El día en que murió Allende

(Catalonia-PeriodismoUDP, 2013)

Ignacio González Camus

Este libro reconstruye minuciosamente las últimas horas de vida de una democracia encasquillada por las divisiones. A través de un relato atrapante y sobrecogedor, que a ratos semeja un thriller político, Ignacio González Camus describe hora a hora la jornada que marcó la vida de miles de chilenos y cuyas huellas seguían palpables en nuestra sociedad incluso 40 años después de concluida.

Es también un detallado retrato del Presidente que ese martes 11 de septiembre de 1973 enfrentó su hora decisiva en el Palacio de La Moneda. Allí, rodeado de su círculo íntimo, prefirió morir antes que renunciar a su investidura. Gracias a testimonios inéditos de colaboradores, adversarios y testigos directos, el autor traza un perfil humano y político de Salvador Allende, clave para entender sus momentos finales y su legado en la historia.

Publicado por primera vez en 1988, El día en que murió Allende es un relato completo y referencia fundamental acerca de cómo transcurrió esa jornada histórica en el corazón del poder político, además de una reconstrucción de los desesperados movimientos previos de sus protagonistas, ya sea para impedir o para desencadenar la tragedia.

Manuel Vicuña

Ignacio González Camus
Periodista de la Universidad de Chile (1965). Fue jefe de prensa de radio Presidente Balmaceda, clausurada y sometida a censura previa varias veces por la dictadura militar, y presidente del Colegio de Periodistas entre 1984 y 1987, rol en el que desarrolló una tenaz lucha por la libertad de expresión. A partir de 1990 fue subdirector de prensa de TVN y jefe de prensa de Canal 11, así como director del diario La Nación. El mismo año de la publicación de El día en que murió Allende (1988) fue galardonado con el Premio Alfredo Moreno Aguirre de Embotelladora Andina, en reconocimiento a la calidad de un trabajo periodístico que le significó dos años de investigación, con entrevistas dentro y fuera de Chile. Además, González Camus es autor de Olor a miedo (Cesoc, 1991) y ha sido profesor de periodismo de investigación en las universidades Diego Portales y Andrés Bello.

ALARMA

A las 6.30 horas de la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, el capitán de Carabineros José Muñoz despertó a causa de un llamado telefónico

Un miembro del Grupo de Amigos Personales1 de Allende, los GAP o guardia de seguridad, estaba al otro lado de la línea.

Lo llamaba desde la residencia del Presidente Salvador Allende. Le pidió que fuera inmediatamente hacia allí.

Muñoz se levantó. Vivía en un bungalow ubicado en Tomás Moro 108: exactamente al lado de la amplia casa particular del Mandatario. Era cosa de caminar unos pasos.

La vivienda de Muñoz estaba pintada de color blanco. Alguna vez la había querido ocupar Beatriz Allende, la Tati, hija favorita del Presidente.

Muñoz se dirigió a la casa del gobernante. Estaba a cargo de la sección de seguridad presidencial de Carabineros de Chile.

En la residencia, rodeada de muros altos y gruesos, que estaban para proteger vidas y secretos, había sobresalto. Muñoz escuchó los comentarios recelosos, agudamente nerviosos, al ingresar.

Se hablaba de un levantamiento de la Armada en Valparaíso. Los GAP estaban contenidos, excitados, como si alguien los estuviese amenazando por detrás de la cabeza con un garrote. Olían el peligro.

En la calle, todo parecía tranquilo. Demasiado. Había un automóvil estacionado a alguna distancia del gran portón de entrada de la residencia.

Dentro del vehículo, inadvertido, sacándole hasta la última posibilidad de humo a su cigarrillo, estaba un oficial de Inteligencia. Vio cómo la figura de un oficial de Carabineros —Muñoz— franqueaba el portón.

El observador había permanecido la noche entera vigilando. El interior del vehículo estaba denso y fuerte con el olor a tabaco.

Muñoz entró a la casa. Le condujeron hasta donde se encontraba Allende. El Presidente vestía una chaqueta de tweed gris y una chomba de cuello redondo. No tenía, ni lejanamente, su elegancia habitual. —

¿Con cuánta gente cuenta? —le preguntó el Presidente. Muñoz le dio la cifra. Allende añadió otra interrogante: si todos estaban preparados.

El oficial asintió. —

Nos vamos a dirigir a La Moneda —añadió el gobernante. Escoja el mejor camino.

Muñoz sentía mucho orgullo por sus funciones. Se dirigió a su auto. Desde allí realizó consultas a la central de radio de Carabineros. Averiguó las informaciones sobre la situación y lo que estaba sucediendo en Valparaíso. Era un hombre celoso de sus prerrogativas y siempre intentaba ejercerlas.

Poco después, la caravana de tres autos y tres tanquetas de Carabineros en la que iba Allende salió de Tomas Moro. El grupo de vehículos tomó la mayor velocidad posible. Muñoz había escogido la ruta de Avenida Santa María y Bellavista, al lado Norte del río Mapocho.

El oficial de Inteligencia les vio partir y se comunicó con el Ministerio de Defensa: un edificio gris, pesado, rectilíneo, de ocho pisos, situado a unos cien metros de La Moneda.

El mensaje hizo sus recorrido. El destinatario acusó recibo con su rostro sonrosado, de ojos azules y bigote canoso.

Era el sub jefe del Estado Mayor General, general de la Fuerza Aérea Nicanor Díaz Estrada.

Él había dispuesto la noche anterior la vigilancia sobre Allende. Había enviado a un oficial que le merecía absoluta confianza, colaborador suyo en la investigación del asesinato del Edecán Naval del Presidente, comandante Arturo Araya.

Un rato después, fue informado de la llegada de Allende al Palacio de La Moneda. En el fondo de sus ojos, hubo un destello sardónico. Allende, protagonista del bando enemigo en esta guerra que se iniciaba, ya estaba en movimiento.

Mientras las luces del Ministerio de Defensa recién se iban apagando, la periodista Verónica Ahumada leía en su oficina de La Moneda los diarios de la mañana.

Era una joven morena, de labios gruesos, soltera. Tenía 23 años y todo el entusiasmo de estar participando en algún tipo de revolución.

Militaba en el Partido Socialista. Había comenzado a trabajar con Allende, su ilustre correligionario, en 1970, recién egresada de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile.

Se había unido al comando de la Unidad Popular que llevaba adelante la campaña presidencial de Allende. Luego del triunfo del abanderado, pasó, junto con todos los demás, a la Casa del Maestro, en calle Bulnes, en el viejo sector de Santiago Poniente, de grandes casas del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.

Esa vivienda era “La Moneda chica”, como la bautizaron los periodistas. En sus habitaciones, Allende afinaba sus planes y su futuro gabinete, intentando desmontar las maniobras que pretendían impedir en el Parlamento su ratificación como nuevo Primer Mandatario.

Como sólo había logrado una mayoría relativa en las elecciones, necesitaba de la confirmación del Congreso.

Allende negociaba y negociaba. La habilidad le salía a través de sus ojos alertas y socarrones. Cuando caminaba, era como un acorazado que avanzara seguro de sí mismo.

Desde que se había integrado a las tareas del Comando de la Unidad Popular, a Verónica se le había asignado la cobertura de las actividades de Allende. Cuando el político fue investido como Presidente, la muchacha pasó a la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia para encargarse de la información de prensa acerca de las audiencias del Mandatario.

Terminó con una pequeña oficina en el segundo piso del Palacio, compartida en los primeros tiempos con otro periodista: Carlos Jorquera, el Negro, amigo de Allende y, más que nada, de Augusto Olivares, el Perro, un cronista político muy cercano al Presidente.

Verónica había llegado esa mañana del 11 observando con un atisbo de intranquilidad La Moneda.

A las cinco de la mañana, había recibido el llamado telefónico del argentino Jorge Timossi, director de la oficina local de la agencia informativa cubana Prensa Latina. Timossi le anunció que la Armada se había sublevado en Valparaíso.

Pero en el palacio, en la semioscuridad de las primeras horas de la mañana, nada parecía anormal. El edificio gris, color cemento, sin pintura, erigido en el siglo XVIII, parecía una construcción que permanecería hasta la eternidad.

Como de costumbre, Verónica tomó una taza de café.

Diariamente, llegaba a la misma hora. Su primera tarea era resumir para Allende los ataques en su contra contenidos en diversos diarios. Lo hacía con letra mayúscula y a doble espacio, a fin de facilitar la lectura al Presidente. El propio Allende le había dado instrucciones para realizar esa labor.

Sobre el escritorio de la periodista, estaba la habitual pauta de actividades del gobernante. A las 11 horas, se contemplaba su visita a la Universidad Técnica del Estado.

Verónica sabía que, en ese lugar, a través de un discurso,

Allende convocaría a un plebiscito.

La Moneda se sentía silenciosa y aplastante, con sólo el personal del repostero del segundo piso y del aseo moviéndose. Muy pocas personas habían llegado a sus oficinas.

Verónica miró hacia la puerta: había aparecido, con alarma en su actitud, uno de los auxiliares.

—Señorita Verónica, están llegando unos tanques.

La periodista echó a caminar apresuradamente por los pasillos, hasta la sala de edecanes, situada en la fachada principal del palacio, en el segundo piso.

Los ayudantes de los edecanes ya estaban allí.

Verónica cogió el citófono y llamó a la residencia de Tomás Moro. Un GAP la atendió. Ella preguntó por Allende.

—No, no está. Ya salió para La Moneda.

—Pero, ¿él sabe lo que está pasando?

—Sí.

Verónica bajó por la escalera de mármol que daba a la entrada principal del edificio. Observó a miembros de la Guardia de Palacio, un grupo seleccionado de la policía uniformada. En sus tenidas verdes, se veían vigilantes y alertas, como cualquier día, pero con un atisbo de expectación. Aguardaban a Allende.

Verónica se sintió más tranquila. Esos hombres altos, de actitud resuelta, estaban con el Presidente, según le pareció.

Tenía un profundo recuerdo que contribuía a serenarla: el fracaso de un intento de sublevación militar desencadenado poco más de dos meses antes, el 29 de junio. Había sido el tanquetazo protagonizado por el Batallón Blindado 2.

Ella estaba en su oficina en esa ocasión.

Había escuchado el ruido de los tanques —un sonido de hierros que no calzaban bien— encabezados por el rebelde coronel Souper.

Allende había permanecido en Tomás Moro. Había llamado cuatro veces por teléfono a Verónica. En el primer telefonazo, le había pedido que le describiera la situación.

La periodista lo hizo. Se había asomado por las ventanas de la sala de edecanes y luego había hecho lo mismo desde el costado opuesto de La Moneda, en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Poco después, había aparecido el oficial a cargo de la Guardia de Palacio, señalándole que ella era la única mujer en La Moneda y que resultaba conveniente que abandonara el edificio.

El uniformado había pronunciado ante sus hombres, una frase que tenía muchos precedentes. No sonaba, en las circunstancias, tan altisonante como era:

—¡La Guardia de Palacio no se rinde!

Verónica se negó a abandonar el edificio. Dijo que ése era su sitio y que tenía la obligación de informar al Presidente de todo lo que estaba ocurriendo.

Allende la había llamado más tarde, una vez sofocada la sublevación. En signo de reconocimiento y con la intención de estimularla, le dijo:

—Tres coloradas, Verónica.

Habían pasado bien un trance peligrosísimo.

La muchacha volvió a su despacho, tranquilizada por tales recuerdos y por lo que veía: uniformados que parecían leales como en cualquier otra jornada.

Esa experiencia anterior, más la inminente llegada del Presidente y los demás signos, la hacían sentir que enfrentaba una situación que la ponía nerviosa, pero que no era extrema.

El día lunes 10 de septiembre, víspera de lo que sobrevendría, el presidente del Partido Demócrata Cristiano, senador Patricio Aylwin, se fue caminando desde el Senado hasta el edificio de su partido, en la Alameda.

Por la mañana, había estado reuniendo las firmas de los senadores para una presentación colectiva de renuncias, con el objeto de precipitar una solución política para la situación del país.

La actitud se había resuelto dos días antes —el sábado— en una reunión de presidentes provinciales del PDC.

Los representantes de las diversas regiones estuvieron duros, impacientes, en esa oportunidad.

Sus puntos de vista eran categóricos, poco matizados. En provincia había menos sutileza.

Primero habló el presidente de Arica, Héctor Aguilera. Aylwin iba tomando nota de lo que cada cual decía.

Aguilera lanzaba fuego por la boca. Aylwin fue anotando con un lenguaje sintético:

Crisis económica. Fracaso de las empresas tomadas. Bases piden línea dura, especialmente la gente modesta. Fuerzas Armadas como tabla con nosotros. Roces con la Unidad Popular y gobernador. Situación política no da para más. Otros partidos capitalizan nuestras vacilaciones. El Partido Nacional crece en Arica. DC debe recuperar el liderazgo. Disciplina. Respeto a los acuerdos de la Junta (Nacional del PDC). Rechazo declaraciones desconciertan bases. Caso concreto Tomic: que se le pase al Tribunal de Disciplina.

Todos los presidentes esgrimían el hacha de guerra contra el gobierno.

En la reunión terminó proponiéndose que los parlamentarios renunciaran a sus cargos y que lo mismo hiciera el Presidente de la República, para que el pueblo dirimiera el conflicto.

Cuando Aylwin llegaba a la entrada del edificio cuadrado, sin gracia, de su partido, un alto funcionario administrativo del PDC le tomó del brazo. Lo llevó a un aparte:

—Patricio, tengo que decirte una cosa: me acaban de informar que esta noche se produce el golpe.

En los últimos meses, en Santiago, todos hablaban del eventual golpe militar. Aylwin había alojado varias veces fuera de su casa durante ese lapso. A partir del 29 de junio, tras la explosión sofocada del “tanquetazo”, había un sobresalto colectivo: las inquietudes habían aflorado y crecían.

Una noche, varios destacados miembros del PDC habían dormido en la casa de un amigo, en la Avenida Américo Vespucio, a causa de una falsa alarma.

Aylwin se quedó un momento silencioso, pensando en lo que el otro le decía.

Los rumores de ese día indicaban que el golpe se preparaba para el día miércoles 19, durante la Parada Militar en que las tropas desfilarían ante el Presidente, en el curso de la tradicional ceremonia anual.

Aylwin miró a su camarada con escepticismo. Dudó de la efectividad de una sublevación militar para esa noche. Aguardaba el discurso de Allende del día siguiente, en que éste convocaría a un plebiscito para resolver la crisis política. El ministro del Interior, Carlos Briones, había confirmado al PDC que así lo tenía proyectado el Presidente.

Allende debía haber hablado el día anterior, pero Briones tranquilizó a los democratacristianos indicándoles que se trataba de una mera postergación de 24 horas.

Aylwin subió a su despacho del quinto piso del partido. Cuando terminó con su trabajo, cerca de las diez de la noche, se dirigió hacia el barrio alto, en dirección a su casa. En el camino, decidió pasar a ver al ex Presidente de la República y presidente del Senado Eduardo Frei.

Se desvió hacia la derecha en su camino y entró en la calle del barrio de la clase media donde vivía Frei, en una casa de dos pisos.

Una vez dentro de la vivienda, Aylwin le contó acerca de la advertencia que le habían entregado.

Frei se quedó masticando el mensaje dentro de su rostro grave, alargado, lleno de tendones. Señaló a Aylwin que un militar, ex edecán suyo, le había llamado por teléfono, aconsejándole que no alojara en su casa.

Aylwin conversó algunos minutos más y luego siguió su viaje en su automóvil. En su hogar, contó a su mujer, Leonor, el aviso de golpe que le habían entregado. El político y su esposa quedaron con la impresión de que era un nuevo rumor falso.

Pero al día siguiente, a las 7.30 horas, el ex ministro de Educación Máximo Pacheco telefoneó a Aylwin.

Ambos tenían un compromiso: se juntarían a almorzar en el restorán El Escorial, a pocos metros de La Moneda.

Pacheco estaba en cama y su mujer le había informado de las noticias que se estaban difundiendo por radio. El ex ministro avisó lo que sucedía a Aylwin, tras imponerse de esos comunicados alarmantes.

Aylwin colgó el teléfono, estupefacto, y encendió el receptor. Escuchó. El tantas veces rumoreado golpe estaba sucediendo.

Aylwin había estado con Allende el mes anterior —agosto—, en casa del cardenal arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez.

El prelado le había llamado por teléfono.

—Le quiero pedir un servicio —le indicó. Que usted venga a comer mañana conmigo y con el Presidente. No estaríamos más que los tres.

—¿Y a qué se debe todo esto? —preguntó Aylwin.

Desconfiaba.

El cardenal le explicó que Allende le había pedido arreglar ese encuentro. Añadió que creía que era necesario tratar de materializarlo.

Aylwin se resistió un poco. Era una oferta que le sorprendía.

No la había esperado.

—Yo le he dicho a mi partido y he dicho públicamente que no tendré conversaciones secretas. Usted me está pidiendo una conversación secreta. Voy a quedar en situación incómoda, porque estoy faltando a un compromiso que contraje.

Con su voz de pronunciación dura, pero persuasiva y apasionada, el cardenal insistió.

Señaló a Aylwin que pensara en la necesidad de que no recayera sobre la DC, ni siquiera por asomo, la acusación de que no había hecho todo lo posible por arreglar los aspectos negativos del régimen y por evitar la posibilidad de un golpe militar.

Le indicó que se lo pedía por favor

El carisma de Allende

prólogo de Alfredo Joignant 

Las páginas que se leerán un poco más adelante constituyen un relato conmovedor, a menudo increíble: algo así como una narración de hechos y sucesos, azares y casualidades, en la que convergen en un solo día la vida y la muerte de miles de chilenos, pero también acciones y vacilaciones de un puñado de líderes civiles y militares. En medio de ese vendaval de episodios vertiginosos, se yergue la figura excepcional de Salvador Allende.

El último Presidente legítimamente electo bajo la Constitución de 1925 es retratado como el protagonista de una trama de la que siempre sospechó un trágico desenlace, desde su temprano anuncio que saldría muerto de La Moneda si no se respetaba la voluntad del pueblo, hasta su ratificación de no claudicar ante un acto de fuerza durante aquella mañana del 11 de septiembre de 1973.

Cada gesto del ex Jefe de Estado prefiguró, durante mil días, el ejercicio excepcional de su mandato presidencial, desde el jolgorio popular que acompañaba cada frase pronunciada ante una masa de chilenos, hasta el sugerente entusiasmo de un niño al momento de ser tocado por el Presidente (“mamá, ¡me tocó, me tocó!”), tal como lo relató el diario Clarín en algún momento del gobierno de la Unidad Popular. En cada gesto y palabra de Salvador Allende es posible detectar ese poder de ratificarlo todo, parafraseando una bella imagen de Jonathan Franzen en su novela Libertad.

¿Cómo no detenerse en ese fascinante poder performativo de transformar las cosas con palabras, de provocar algarabía entre obreros y campesinos, y de emocionar hasta las lágrimas, como cuando le solicitó a aquel pueblo volver a sus casas y abrazar a sus niños en la triunfal noche del 4 de septiembre de 1970? Pues bien, ese poder performativo que podemos hoy reconocer como magnífico sería muy distinto si el 11 de septiembre no hubiesen convergido un hombre, un acontecimiento y un sentido de trascendencia histórica. No es sólo un asunto de heroísmo personal, el que naturalmente existió: es sobre todo una cierta conciencia de lo que se jugó durante mil días lo que se expresa en esta extraña palabra, “carisma”, la que describe una fascinante asociación entre un individuo y una situación.

La prefiguración de este poder y transcendencia de Allende ya era posible intuirla en las postrimerías del gobierno de Frei Montalva, con más claridad probablemente que en 1964. Mi padre, buen conocedor de Allende y verdadero libro abierto del periodo más convulsionado de la historia de Chile, contaba cómo este se enojaba cuando alguien llegaba a cuestionar su disposición a levantar una cuarta candidatura presidencial. Cierta vez, allá por 1969, cuando Allende era presidente de la Cámara Alta, luego de tres intentos fallidos por llegar a La Moneda, el futuro gobernante escuchaba atentamente una reflexión coloquial, en torno a quién podría ser el candidato de la izquierda para las elecciones de 1970. Con una sutil expresión de molestia, Allende golpeó la mesa y espetó, como reafirmando una predestinación: “No quiero ser Presidente ¡necesito ser Presidente!”. Esta extraordinaria frase, en la que se afirman una voluntad de poder y un destino, puede fácilmente malinterpretarse como señal de una ambición desmedida, y no como un sentido de la trascendencia bañado en convicción. En cualquier caso, entre el dicho y el hecho hubo una elección, en la que Allende se impuso estrechamente ante sus dos contendores, Jorge Alessandri y Radomiro Tomic (ganó por lejos entre los votantes hombres, y perdió categóricamente entre las mujeres). El resultado condujo a un dramático Congreso Pleno, el 4 de noviembre de 1970, en el que fue ratificado como Presidente de la República con un sonoro “¡viva Chile mierda!” del diputado socialista Mario Palestro. A partir de entonces se inició un verdadero experimento revolucionario, legitimado por las urnas, consagrado por ambas cámaras y sustentado en una generalizada voluntad de cambio social, de la cual fue también expresión la candidatura de Tomic.

Lo que vino luego es conocido por todos: mil días convulsionados de Historia (con mayúscula) y un epílogo que se concentra en una aciaga jornada de septiembre de 1973, una fecha en la que nuestras existencias cambiaron para siempre. En primer lugar, cambiaron las vidas de quienes fueron protagonistas directos durante esa jornada, que tan bien describe González Camus en las páginas que siguen: un cúmulo de acciones, dudas y omisiones de dirigentes de partidos de izquierda, centro y derecha, laicos y católicos, gobiernistas y opositores; en fin, momios y upelientos, para utilizar un lenguaje de la época. Pero también esa jornada marcó a fuego las vidas de los chilenos de ayer, de hoy y de mañana, de abuelos, padres y nietos, de generaciones pasadas, presentes y futuras. ¿Cómo no verlo? El 11 de septiembre aglomera en unas cuantas horas un acontecimiento total, que puso en suspenso biografías enteras, además de gatillar profundas transformaciones de la sociedad y nuevas formas de vivir juntos sin reconocernos como iguales. Horas en las que confluyeron el jolgorio y la tristeza, la comedia y la tragedia. Y en medio de todo la figura enorme de Salvador Allende.

¿Por qué es posible hablar del “carisma” de Allende? No porque el ciudadano Salvador Allende haya tenido dotes naturales de orador y líder, o porque como persona sobresaliera por sus convicciones. Tenía ambos atributos de sobra, sin duda. Pero eso no es lo más importante. Lo que constituye su grandeza y que dio origen a mitos y leyendas (partiendo por la manera de cómo habría muerto, para muchos asesinado y para algunos acribillado, que es lo que se desprende de un fantasioso testimonio relatado por Gabriel García Márquez pocos meses después del golpe2 , y que no es muy distinto de un supuesto complot criminal por parte de agentes cubanos, tal como es imaginado por un periodista francés3 ), es su actuación en un día crítico. Si bien el carisma de Allende se origina en el contexto experimental de una forma revolucionaria de socialismo por la vía legal, lo que lo nutre es su larga trayectoria política (con la imagen de su afamada “muñeca” y su elogiada capacidad negociadora), la profundidad del proceso de cambio que él impulsó, la dura reacción opositora y esa legitimidad popular que lo rodeó y que es posible ver desplegada en algunos documentales. En tal sentido, el carisma de Allende tiene poco y nada que ver con sus atributos personales, puesto que se refiere sobre todo a un momento en el que converge la vida entera de un político (con todas sus contradicciones y aciertos), la naturaleza crítica de una fecha y un proceso revolucionario que inflamó la imaginación de muchos. Es esa fusión entre el hombre y una dramática jornada histórica, la que es narrada de modo vívido por González Camus.

 Notas:

(1) Profesor Titular, Escuela de Ciencia Política UDP. Doctor en Ciencia Política, Universidad de París I Panthéon Sorbonne. Su padre, estrecho colaborador de Salvador Allende, era director de la Policía de Investigaciones al momento del golpe, tras lo cual estuvo más de tres años en prisión. Poco después de ser liberado, la familia salió al exilio a Francia y solo pudo retornar a partir de 1989.

El día en que murió Allende. versión impresa.

El día en que murió Allende. versión e-Book