Crónica Roja

Rodrigo Fluxá

Crónica roja reúne los mejores reportajes policiales del periodista chileno Rodrigo Fluxá. Aquí están las historias más completas y profundas sobre Sergio Jadue, el marido de Viviane Haeger, la verdad de Érika Olivera, el fantasioso Victorino Arrepol del caso Caval, el impresionante derrotero del caso Hijitus, los últimos días de Eduardo Bonvallet, un fantasmal asaltante de bancos, el martillero que al saberse moribundo decidió dar un golpe y desató el caso Penta. También una serie de investigaciones en torno de crímenes y procedimientos judiciales que revelan un Chile gris e incómodo de ver: defensores y fiscales en una chancadora de carne humana, gendarmes que se suicidan en la soledad de sus garitas, un vendedor de películas piratas que no debía estar en la cárcel que se incendió, hombres violentos y mujeres en problemas. Aquí están las profundas y minuciosas indagaciones que han convertido a Rodrigo Fluxá en uno de los profesionales más premiados del país.

Rodrigo Fluxá

Periodista de la Universidad de Chile. Trabajó seis años en deportes y publicó El lado B del deporte chileno (2010) y Leones (2012). Hoy sus crónicas y reportajes aparecen en la revista Sábado de El Mercurio. Ha ganado en seis oportunidades el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado en diversas categorías, y ha sido finalista en otras tantas. En 2014 publicó Solos en la noche: Zamudio y sus asesinos, y en 2015 colaboró con un perfil en la antología Los malos, editada por Leila Guerrero.

El país que nos golpea

prólogo de Pablo Vergara

Un día amanecimos de otra forma. Cambió el sistema penal desde uno opaco a uno mucho más abierto, y el país pareció que se nos iba de las manos: había crímenes por encargo, había cocineros fabricando cocaína. Cosas que se suponía que no pasaban en Chile sino en América Latina, en esos países que habíamos dejado atrás.

Con el antiguo sistema penal podíamos intuir muchas cosas, pero la nueva forma de llevar los procesos judiciales —el juicio oral, particularmente— nos hizo darnos de narices con los imputados, las víctimas, los testigos, y con fiscales, defensores y jueces, cada uno con sus historias, sus inflexiones, sus clímax. El relato completo, o casi.

La vida. Las historias de toda esa gente. De principio a fin.

¿De qué se trata Crónica roja? ¿Del sistema judicial chileno? No realmente. Reducirlo a una improbable gaceta del Centro de Justicia sería un tremendo error, y como todos los errores de este tipo, una injusticia.

A comienzos del siglo XX Kafka compuso una historia: un campesino se presenta ante un guardián frente a una puerta y le pide que lo deje entrar en La Ley, pero el vigilante le responde que no puede hacerlo pasar en ese momento. El guardia le advierte también que él es el primero de una larga serie de celosos centinelas, cada cual más poderoso y terrible. La espera no será infinita porque el campesino ya es viejo y se va a morir. Así y todo, por años suplica, intenta el soborno y maldice. Hasta que se apaga. Las últimas palabras que cruzan los dos son sobre el esfuerzo para llegar a La Ley. El campesino le pregunta por fin al guardia: si todos quieren acceder a La Ley, ¿cómo es posible que en todos esos años nadie más se presentara ante esa puerta? El vigía se compadece —Kafka dice que se le acerca y le habla al oído para asegurarse de que lo oiga— y le explica que esa entrada era solamente para él, y que a su muerte la cerrará.

Crónica roja es a veces como la historia del campesino. Se adentra en la densidad de una carpeta de investigación, en lo que se esconde detrás de un nombre y de un título: Marta Peña Zamorano, la descuartizada; Jadue cayendo en llamas y en full HD; Bonvallet parado en un ascensor sin apretar botones; defensores y fiscales en una chancadora de carne humana; un narco hablando por celular; gendarmes que se ma- tan en la soledad de sus garitas; hombres violentos y mujeres que los sobreviven; un vendedor callejero que no debía estar en la cárcel que se incendió; un padre con overol y terno debajo; una basquetbolista que no quiere recibir felicitaciones en La Moneda. Y todo, todo, escrito en presente.

Porque sigue pasando.

En los textos que van a leer no hay lecciones. Al narrador no le gusta hablar de lo que ha reporteado ni cómo ha reporteado. Mejor: no le gustan las moralejas o no cree en la obligación de explicitarlas. La mirada no es paternalista —esa versión soft del clasismo— ni considera la pobreza como una de las bellas artes, con violines incluidos. ¿Y qué cuentan estos textos? El país de las redes no sociales. O de los sociópatas. Esas cosas que pasan a cuatro, cinco cuadras de las estaciones del metro. Ese mundo que está tan lejos de las preocupaciones y discusiones de los barrios que gobiernan el país.

El país de este libro es grande. Es mayoría. Un país entero que, en la historia del pistolero de diecinueve años que trata de recomenzar en otra ciudad, está sintetizado en una respuesta: «No cachan, ustedes (…) Uno sin plata no es nadie, no existís, nadie te respeta, las minas no te miran, erís invisible». Lo que no cachamos es ese estado salvaje de la vida en plena ciudad: que hay niños destruidos y niños que destruyen, niños que pasan a integrar una red estatal que hizo de la crisis su estado normal. Dice el joven pistolero retirado que mientras dirigía su banda se dio el lujo de salir en televisión: mostraba sus pistolas a los periodistas. Ese fue su segundo de fama. El peak triste de su vida.

Hay más: los textos son fotográficos. No juzgan. Es un gesto admirable en una prensa acostumbrada a la condena y en un sector en el que se parte hablando de gente condenada. El asunto radica en entender las razones. El texto del pistolero es el mejor ejemplo, pero en todos Fluxá nos da una versión de lo ocurrido que intenta recoger todas las voces y todos los ángulos, un imposible que zanja con una actitud de respeto por los hechos y por sus actores.

El libro anterior de Fluxá fue una crónica muy poderosa sobre el cruel asesinato de Daniel Zamudio, cometido en un parque céntrico de Santiago sin que nadie se diera cuenta. Era la historia de unos bárbaros cobardes que torturaron a un joven indefenso durante horas. De eso hablo, del país que nos golpea con su crueldad, y que hay que contarla. En estas ocasiones la prensa suele estar del otro lado del cordón que despliegan la policía y los fiscales, junto a los mirones. Al otro lado de la cerca están los investigadores y el dolor. Dos posiciones que a veces son irreconciliables. Hasta el tiempo pasa de otra manera. Cuando no se trata de crímenes sino de un accidente, por ejemplo, la posibilidad de que las cosas sean distintas y no se transformen en tragedia se sopesa de otra forma. En un lado es probabilidad; en el otro, esperanza.

Hace veinticinco años dos escolares se perdieron en el Cajón del Maipo. Los movían cosas distintas: uno iba a pintar y el otro a hacer ejercicios. Se perdieron en la montaña y cayeron a una quebrada, donde pasaron días hasta que el menos herido de los dos salió a buscar ayuda. Se perdió en los cerros, pero logró ser rescatado. El que se quedó apareció muerto. Había dejado escrito en un papel: «El viento se me precipita».

Durante la búsqueda se cayó un helicóptero y murieron sus tripulantes. Cuando los periodistas llegaron enfrente del sobreviviente, le preguntaron a bocajarro qué se sentía que su rescate le hubiese costado la vida a otra gente. Además, acusaron a sus compañeros de curso de ser militantes de un grupo armado y dijeron que por eso les habían prohibido acercarse a grabar el funeral.

Pienso ahora lo distinto que hubiera sido tener entonces a alguien como Fluxá reporteando esa historia tan triste.

AUGE Y CAÍDA DE UN PERRO POLICIAL

 
 Esa mañana Argus era aún un número de inventario, el 195192. Pero también era un entusiasta: llevaba seis meses en Temuco, se había tenido que acostumbrar al frío mañanero del sur y despertaba en su canil, una jaula en la Brigada de Antinarcóticos, siempre de buen ánimo, esperando que lo sacaran a trabajar.

En el libro de novedades que mantenían en la guardia dice, en una letra casi ilegible:

16 de junio de 2015
5:00 horas
Sale el asistente Gabriel Fernández Salgado con su ejemplar canino Argus.

 

Esa mañana, también, era martes y los martes en la vida de Argus eran una cosa seria: la mayoría de los 104 procedimientos carreteros exitosos del año anterior habían ocurrido entre las seis y las ocho de la mañana, los martes y los jueves.

El equipo de seis policías se ubicó en el kilómetro 660 de la carretera Norte Sur, antes de las seis. Esperaron unos minutos. Pararon un bus de la empresa ETM, que iba desde Santiago rumbo a Puerto Montt. El chofer saludó a los policías (se suponía que iba a ser un procedimiento de rutina), abrió la puerta y Argus subió. Su pelo negro, sus patas cortas, su lengua rosada y áspera aparecieron en el umbral del pasillo. Sobre lo que pasó después hay múltiples interpretaciones, teorías conspirativas, que tienen las confianzas del sistema judicial de una ciudad resquebrajadas y un sumario reservado de más de 191 páginas.

Sí quedó establecido que Argus avanzó por el pasillo e hizo lo que le dictaba la sangre, lo que ha hecho su familia desde siempre, lo que le enseñaron desde que nació, lo que hace un buen labrador. Argus olió.

 

***

 

Julia era una perra policial legendaria. Instintiva, asertiva, se mantuvo activa casi diez años, una rareza de sus tiempos. Fue elegida como reproductora para hacer los primeros cruces al interior de la Brigada Canina de la PDI. Parió a tres camadas, la última con Josh, un macho alfa que hizo largas temporadas en el paso Los Libertadores antes de ser derivado al aeropuerto Pudahuel, donde tuvo problemas para adaptar su rudo estilo a las delicadas maletas. A su muerte, tanto Julia como Josh serían enterrados con honores; a Julia, pocos días antes de morir de un cáncer al pulmón, le entregaron una medalla de reconocimiento.

Argus, una de las seis crías de ambos, nació el 28 de noviembre de 2010. Pese al linaje de sus reproductores, su carrera era una incógnita, una ruleta; fue fruto de la última generación de perros policiales criados a la antigua, cuando la brigada dependía de donaciones, regalos o rescates de labradores no certificados. “Entonces no teníamos cómo saber el origen real de un perro. Muchos llegaban con traumas o miedos, o habían sido golpeados de cachorros —dice Patricio Méndez, jefe de la Brigada Canina de la PDI—. O traían alguna enfermedad de origen genético. Era a la suerte de la olla. A partir de 2010 comenzamos a comprar en criaderos, vía licitación pública, perros genéticamente aptos para el trabajo. Pero el reemplazo tenía que ser gradual. Tuvimos que seguir con algunos de los antiguos. De los regalados, Argus era de los mejores.”

José Vargas fue el asistente policial guía de Josh por casi cinco años, hasta que se fue a retiro. Que tomara a Argus, su hijo, fue casi natural. “Era una versión mejorada. Si con Josh me demoré cuatro años en llegar a cierto nivel, con Argus fueron dos. Era un perro de élite, metódico, acucioso, profesional.”

Argus cumplió todas las etapas del entrenamiento canino, desde el destete hasta la socialización en lugares públicos; desde los juegos al desarrollo del instinto de presa. Pasó su primer año corriendo detrás de una toalla impregnada con sucedáneos químicos de cocaína, marihuana y heroína. No pedía mucha recompensa. “Lo único que realmente le gustaba hacer, lo que quería, era que lo dejara saltar”, dice Vargas.

La rutina de Argus parecía hacerlo feliz. Le limpiaban su jaula temprano, lo sacaban a trotar al amplio patio que tiene la brigada en Pudahuel y después partía, como su padre, al aeropuerto. Hacía hasta cinco vuelos diarios, todos marcados de antemano como de alto riesgo: uno directo desde Bogotá o La Paz. Se paseaba entre la gente y rara vez caía mal, pese a las recomendaciones de los manuales de usar perros blancos, no negros, porque suelen producir menos temor entre los pasajeros.

Si Vargas tenía día libre, Argus era asignado a otro guía, pero no era lo mismo; el equipo eran ellos dos. Se fueron de a poco haciendo un nombre, acumulando historias que no llegaban ni a los breves en los diarios pero que justificaban su trabajo juntos, como cuando en el paradero 40 de Gran Avenida chocó un auto en fuga. Los policías no sabían de qué acusar a los infractores, no entendían por qué arrancaban. “Esa vez llegó hasta la grúa para llevarse el auto, sin evidencia. Argus estaba como loco marcándolo, pero no encontraban nada. Insistimos en que buscaran y había cocaína en los fusibles. Cosas así marcan la utilidad de un buen perro.”

El 2002 se supo el resultado de la ruleta: los genes de Argus eran malos. Le detectaron una subluxación de la cadera, de origen genético. “Pensamos en operarlo —dice la veterinaria Alejandra Flores mientras revisa en una pantalla una radiografía de ese año—, pero, la verdad, no valía la pena.”

El primer efecto del descubrimiento fue crudo: desde el punto de vista técnico la descendencia de Argus no era aconsejable, por lo que fue castrado, pese a los ruegos de su guía para evitarle la operación. Siguió trabajando con tratamiento de analgésicos y un estricto control del peso. De hecho, vivió sus mejores tiempos. A fines de 2002 se transformó en el primer perro policial de Chile con dualidad de funciones: además de detectar drogas, pasó a ser parte de un escuadrón para la búsqueda de cadáveres. El perro y su guía viajaban por todo Chile. Su primera misión fue en Calama, donde una anciana de ochenta y siete años había desaparecido sin dejar rastros. Argus dio con ella; su cuerpo despedazado estaba en un sitio eriazo a la salida de la ciudad.

Argus salió un par de veces en las noticias, en operativos cada vez más grandes. Su displasia de cadera se mantuvo estable y los números de su dupla con Vargas se situaban siempre en la parte de arriba del ránking de decomisos. Pero en diciembre de 2014 llamó el jefe de la Brigada. “No es que me preguntaron, más bien me informaron: me iban a asignar a otro perro. Fue duro, pero siempre sabemos que puede pasar. Nuestro último trabajo fue en Buin. Argus encontró marihuana que estaba enterrada al otro lado de un riachuelo. Después de eso se fue.”

Ceniza había nacido el mismo año que Argus, el mismo día, de la misma madre. La hermana no daba signos de tener problemas en las caderas, pero, ya con más de cuatro años, asignada en Temuco, dejó de interesarle la detección de drogas. Durante el 2014 logró apenas nueve procedimientos exitosos y un solo detenido. Lo suyo era una cuestión de actitud. Su informe lo dice: “La ejemplar ha perdido las conductas de detención, demostrando falta de interés para ejecutar la acción. No obedece comandos básicos, se observa falta de motivación, de concentración, poca resistencia al trabajo. No es posible reformar las conductas deseadas, no muestra interés por cobrar recompensa”.

Pese a no ser una zona prioritaria, Temuco necesitaba un refuerzo. “Mandamos a Argus para recuperar el área y funcionó muy bien. Se adaptó”, dice Patricio Méndez, director de la Brigada Canina.

Argus llegó en enero de 2015. El cambio de condiciones fue fuerte. Pasaba los días en una casona en avenida Antonio Varas, a pocas cuadras del centro, con mucho tráfco y poco espacio de esparcimiento. Su nuevo guía, Gabriel Fernández, era mucho menos experto: había hecho el curso canino en 2011 y tenía veintinueve años. Pasaba, además, por un momento personal delicado: según consta en su hoja de vida, el 24 de agosto de 2014, cuatro meses antes de recibir a Argus, fue sancionado a cinco días de permanencia en el cuartel por haber incurrido en “faltas administrativas relativas a la integridad moral del funcionario o al prestigio de la institución, letra f: la intemperancia alcohólica en actos del servicio y fuera de él”.

Además, Argus redujo drásticamente su vida social. Si en Pudahuel interactuaba con una veintena de perros, en Temuco tenía un solo compañero, Cassius, un ejemplar rudo, veterano, que había trabajado en La Calera, una de las zonas rojas del tráfico y donde incluso había llegado a poner en riesgo su vida: tras un operativo, un narcotraficante amenazó con matarlo.

Cassius lideraba cómodo ese equipo, pero la llegada de Argus tuvo un impacto inmediato. Aunque ya no eran grandes cargamentos, su olfato seguía intacto: en enero detectó 63 gramos de marihuana y 56 de cocaína, y en febrero 111 y 1.300, respectivamente. Esa temporada dobló a Cassius en detenidos, 32 contra 16, y en procedimientos, 62 contra 25.

Vargas, su antiguo guía, veía los reportes en Santiago. “Sacaba pecho, porque yo lo formé. Y demostraba que su problema en la cadera estaba controlado.”

En mayo, en un control carretero, Argus detectó seiscientos gramos de marihuana. Y junio estaba siendo su mejor mes, hasta ese martes, a las cinco de la mañana, con el frío mañanero del sur de Chile.

 

***

 

Luis Olivares fue al terminal de buses de Temuco el viernes en la noche y compró un pasaje a Santiago, ida y vuelta, en salón cama. Viajó toda la noche, como cada fin de semana, para ver a su hijo el sábado en la mañana: vive hace años separado de él y aprovecha cada momento libre para ejercer su derecho de visita. Lo pasó a buscar a un departamento en Manuel Montt con Providencia y luego partieron a Curacaví, a una parcela. El domingo lo tuvo que ir a dejar; el momento más duro del fin de semana. Como tenía un día libre extra se quedó hasta el lunes en Santiago, así que viajó de vuelta el lunes en la noche. Llevaba meses sintiéndose mal, con lo que sospechaba era un cuadro depresivo por estrés laboral; de hecho, a fines de mayo un doctor le había recetado medicamentos para el ánimo, pero él se había resistido y, aunque los llevaba consigo, trató de sustituirlos con numerosas sesiones de deporte. Dentro de todo, esos largos viajes en bus eran su momento de descanso.

Ya regresando a Temuco, seguía despierto en el primer piso, asiento 43, cuando el bus se detuvo. “Vi que entró un perro negro, lo que ya me llamó la atención, porque entró solo. Recorrió el pasillo y volvió a la puerta. Después entró un funcionario con una especie de pasamontañas, y yo lo miré fijo, por lo irregular del procedimiento. Él, supongo que molesto por eso, tomó al perro y lo puso a mi lado.”

El funcionario era Gabriel Fernández, el guía de Argus. Después declaró: “En cuanto a la forma de actuar del can Argus, por regla general debo dejarlo actuar solo, recorriendo bajo mi observación los pasillos de los buses, quien da la alerta de presencia de droga a través de un cambio de actitud, que puede ser levantamiento de nariz o marcándolo con sus patas, y en el caso del señor Luis Olivares recuerdo que levantó la nariz y la acercó al pasajero. Él no está entrenado para marcar a alguien en específco”.

Olivares dijo esa mañana, y en todas sus declaraciones posteriores, que el perro jamás lo marcó, que fue el funcionario el que lo puso al lado. Luego le pidieron que abriera la mochila que llevaba a sus pies. Él, manifestando su molestia, pidió grabar todo el procedimiento. Otro inspector subió y le pidió que lo acompañaran abajo del bus. Olivares finalmente accedió. En su mochila, en un bolsillo exterior, había una hoja seca, de color café. “Me acusaron de transportar marihuana, pero yo ni siquiera sabía que llevaba esa hoja, que además, evidentemente, sin ser experto, no parecía marihuana.”

Los funcionarios hicieron una prueba de campo: la hoja no era marihuana. Siguieron revisando su bolso y encontraron los medicamentos para la depresión: clotiazepam, clonazepam y escitalopram. Le pidieron documentación para portarlos y Olivares les explicó que eran medicamentos con receta retenida.

Según el grupo de policías, Olivares fue prepotente. El inspector Raúl Fernández declaró: “Reaccionó de mala manera, profiriendo comentarios ofensivos y diciendo: Ustedes no saben quién soy yo”.

A las siete de la mañana, la fiscal de turno Magna Gómez recibió la llamada: Argus había dado la alerta positiva en un sujeto sin antecedentes, que portaba medicamentos sin receta. Ella dice hoy que le dijeron que la prueba de campo había sido positiva. Nunca le mencionaron el nombre de Olivares. Por la cantidad, no correspondía pasarlo a detención, así que derivó la denuncia a la fiscalía local por otros delitos de la Ley 20.000, la ley de drogas.

Argus siguió trabajando esa mañana como si nada. Y antes de concluir la jornada dio un golpe certero: un hombre de cincuenta y nueve años llevaba en su mochila dos paquetes con casi un kilo de marihuana. Lo felicitaron antes de llevarlo de vuelta a su canil. Luego, en la Brigada, cerca de las diez de la mañana, mientras hacían el papeleo de los procedimientos, a un funcionario le pareció conocida la firma de uno de los imputados. Pidió el nombre: era Luis Olivares.

“¿El juez?”, dijo el policía.

Luis Olivares es el presidente del Juzgado de Garantía de Temuco, uno de los más atareados del sistema (de ahí el estrés laboral). Lleva diecisiete años en el Poder Judicial, en Santiago, Puerto Montt y Temuco, donde además preside el Tribunal de Drogas, por lo que estaba familiarizado con los procedimientos. Informó del incidente a la Corte de Apelaciones y al Ministerio Público. El fiscal regional Alberto Chifelle, que decidió tomar el caso, hoy dice: “Me hicieron ver desde la PDI que el problema había sido la alerta del perro y que iba a ser reevaluado en Santiago. Ahí se originó el problema”.

El caso salió en los medios en un tono cómico, pero suponía un problema gigante para el engranaje judicial de la ciudad: el sistema funciona sobre la base de las confianzas; los policías son los ojos de los fiscales y los fiscales los ojos de los jueces. La Corte de Apelaciones pidió un sumario interno a la PDI. Para Argus la mancha iba a ser difícil de borrar. Era la primera vez que acusaban a un perro de cometer un error en la detección.

En los primeros días se habló en la prensa de que el perro había sido castigado y que se estudiaba darlo de baja. Después de críticas de sectores animalistas, la Brigada aclaró que seguiría siendo parte de la institución.

Mientras muestra una foto antigua de Argus nadando en un río, José Vargas, su guía formador, dice: “Los perros no se equivocan”.

En el sumario se lee que todos los funcionarios presentes esa ma- ñana afrman que Argus hizo la marca sobre el juez, lo que dio origen a todo el procedimiento. Así, le traspasaron toda la responsabilidad.

Frente al fiscal, Gabriel Fernández, el guía en el bus, dijo: “A su pregunta: el perro nunca se ha equivocado en marcar a pasajeros. A su pregunta: este ejemplar no solo está entrenado para detectar droga, sino también para detectar compuestos de algunos psicotrópicos”.

La defensa de los policías se centró en ese punto: el perro dio la alerta por los antidepresivos. El jefe de la Brigada Canina, en Santiago, dice que “es posible, dependiendo de la acidificación de cada medicamento y de si están mal sellados”. Un perito externo califica la explicación como “muy rara; nunca han ocurrido casos así”.

El juez Olivares dice haber comprobado en terreno lo defectuoso de la explicación. Un mes después del incidente, de nuevo regresando desde Santiago, su bus fue detenido: “Yo llevaba exactamente los mismos medicamentos y el mismo perro pasó por mi lado y no hizo marca. Si los animales dieran la alerta por medicamentos, la mitad del bus tendría que ser revisada”.

Tras una evaluación en Santiago, Argus volvió a trabajar en Temuco, con el mismo guía. Acaso para protegerlos del sumario en curso, su superior les llenó la hoja de vida con anotaciones positivas. El 8 de agosto colaboraron en la detección de 9,48 gramos de cocaína y 66 de marihuana en Carahue; el 11 de agosto participaron en la detención de tres personas con 30 gramos de marihuana; el 28 de agosto, en un decomiso de 43 gramos de marihuana paraguaya y un arma de fogueo en Villarrica, y así, mes a mes. En octubre fueron enviados a Cautín para los controles del Mundial de fútbol Sub-17.

El juez Olivares fue activo en su defensa. Logró encontrar las recetas retenidas en las farmacias y el ISP ratifcó que la hoja café encontrada no era de marihuana sino de Acer japonicum, un pequeño árbol muy común en Providencia, donde estuvo con su hijo antes de volver a Temuco. “Hablamos de una brigada especializada que no puede diferenciar una hoja de un árbol de calle con una de marihuana. Y que faltan a la verdad en los horarios del procedimiento, que dicen cosas que yo no he dicho. Me afectó mucho en la percepción en mi trabajo como juez”, dice Olivares, quien, tras el incidente, estuvo tres meses con licencia médica por estrés: en una ciudad chica, también para él fue una marca. “Pero lo que más me afectó fue ver en terreno procedimientos similares a los que llegan día a día al tribunal, esa diferencia entre lo que la policía presenta y lo que pasa en realidad. Me hizo mucho pensar en la cantidad de decisiones que he tomado, basado en la confianza. O en procedimientos que parten sin siquiera una presunción fundada. Diría que el perro fue el más criterioso de la dotación policial esa mañana. Y es el único que no se puede defender.”

El sumario se cerró el 4 de diciembre de 2015. En sus conclusiones señala: “No existe mérito para aplicar medidas disciplinarias contra los funcionarios, toda vez que el procedimiento adoptado se ajustó a las normas legales y reglamentarias, a menos que el can detector de drogas no hubiere dado la alerta, hecho por el cual los funcionarios actuantes no pueden menos que proceder”.

La causa fue sobreseída. El juez retomó sus actividades. Ha dictado resolución en casos como las medidas cautelares de los imputados por el incendio en la casa de Werner Luchsinger y Vivianne Mackay, pero se niega a olvidar la mañana en que conoció a Argus: se ha contactado con jueces de todo el país, contándoles su experiencia con el perro y con el grupo de policías. Ha transformado en su cruzada que se revisen los procedimientos policiales en todo el país.

En febrero, Argus vino a Santiago para una evaluación médica. Pese a que había cerrado el año con los mejores números de la región, el informe fue lapidario: “Dolor a la exploración de la articulación coxofemoral derecha. Se evidencia difcultad para realizar labores propias de su especialidad, como subir y bajar escaleras, o caminar en desnivel. Displasia de caderas, grado 4”. Su suerte estaba echada. Según el jefe de la Brigada, el despido de Argus fue para proteger su salud y no tuvo nada que ver con el incidente con el juez Olivares.

La baja de Argus quedó fechada para el 16 de febrero, después de cinco años y tres meses de servicio. Ya no sería más un número ni un funcionario: ahora era simplemente un animal.

Lo reemplazó en Temuco Argos, un labrador retriever amarillo de dos años. Uno de los perros genéticamente perfectos.

 

 ***

 

—A ver, ¿a quién dieron de baja, a quién?

Tras el retiro, la primera opción para quedarse con los perros policiales la tienen sus guías vigentes, pero Gabriel Fernández no lo quiso. El plan B es correr la voz entre funcionarios para ver si alguien está interesado. En Temuco, un exmiembro de la Brigada Antinarcóticos, Héctor Arriagada, lo había conocido en 2015 y le cayó simpático. Al enterarse de que nadie lo quería, y pese a tener ya tres perros y tres gatos en su casa, se anotó para su custodia pensando en encontrarle más tarde otro hogar y así evitar que terminara sus días en un canil. Ese mismo fin de semana, Arriagada se encontró con Javier Abarzúa, un amigo, en un matrimonio. Abarzúa le contó que venían de tener una experiencia traumática: habían tenido que sacrificar a su perra de toda la vida, Lola, por una enfermedad, y sus dos hijas habían sufrido mucho. Después de eso había jurado que no tendría más mascotas.

Pero el 11 de abril Argus era trasladado al hogar de los Abarzúa. Lo llevaba su primer guía, que lo dejó en la puerta. La nueva casa de Argus estaba en la salida norte de Temuco, con patio trasero. Sus dueños tuvieron que firmar un documento que acreditara el traspaso de un bien fiscal, tasado, en el caso de Argus, en trescientos mil pesos. Les dieron instrucciones mínimas; la más importante, que evitara subir cerros. “No nos importó que estuviese viejo o que viniera con una enfermedad. Me sorprendió lo obediente que era”, dice Abarzúa en el living de su casa, mientras mira fijamente a Argus, recostado sobre su derecha, encima de la alfombra. Le dice:

—A ver, ¿a quién dieron de baja? ¿A quién?

Argus se para y se frota la cabeza en el muslo de su nuevo amo. Un gato, de nombre Hicho, sigue sus movimientos, le persigue la cola.

En sus primeros días estuvo inquieto. “Lo notaba aburrido. Tratamos de hacerle la transición lo más sencilla posible. Él estaba acostumbrado a tener jefes, acá queremos darle un hogar, que tenga un retiro tranquilo”, dice la mujer de Abarzúa.

Sus rutinas han cambiado radicalmente. Duerme puertas adentro y parte el día despertando, pieza por pieza, a su nueva familia. La hija menor le dice “mi príncipe”. Lo más emocionante que le ocurrió esta semana es que se cayó de la cama tras un mal cálculo: quizás creía que estaba en la de dos plazas en vez de la de plaza y media.

Está oscureciendo. Le abren la puerta para su paseo diario a la plaza del barrio. Camina con autoridad por el pasaje. Tres perros vecinos intentan sumársele, jugar con él, pero Argus los ignora; es parte de su entrenamiento. Lleva en la boca una pelota de tenis, su última obsesión. Ya en la plaza no para de correr y se dedica, sin instrucciones de por medio, a hacer lo que más le gusta: saltar. Cuesta relacionarlo con su informe de baja; se ve muy activo, incluso atlético.

Nadie en el barrio sabe quién fue, ni de dónde viene, ni que tiene un chip subcutáneo de sus tiempos de policía. Él solo da pistas. Hace unas semanas, su nuevo amo apuntó a la calle y le gritó: “¡Auto!”. Argus salió corriendo y dio dos vueltas al vehículo en busca de un cargamento inexistente.

Se sienta en una banca, como un jubilado más. No hay cómo saber si extraña su antigua vida de drogas, narcotraficantes y cadáveres, todo lo que hacía antes de toparse con el juez. Después de casi una hora, jadea, la lengua afuera. A sus patas, a un costado de la banca, alguien escribió una frase con pintura: “Intentar cambiar el mundo sin que el mundo cambie”.

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