Crónica Roja

Rodrigo Fluxá

Crónica roja reúne los mejores reportajes policiales del periodista chileno Rodrigo Fluxá. Aquí están las historias más completas y profundas sobre Sergio Jadue, el marido de Viviane Haeger, la verdad de Érika Olivera, el fantasioso Victorino Arrepol del caso Caval, el impresionante derrotero del caso Hijitus, los últimos días de Eduardo Bonvallet, un fantasmal asaltante de bancos, el martillero que al saberse moribundo decidió dar un golpe y desató el caso Penta. También una serie de investigaciones en torno de crímenes y procedimientos judiciales que revelan un Chile gris e incómodo de ver: defensores y fiscales en una chancadora de carne humana, gendarmes que se suicidan en la soledad de sus garitas, un vendedor de películas piratas que no debía estar en la cárcel que se incendió, hombres violentos y mujeres en problemas. Aquí están las profundas y minuciosas indagaciones que han convertido a Rodrigo Fluxá en uno de los profesionales más premiados del país.

Rodrigo Fluxá

Periodista de la Universidad de Chile. Trabajó seis años en deportes y publicó El lado B del deporte chileno (2010) y Leones (2012). Hoy sus crónicas y reportajes aparecen en la revista Sábado de El Mercurio. Ha ganado en seis oportunidades el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado en diversas categorías, y ha sido finalista en otras tantas. En 2014 publicó Solos en la noche: Zamudio y sus asesinos, y en 2015 colaboró con un perfil en la antología Los malos, editada por Leila Guerrero.

El país que nos golpea

Pablo Vergara

Un día amanecimos de otra forma. Cambió el sistema penal desde uno opaco a uno mucho más abierto, y el país pareció que se nos iba de las manos: había crímenes por encargo, había cocineros fabricando cocaína. Cosas que se suponía que no pasaban en Chile sino en América Latina, en esos países que habíamos dejado atrás.

Con el antiguo sistema penal podíamos intuir muchas cosas, pero la nueva forma de llevar los procesos judiciales —el juicio oral, particularmente— nos hizo darnos de narices con los imputados, las víctimas, los testigos, y con fiscales, defensores y jueces, cada uno con sus historias, sus inflexiones, sus clímax. El relato completo, o casi.

La vida. Las historias de toda esa gente. De principio a fin.

¿De qué se trata Crónica roja? ¿Del sistema judicial chileno? No realmente. Reducirlo a una improbable gaceta del Centro de Justicia sería un tremendo error, y como todos los errores de este tipo, una injusticia.

A comienzos del siglo XX Kafka compuso una historia: un campesino se presenta ante un guardián frente a una puerta y le pide que lo deje entrar en La Ley, pero el vigilante le responde que no puede hacerlo pasar en ese momento. El guardia le advierte también que él es el primero de una larga serie de celosos centinelas, cada cual más poderoso y terrible. La espera no será infinita porque el campesino ya es viejo y se va a morir. Así y todo, por años suplica, intenta el soborno y maldice. Hasta que se apaga. Las últimas palabras que cruzan los dos son sobre el esfuerzo para llegar a La Ley. El campesino le pregunta por fin al guardia: si todos quieren acceder a La Ley, ¿cómo es posible que en todos esos años nadie más se presentara ante esa puerta? El vigía se compadece —Kafka dice que se le acerca y le habla al oído para asegurarse de que lo oiga— y le explica que esa entrada era solamente para él, y que a su muerte la cerrará.

Crónica roja es a veces como la historia del campesino. Se adentra en la densidad de una carpeta de investigación, en lo que se esconde detrás de un nombre y de un título: Marta Peña Zamorano, la descuartizada; Jadue cayendo en llamas y en full HD; Bonvallet parado en un ascensor sin apretar botones; defensores y fiscales en una chancadora de carne humana; un narco hablando por celular; gendarmes que se ma- tan en la soledad de sus garitas; hombres violentos y mujeres que los sobreviven; un vendedor callejero que no debía estar en la cárcel que se incendió; un padre con overol y terno debajo; una basquetbolista que no quiere recibir felicitaciones en La Moneda. Y todo, todo, escrito en presente.

Porque sigue pasando.

En los textos que van a leer no hay lecciones. Al narrador no le gusta hablar de lo que ha reporteado ni cómo ha reporteado. Mejor: no le gustan las moralejas o no cree en la obligación de explicitarlas. La mirada no es paternalista —esa versión soft del clasismo— ni considera la pobreza como una de las bellas artes, con violines incluidos. ¿Y qué cuentan estos textos? El país de las redes no sociales. O de los sociópatas. Esas cosas que pasan a cuatro, cinco cuadras de las estaciones del metro. Ese mundo que está tan lejos de las preocupaciones y discusiones de los barrios que gobiernan el país.

El país de este libro es grande. Es mayoría. Un país entero que, en la historia del pistolero de diecinueve años que trata de recomenzar en otra ciudad, está sintetizado en una respuesta: «No cachan, ustedes (…) Uno sin plata no es nadie, no existís, nadie te respeta, las minas no te miran, erís invisible». Lo que no cachamos es ese estado salvaje de la vida en plena ciudad: que hay niños destruidos y niños que destruyen, niños que pasan a integrar una red estatal que hizo de la crisis su estado normal. Dice el joven pistolero retirado que mientras dirigía su banda se dio el lujo de salir en televisión: mostraba sus pistolas a los periodistas. Ese fue su segundo de fama. El peak triste de su vida.

Hay más: los textos son fotográficos. No juzgan. Es un gesto admirable en una prensa acostumbrada a la condena y en un sector en el que se parte hablando de gente condenada. El asunto radica en entender las razones. El texto del pistolero es el mejor ejemplo, pero en todos Fluxá nos da una versión de lo ocurrido que intenta recoger todas las voces y todos los ángulos, un imposible que zanja con una actitud de respeto por los hechos y por sus actores.

El libro anterior de Fluxá fue una crónica muy poderosa sobre el cruel asesinato de Daniel Zamudio, cometido en un parque céntrico de Santiago sin que nadie se diera cuenta. Era la historia de unos bárbaros cobardes que torturaron a un joven indefenso durante horas. De eso hablo, del país que nos golpea con su crueldad, y que hay que contarla. En estas ocasiones la prensa suele estar del otro lado del cordón que despliegan la policía y los fiscales, junto a los mirones. Al otro lado de la cerca están los investigadores y el dolor. Dos posiciones que a veces son irreconciliables. Hasta el tiempo pasa de otra manera. Cuando no se trata de crímenes sino de un accidente, por ejemplo, la posibilidad de que las cosas sean distintas y no se transformen en tragedia se sopesa de otra forma. En un lado es probabilidad; en el otro, esperanza.

Hace veinticinco años dos escolares se perdieron en el Cajón del Maipo. Los movían cosas distintas: uno iba a pintar y el otro a hacer ejercicios. Se perdieron en la montaña y cayeron a una quebrada, donde pasaron días hasta que el menos herido de los dos salió a buscar ayuda. Se perdió en los cerros, pero logró ser rescatado. El que se quedó apareció muerto. Había dejado escrito en un papel: «El viento se me precipita».

Durante la búsqueda se cayó un helicóptero y murieron sus tripulantes. Cuando los periodistas llegaron enfrente del sobreviviente, le preguntaron a bocajarro qué se sentía que su rescate le hubiese costado la vida a otra gente. Además, acusaron a sus compañeros de curso de ser militantes de un grupo armado y dijeron que por eso les habían prohibido acercarse a grabar el funeral.

Pienso ahora lo distinto que hubiera sido tener entonces a alguien como Fluxá reporteando esa historia tan triste.

Crónica Roja. versión impresa

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