la actuación política de los agricultores tal vez sea uno de los aspectos menos tratado en el libro; no se les visualiza como sujetos que han aportado a la fragmen- tación identitaria y a la violencia de la región. Son víctimas, pero porque el estado no ha cedido aún más a la presión de mantener a raya a los indígenas. Porque, seamos sinceros, la solución para los que exigen «Paz en La Araucanía» se resume en una palabra: represión.
el punto es que las estrategias coercitivas a lo largo de la his- toria no han demostrado eficiencia. Las soluciones pasan por avanzar en espacios donde los pueblos indígenas puedan ejercer su libre de- terminación, es decir, delegar poder a los que se les arrebató el de- recho de decisión. Aceptarlos como sujetos portadores de derechos y no como los hijos a los que se les dice cómo deben ser educados. La historia de la Araucanía en el siglo XX nos dice que intentos de incorporación, asimilación y dominación no dieron resultados. ¿Se- guimos por la misma senda o pensamos un nuevo tipo de contrato social? Como señala Jorge Pinto en este mismo libro, la cuestión ra- dica en que el estado que ocupó la vieja frontera y destruyó la socie- dad fronteriza, no ofreció a cambio, para los mapuche, otro modelo.

Sencillamente los subalternizó. es lo que hoy demuestra síntomas de agotamiento y explica la utilización de la violencia política como instrumento de acción.
II

Dos periodistas viajan a Cañete-tirúa, el epicentro de la Guerra de Arauco, en busca de los idílicos personajes que Alonso de ercilla retrató y que una parte de los mapuche ha vuelto a evocar en pleno siglo XXI con la noción del weichafe.
Su ruta continúa hacia Angol, el puesto de avanzada del diseño político-militar de Cornelio Saavedra con el fin de conquistar la Arau- canía, para terminar en el corazón de Wallmapu: temuco. Pero antes, visitan ercilla, Collipulli, Lautaro y las comunidades que El Mercurio gusta en llamar «conflictivas». Al mismo tiempo retornan a Santiago para seguir conversando con mapuche que viven en lo que algunos lla- man la diáspora. Libreta en mano van conversando con personajes co- munes y corrientes. Ahí radica lo fascinante del libro: en el cuidador de la réplica del fuerte tucapel que habla de pasillos subterráneos, el historiador del pueblo que habla como si los mapuche no existieran, la directora de museo que explica la historia mapuche desde la cosmovi- sión, el policía que custodia un pedazo de tierra y palos que se mueven con el viento de la cordillera de Nahuelbuta, y que protesta porque la comida es mala; el funcionario de inteligencia que hace seguimientos a personas en los buses, cerros y levanta información.
diálogos con weichafe, curas pro mapuche, agricultores antima- puche. Abogados e historiadores. Personas corrientes que hablan en los códigos heredados de las discusiones de la oligarquía del siglo XIX y que en parte tuvieron respaldo científico de algunos académicos a lo largo del siglo XX. Pero también hay conversaciones con el poder político chi- leno, como José Antonio Viera-Gallo o Francisco Huenchumilla. Y con el poder mapuche: Aucan Huilcaman, Héctor Llaitul, Adolfo Millabur y daniel Melinao. Ausentes quedan los personajes de derecha que han sido claves en hacer creer a la opinión pública que lo que sucede a nueve horas hacia el sur de Santiago es terrorismo.

Tal vez sean los relatos de los familiares de las víctimas el punto dramático que llama a reflexionar sobre la actuación sociopolítica de la vieja frontera. el testimonio de Mario Catrileo, Carmen Roa o el sen- timiento de injusticia en los mapuche cuando se decreta la libertad del werken Melinao. Sus historias dan cuenta de lo innecesario de sus ase- sinatos, de lo desastroso cuando el diálogo se olvida y asoma la cabeza la violencia; de lo inconducente que es que las fuerzas policiales tengan cercadas a las comunidades politizadas. de la pérdida de la valoración de la vida humana.
El tejido de la narración de La Frontera captura. Las descrip- ciones de los lugares, el sarcasmo a ratos, la seriedad en otros, las sub hipótesis que van irrumpiendo, el retrato de personajes que a veces ro- zan la incoherencia, hacen que, por momentos, parezcan dos periodistas visitando otro país, no el nuestro, fragmentado en regiones.
dos periodistas con impronta humanista recorren La Frontera para escuchar a los personajes de esta revolución social en marcha, preo- cupados por lo que está emergiendo en ese lugar y por las consecuencias de no atender la problemática cuando es el momento. Bien dicen los autores cuando explican que este libro es un prólogo de lo que viene, que narra las cicatrices que dejaron las bayonetas de un ejército que venció a Perú y Bolivia en el norte para emprender, fogueado, la misión de exterminar seres humanos en la vieja frontera. esas cicatrices, anotan los periodistas, hay que mirar bien para encontrarlas en la región. el temor: que esa frontera se está regenerando en convicciones ideológicas antagónicas. Y la advertencia hacia la sociedad civil, que no mide la re- levancia de lo que en el sur ocurre.
III

«Los mapuche tenemos buena memoria. No olvidamos fácilmente lo que nos ha ocurrido», dice un joven músico mapuche en este libro y sintetiza la discusión central: la disputa por la historia y la memoria. La historia como arma política, como herramienta de una verdad absoluta que provocará para todos insertarse en un sendero sin posibilidades de alternativas. Al secularizarse la historia se pierde el diálogo, porque se parte de verdades absolutas. Y una sociedad que parte de absolutos es una sociedad que edifica autoritarismos.

Mientras los mapuche sacan del deLorean a Leftrarü, Pelantarü o Kilapan, los agricultores descongelan a Hernán trizano y Cornelio Saavedra. Los más descabellados recuerdan con nostalgia los tiempos de la dictadura militar y la derecha no deja de hacer comparaciones del presente con la reforma agraria. Algunos mapuche se refuerzan en Frantz Fanon y los otros resisten citando al pie de la letra a Sergio Vi- llalobos. es la disputa, las dos caras del nacionalismo que se bate en La Frontera. Un discurso que sirvió como instrumento de resistencia y de unificación discusiva para revertir la nueva vulneración que se sintió cuando el neoliberalismo corregido se desplegó por la vieja frontera. Un juego arriesgado del que no podemos predecir los capítulos que siguen. en momentos que algunos miembros del pueblo mapuche basan
su legitimidad en base al Tüwun y Küpalme, la creación de una auto- determinación cívica se diluye ante los orígenes elitistas o aristocracia étnica que algunos impulsan en su interior. Son las dos almas que hoy se están disputando la hegemonía al interior de Wallmapu.
Con todo, el movimiento mapuche ha evolucionado en sus poco más de cien años de historia, desafiando al estado a romper esa mono- culturalidad a la que intentó acostumbrar a nuestros abuelos, a partir de una verdadera lucha por derechos civiles. en la práctica ha ocupado un amplio repertorio de acción política, pero en momentos, pareciera que la violencia política asume como la principal. en este libro, el intendente Francisco Huenchumilla hace un llamado a «retomar la senda tradicio- nalmente política», aceptando que fue la violencia política la que cambió el escenario y logró revertir, entre otros aspectos, el racismo. No obs- tante, toda ritualización de una forma de hacer política se termina por agotar. La capacidad de los buenos y buenas conductores es la de lograr interpretar para renovar y seguir avanzando en la utopía de muchos: la conquista de la autodeterminación.

La Frontera pone en relieve la incapacidad del estado y de sus go- bernantes para dar una solución cívica a la demanda de las naciones ori- ginarias. de la miopía de la clase política de modificar sus visiones que solo ayudan a fortalecer el nacionalismo étnico. Y de una derecha que sigue mirando a los mapuche con los prismas del siglo XIX. Mientras eso sucede, en Wallmapu, los agricultores insisten en que se defenderán y los mapuche en que resistirán. Y el pasado regresa fortalecido, dicen los autores. La niñez mapuche ya ha crecido en un clima de violencia. en paralelo, «el nacionalismo avanza y que en ese generoso caldo de cultivo que da el abandono del estado puede tener consecuencias tectónicas», advierten estos dos periodistas que cruzaron el río Biobío en pleno siglo XXI para describir esta vieja frontera que sigue teniendo esa aura mítica y misteriosa que cautiva.

La frontera. Crónica de la Araucanía rebelde. versión impresa.

La frontera. Crónica de la Araucanía rebelde. versión e-Book