De armas tomar

Vidas cruzadas por el MIR

Soledad Pino

Un dirigente del MIR, un integrante de su aparato militar, un agente de la CNI que persiguió al MIR, una mirista que sobrevivió a la DINA, un socio involuntario del movimiento y una hija huérfana de dos militantes. Estos son los relatos que se reúnen en De armas tomar, vidas cruzadas por el MIR, un libro que a partir de testimonios personales e íntimos reconstruye la historia –dramática y plagada de desaciertos– de esa organización política. A 50 años de la fundación del movimiento, Soledad Pino reúne estos valiosos relatos que, en primera persona, entregan una especie de inventario de época que revisa cómo se formó el MIR, la vida política durante la Unidad Popular, el tipo de liderazgo de Miguel Enríquez, la tragedia del Golpe Militar y la represión, la militancia en dictadura, la relación con Cuba, y la infeliz «Operación retorno», entre otros temas.

«Debido a su posición sostenidamente marginal en la política chilena, es muy difícil todavía organizar una “historia” del MIR que, al final, parece estar constituida por fragmentos, jirones de memorias, dolores individuales, versiones inconclusas y cruzadas, puntos ciegos y enormes sufrimientos. En cierto modo, la del MIR es una épica sin héroes, en parte porque sus propios protagonistas participan de la crítica o la deconstrucción de sus mitos, en parte porque la revisión de los hechos (los pocos que se pueden considerar establecidos) a menudo conduce en direcciones contradictorias. Pero no hay duda de que es una épica de vidas humanas, las vidas a las que afectó sin remisión. Es la que emerge de este libro a veces triste, a veces cómico y con frecuencia dramático», señala Ascanio Cavallo en el prólogo de esta obra.

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Soledad Pino (Santiago de Chile, 1971)

Periodista de la Universidad Santo Tomás. Ha trabajado en revista Hoy, los diarios La Nación, La Tercera, Diario Financiero, La Segunda y en Medios Regionales de El Mercurio. Reporteó en Londres el arresto de Augusto Pinochet para Chilevisión, Radio Chilena, el vespertino La Hora y el diario El Metropolitano. Se radicó en España durante cinco años, donde trabajó en el semanario La Clave, además de colaborar con The Clinic. Fue corresponsal del diario español Público en Chile. En 2003 publicó Una verdad pendiente. Desaparición y muerte de Rodrigo Anfruns Papi (Grijalbo), investigación que condujo a la reapertura del caso en la justicia. Desde 2009 se ha desempeñado como profesora de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales.

Una épica de las vidas

 Ascanio Cavallo

El constructivismo llevó a las ciencias sociales a lo que se ha llamado, no sin cierta pretensión, «historias de vida», relatos a los que les asigna la capacidad de reflejar o de sugerir, a la manera siempre oblicua de un paradigma, lo que podrían ser otras vidas, formando parte de un colectivo que a su turno es parte de un grupo que al mismo tiempo es parte de una tendencia.

Las historias de vida son las matrioshkas de las ciencias sociales, aunque cualquier investigador se apresurará a advertir que solo tienen valor cualitativo y son más útiles cuando se aplican sobre grandes procesos traumáticos, como catástrofes o guerras, y sobre procesos transgeneracionales. De no ser por esos matices, las historias de vida serían como la antihistoria, precisamente porque renuncian a las condiciones de abstracción y distancia que son propias de la historia.

Las historias de vida tienen una construcción relativamente opaca, como casi todos los formatos testimoniales. Por lo general, son el resultado de una entrevista a la que se le han restado las preguntas y se la ha editado como relato continuo y hasta cierto punto coherente. A veces nacen de textos fragmentarios, reunidos y ordenados, y a veces de una combinación de textos con entrevistas.

En el periodismo la historia de vida es un recurso poco usado, en parte porque toma demasiado tiempo, en parte porque requiere de una negociación con la fuente y en parte porque puede plantear al lector una dificultad de comprensión respecto de quién habla, cómo lo hace, ante qué estímulo y otras cosas similares. Celosos de la relación transparente del medio con el público, los editores tienden a preferir la entrevista cruda, con dos hablantes cuyas identidades son inconfundibles.

Siguiendo el principio de la economía, un editor periodístico reservará el formato de la historia de vida para ocasiones muy contadas, para aquellos momentos en que se impone por sí mismo, en que la naturaleza del material lo solicita y lo convoca.

Soledad Pino debió ver la doble necesidad cuando armaba este libro. De un lado, la de transmitir las experiencias de sus seis protagonistas de una manera fluyente —a veces torrencial—, sin interrumpirlas ni importunarlas, ni siquiera con la voz periodística, porque hay en ellas ciertas fuerzas de excepción, unas urgencias que emergen de una tormentosa combinación de emociones, hechos e incertidumbres. Estas historias de vida podrían cumplir con los requisitos de las ciencias sociales, pero antes que eso cumplen con las del periodismo: son importantes, noticiosas y reveladoras. Se incrustan en la microhistoria social y política de Chile.

La otra necesidad surge de las cualidades traumáticas del material. En el momento de la edición de este libro se cumplen 50 años del nacimiento del MIR. Por más de la mitad de ese período, este fue un grupo sumido en la clandestinidad, por opción o por imposición. Debido a esto, y a su posición sostenidamente marginal en la política chilena, es muy difícil todavía organizar una «historia» del MIR. Quizás alguien lo consiga algún día, pero hay buenas razones para pensar que esa historia tendría muy pocos elementos institucionales, mucha teorización social y política y una sobreabundancia de documentos con alcances dudosos. Y, aun así, sería una historia mutilada, desprendida, frígida.

Porque al final, parece, la verdadera historia del MIR está constituida por fragmentos, jirones de memorias, dolores individuales, versiones inconclusas y cruzadas, puntos ciegos y enormes sufrimientos. Los relatos de este libro resultan tanto o más expresivos en sus cruces que en las experiencias particulares de sus narradores. La primera cosa extraordinaria de esos cruces es que abarcan varias generaciones: el más viejo de los entrevistados nació en 1938, mientras que la más joven fue alumbrada en 1976.

Hay un punto que es obviamente común: el 11 de septiembre de 1973. Ese día, cuando el golpe de Estado dio inicio a la dictadura más cruenta que haya tenido Chile, el MIR inició lo que sería su última lucha, habiendo perdido «la capacidad de entender la realidad», según sentencia nada menos que Roberto Moreno, uno de sus fundadores y dirigentes principales. Ninguno de los testigos de este libro refuta esa idea, aunque no todos disponen de interpretaciones acerca del significado del 11 de septiembre.

En cambio, con la sola excepción de Gonzalo Boye, que entró en la escena del MIR por casualidad y muchos años después, cinco de los seis entrevistados tienen alguna visión acerca del Plan 78, luego Plan Retorno y finalmente Operación Retorno, esfuerzo orientado a organizar a los militantes en el exilio para regresar a Chile en forma clandestina y montar la resistencia armada. Se trató de una experiencia importante, porque fue la respuesta que intentó este grupo ante la devastación de que había sido objeto y quizás también ante el hecho más cruel de que muchos de sus compañeros eran todavía flagelados o asesinados. Terminó en forma catastrófica. Muchos de los retornados fueron capturados o abatidos en los días y meses siguientes.

A pesar de eso, envolvía el llamado de una necesidad desgarradora, un impulso visceral para salir de la derrota. Entre el Golpe y aquel plan, el MIR fue solo una huida permanente con una respiración en la nuca. Vista ahora, en su voluntarismo y en sus resultados trágicos, la Operación Retorno tiene ciertos ecos de la consigna «el MIR no se asila», que Miguel Enríquez lanzó después del golpe de Estado y que significó la muerte de decenas de militantes.

Pero junto con su importancia, la Operación Retorno fue también una experiencia confusa, cuyos detalles objetivos se pierden en los cenagosos terrenos de las malas decisiones o en los laberintos de la inteligencia cubana. Lo que queda es la historia de sus víctimas. Este libro muestra, como en las secciones de un plano, la Operación Retorno vista por la lógica de los dirigentes y contemplada también con la inocencia de los niños que vieron partir a sus padres, pasando además por la mirada antiheroica de un enemigo eminente, un agente de la CNI.

Casi no habría manera de contar estas cosas de no ser por estas historias de vida. Y menos la habría para narrar episodios monstruosos, como el asesinato del coronel Roger Vergara por simple error o el crimen del intendente Carol Urzúa como test para probar una posible infiltración. Ambas cosas están más allá de la imaginación política, tal como lo está la relación con ETA y la ejecución de secuestros en España, una vorágine que captura a un emprendedor chileno antes de que pueda darse cuenta de que a esas alturas el MIR «europeo» no es más que una agencia de recolección de proyectos para Cuba.

Muchos personajes convergen en dos o más de los relatos. Miguel Enríquez, el agente Miguel Krasnoff, Lucía Vergara, el omnipresente René Valenzuela Bejas, la Flaca Alejandra y otros que comparten líneas en la historia de la violencia política de los 70. Se los divisa como espectros, como figuras que van y vuelven en la memoria de unos años tremendos, y que casi sin saberlo marcaron para siempre las vidas de los testigos. Para los seis de este libro no hay olvido simplemente porque eso no es posible, porque ignorar lo que ocurrió significaría desestructurar sus propias vidas, reducirlas a un conjunto de actos incoherentes. Y, sin embargo, esas mismas historias dejan ver la dudosa coherencia de lo que pasó mientras pasaba, la desesperante incapacidad de tomar distancia cuando el llamado es a correr, correr sin parar, correr sin rumbo.

Los estudiosos del MIR suelen coincidir en que su influencia desborda con mucho sus años de real vigencia como partido (o movimiento, en su lenguaje antipartidario) y también como estructura ideológica. Su obsolescencia es aun previa a la caída del Muro de Berlín, tanto porque esos mismos «socialismos reales» —con mayor o menor disimulo— contribuyeron a ella, como porque su modelo idealizado, la Revolución cubana, se dedicó al negocio de su propia supervivencia.

El MIR vivió su época de exaltación cuando el mundo parecía poblarse de Tupamaros, Montoneros, Brigadas Rojas, FPLP, Baader Meinhof, M-19, IRA, y declinó cuando declinaron todos los grupos radicales de América Latina y el planeta, siguiendo ese raro patrón que convierte a la historia de Chile en una acompañante muy disciplinada de las corrientes políticas mundiales. Es bastante probable que la irradiación del MIR sea más amplia porque debió combatir a un enemigo que le resultó invencible y porque se libró del bandidaje y el pistolerismo en que incurrieron otros grupos similares durante el proceso de descomposición.

En cierto modo, la del MIR es una épica sin héroes, en parte porque sus propios protagonistas participan de la crítica o la deconstrucción de sus mitos, en parte porque la revisión de los hechos (los pocos que se pueden considerar establecidos) a menudo conduce en direcciones contradictorias.

Pero no hay duda de que es una épica de vidas humanas, las vidas a las que afectó sin remisión. Es la que emerge de este libro a veces triste, a veces cómico y con frecuencia dramático.

De armas tomar. Vidas cruzadas por el MIR. versión impresa
 
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